viernes, 4 de junio de 2021

LA TIERRA PROMETIDA

    -Dejame entrar.

   “No”.

   -Por favor, dejame entrar.

   “Ya te dije que no. Es así. No insistas”.

   -No es justo. Me dejaste llegar hasta aquí.

   “Ese es el punto. Llegaste aquí porque estabas decidido, seguro de lo que hacías. Confiabas en mí.”

   -¿Y entonces?

   “Dudaste, en el final dudaste”.

   -Hice todo el esfuerzo por llegar. Sabés que la peleé a capa y espada. Vos mismo dijiste que no había techo para mí.

   “Pero dudaste”.

   -Okey. Dudé, ¿y qué? ¿Qué hay de malo en dudar? A Descartes le fue muy bien con eso.

   “Descartes tampoco entró”.

   -Pero existe. Le obsequiaste la eternidad.

   “No es gran cosa la eternidad. Yo soy eterno y la mayor parte del tiempo me aburro como un coleóptero. A veces quisiera ser solo una estrella fugaz.

   -Ay, vamos. Hablás de lleno. Sos todo poderoso, el hacedor de valles y montañas, de cada forma de vida en este planeta. Podés hacer lo que se te antoje. Comer chocolate sin culpa, emborracharte sin resaca.

   “Ventajas de mi oficio”.  

   -Podés invertir la dinámica del reino animal. Hacer que una jirafa juegue al ajedrez, o que un tiranosaurio se haga pedicuro. Convertir a una hormiguita en Miss Universo.

   “No exageres”.

   -Transformar a un burro en presidente.

   “Eso ya lo hice, muchas veces”.

   -¿Te das cuenta? No tenés los límites que tengo yo.

   “Los que te impusiste”.

   -Ay vamos, que esto no es un libro de autoayuda.

   “No. Es tu libro de quejas. Y la queja no sirve para nada”.

   -¿Y qué es lo que sirve entonces?

   -La confianza.

   -¿En vos?

   “En mí, y en vos. En el fondo es la misma cosa”.

   -¡Eso fue lo que hice! ¡Confié! ¡Casi todo el tiempo!

   “Casi”.

   -¡Fue solo un momento! ¡Un minúsculo instante en que me sugeriste convertir una roca en agua! ¿Quién en su sano juicio no iba a dudar?

   “Pero la roca se hizo agua, y todos pudieron beber en el desierto. ¿Cómo pensaste que los dejaría morir de sed?”.

   -De acuerdo. Alego locura temporal. El sol del desierto me volvió ateo por un rato. ¿Y por eso me castigás prohibiéndome la entrada a la Tierra Prometida?

   “Moisés, Moisés. Seguís dudando de mí. ¿Cómo pensás que te voy a castigar después de todo lo que hiciste. Liberaste a mi pueblo de Egipto. Los hiciste pasar por la aduana sin pagar impuestos. Y encima te arriesgaste a cruzar el Mar Rojo sin saber nadar, sólo por seguir mi palabra.

   -Ya ves, mis antecedentes son intachables. Dame una visa para entrar a la Tierra Prometida y juro beberme un vaso de roca si me lo pedís.

   “Lo siento. Seguí participando”.

   -¿Eso quiere decir que me sacás la tarjeta roja, nomás?

   “A contrario. No hago más que premiarte. Si yo te dejara entrar a la Tierra Prometida se acabaría tu gran sueño. Porque una vez  allí, descubrirías que la cosa no es tan genial como pensabas. Entonces soñarías con otro paraíso inexistente, lucharías por él y al alcanzarlo volverías a decepcionarte. Ya vi esa telenovela.

   -No entendí nada. ¿Hay subtítulos en arameo?

   “El verdadero paraíso es tu sueño por alcanzar lo inalcanzable. Como dirían algunos, el camino más que la meta. La Tierra Prometida es aquella que vas pisando cuando vas en su busca”.

   -¿Y para eso me tuviste cuarenta años cruzando el desierto… con una maldita piedra en la sandalia?

   “No te quejes. Tu vida se acaba en el momento justo. Te van a recordar como un winner”.

   -Entonces… ¿estoy por colgar los botines? ¿Me voy al descenso? ¿Jugaré en el cub de Jubilados Bíblicos? Pero… ¿dónde estás? ¿A dónde te fuiste? ¡Volvé! ¡No me dejes solo! ¿Justo ahora te vas al baño? La pucha, después me pide que le tenga confianza.

 

Eduardo Goldman

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