lunes, 8 de marzo de 2021

EL CRIMEN NO DEBE PAGAR

   

   Se le hacía más que un pasatiempo imaginar una laguna oscura en cuyo centro un remolino lo succionaba con fuerza de las piernas hasta hundirlo en la profundidad cenagosa de donde, lo aterraba, ya nunca podría salir a flote. El juego consistía en tomar conciencia de que solo se trataba de su taza de café, y que el remolino cesaría en cuanto dejara de revolver la cucharita. Una estrategia mental que le brindaba el efímero alivio de saber que la realidad no podía ser tan espantosa como esa tragedia fantaseada. Lo circundante, sin importar cuán terrible llegara a ser, no le deparaba ni por asomo la angustia de hundirse en las aguas de un pantano. Sólo que esta vez, por una razón que solo él conoce, su truco no está dando resultado.

   -Muy rico el postre –aprueba el senador Valdez, al tiempo que se pasa la servilleta por los labios manchados de chocolate-. Debería probarlo, Robledo.

  -No me apetece –repone el aludido-. A mi edad se pierde el gusto por los sabores intensos. Además, no encuentro nada más acogedor que un buen café después de cenar. –Echa una mirada a la joven periodista-. Apenas ha comido.

   Ella abandona la cuchara sobre su charlotte, como quien tira la toalla.

   -Casi no como de noche. En serio, ni siquiera me preparo un té. Llego muy cansada del canal y…

   -Hace muy bien, Karina –se interpone Valdez-. Yo tampoco ceno cuando estoy en Buenos Aires. Mejor acostarse liviano. –Y mira a Robledo-. Lo de esta noche es una excepción. Por su cumpleaños.

   -Todavía me sorprende que me haya invitado –murmura ella, y espera a que Robledo termine el último sorbo de café antes de seguir-. ¿Sabe que me cuesta dirigirme a usted por su nombre?

   Valdez ríe ampulosamente, buscando llamar la atención.

   -Yo hace rato superé ese prejuicio–alardea-. Llámelo como lo haría en uno de sus reportajes. Señor juez le diría, ¿no?

   -Ex juez- aclara innecesariamente el magistrado, quizás porque odia que hablen por él-. Ahora soy un humilde abogado.

   -No tan humilde, Robledo. Debe haberle salido una fortuna este reservado, sólo para nosotros.

   -Es algo que todavía no me cuaja –agrega ella, y enfoca sus almendrados ojos de gata en el rostro del juez, previendo algún indicio de incomodidad por lo que va a exponer-. Festeja su cumpleaños sólo con dos personas que, usted bien sabe, lo detestan. Y en un restaurante boutique carísimo. ¿Qué busca? ¿Que lo amemos?

   Contra todos los pronósticos, Robledo sonríe muy calmo.

   -¡Sí que lo amamos! –se apresura Valdez, retando veladamente a la chica-. O al menos lo respetamos, yo lo respeto. –Y por no saber cómo seguir, levanta su copa chisporroteando malbec-. ¡Por sus setenta y tantos años, Robledo!

   El juez inclina la cabeza, como quien acepta un cumplido.

   -Muy gentil, Valdez. Pero usted sabe que a partir de la cero hora voy a contar ochenta primaveras.

   -No lo parece –resulta lo único amable capaz de entregar la periodista. Y recoge su copa.

   El brindis y la consiguiente ingesta de un buen vino se hace mecánica, gustosa pero aburrida. Las copas a medio tomar regresando al mantel blanco dejan tras de sí una orfandad de palabras. ¿Y ahora qué? Solo el más inseguro abomina el silencio.

   -Debo protestar ante su insistencia de venir sin regalos –se lamenta Valdez, abriendo las manos como si ofreciera su pecho-. Me incomoda no haberle traído un presente, aunque sea una pavada.

   -No se preocupe, senador. En realidad, soy yo quien va a agasajarlos con un obsequio.

   -¿A nosotros? A ver si le entendí, Robledo. ¿Usted nos trajo un obsequio?

   -Tómelo como uno de esos sourvenirs de cumpleaños. Es lo que se estila. ¿no?

   Sin esperar a que Valdez termine de fabricar la maqueta de un gesto emotivo, Robledo recoge del piso un gran portafolio de cuero, de esos que se usaban antes de que naciera el attaché, lo abre y extrae una gruesa carpeta de tapa celeste. La apoya sobre la mesa y cierra el portafolio para dejarlo nuevamente en el piso. La mirada de Valdez juega un pin pon entre la carpeta y la cara del juez.

   -¡Qué nervios! –bromea el senador-. No me diga que va a regalarme un título de propiedad. ¿Una casa en Miami tal vez?

   Karina lo festeja con una sonrisa frágil. Su mirada se ausenta y revolotea hasta la silla contigua, vacía, de cuyo respaldo cuelga su cartera marrón. Se pregunta si habrá recordado encender la pequeña grabadora que esconde en su interior. La duda le acentúa el ceño. Últimamente olvida cosas. La memoria le viene fallando desde agosto, más precisamente el 7 de agosto, San Cayetano, fue cuando confirmó lo que tanto temía.

   -¿Pasa algo? –le pregunta el juez, hábil cazador de gestos.

   Ella sacude la cabeza y le devuelve una mirada esquiva.

   -No me deje así, Robledo –se impacienta el político, mientras alisa con los dedos su prolija barba candado-. ¿Qué hay en esa carpeta?

   El juez la deja descansar por un instante en su mano, exacerbando una intriga que acompaña con una mirada incisiva sobre su interlocutor. Finalmente, se la extiende a Valdez para que éste se apropie de ella con mano rapaz.  Al senador le lleva pocos segundos exprimir una sonrisa lánguida frente a la carátula. Luego, con los rasgos momificados, hojea rápidamente algunas páginas, alejando de a poco su nariz, como si el expediente oliera a meo de rata. Hasta que cierra la carpeta y libera un gesto de fiera acosada.

   -¿Tiene idea de lo que está haciendo? –desafía.

   -Por supuesto, es la prueba de su mayor acto de corrupción en su paso por el ministerio. Esa compra de material de tercera, a un precio exorbitante. –Y mira satisfecho a la periodista-. Usted lo debe recordar. El ferry que se hundió causando decenas de víctimas.

  Karina entreabre la boca, las palabras que debieran acudir se extraviaron en algún lugar de su mente. No sabe si el juez está jugando con fuego o simplemente inicia el conocido periplo de la extorción.

   -¿Qué es esto? –inquiere Valdez-. ¿Una trampa? -Su voz suena mecánica, inexpresiva. La furia volcada en una entonación estéril es la más amenazante.

   -Ninguna trampa, mi querido senador. Esos folios son justamente mi obsequio.

   -¿De qué habla?

   -Lo que tiene en sus manos es la última copia que existe de sus, digamos, actividades comerciales. No queda nada que lo incrimine, ya me encargué de borrar todas las pruebas. No me pregunte cómo hice.

   Valdez repiquetea los dedos sobre el mantel, bajo su propia, escondida mirada. Parece estar ajustando la mente a una situación inédita que le cuesta comprender. Su atención regresa a Robledo.

   -¿Y ella? -dice, señalando con su índice a la chica-. Todo esto me suena a trampa.

   Robledo sonríe.

   -¿Lo dice por la grabadora que lleva escondida en su cartera?

   A Karina se le incendia la mirada. Sus labios reprimen un leve temblor antes de abrirse en una sonrisa tiesa.

   -¿A qué se refiere…? -musita.

   -A la pequeña grabadora profesional que, a mi modo de ver, sin necesidad, guarda en su hermosa cartera símil cuero.

   Ella se defiende con un gesto de perturbación.

   -Siempre llevo una grabadora, soy periodista. Pero le aseguro que…

   La mano de Valdez arrancando la cartera de la silla desvalija sus excusas.

El senador se hace de la grabadora. La sacude en su mano, examinándola. Y aprieta el botón de stop.

   -Lo que dije, una trampa. 

   -Solo en su imaginación, Valdez. –El juez trata de aplacarlo acariciando el aire con sus palabras-. Piénselo, usted no ha dicho nada que lo involucre con nada. El único que se compromete en esa grabación soy yo.

   -Entonces, si me permite… -Aprieta el botón rojo que indica delete-. Voy a descomprometerlo.

   -¡Deme mi cartera!

   Valdez se la devuelve con una sonrisa que inspira al asesinato.

   -Y la grabadora.

   -¡Cuando termine de borrar todo, tramposa!

   Karina encara al juez.

   -¿Como lo supo?

   -Uh. Es lo que dicen por ahí. El diablo sabe por diablo pero más por viejo.

    La mirada ofuscada de Karina se dirige al senador, quien no deja de manipular la grabadora.

   -¡Deje eso! ¡Ya borró lo que quería!

   Valdez no para de apretar botones y acercar la oreja al aparato.

   -Si confiara en los periodistas no sería político –murmura-, no al menos del oficialismo.

   El juez carraspea como una llamada a la tregua, y vuelve a centrarse en el tema que más le interesa.

   -También hay un obsequio para usted, Karina –revela-. Bueno, en realidad, no es un obsequio, sino un intercambio.

   -¿Intercambio? ¿Qué quiere decir con intercambio?

   -No se apresure, ya habrá tiempo para explicaciones. ¿No termina su charlotte?

   -Ya le dije que estoy llena. Es más, creo que ya debo irme.

   -Solo un poco más, al menos hasta que brindemos a las doce, por mi cumpleaños. –Empieza a irritarlo la ráfaga de voces que el senador reproduce al manipular la grabadora-. Valdez, ¿le molestaría dejar eso en paz?

   -Pero… es que debo asegurarme…

   -Ya debe haber borrado hasta la marca del aparato. Por favor, confíe en mí. Lo que se habló acá no sale de esta mesa.

   El bufido de Valdez resuena como una bandera blanca que se agita en la trinchera. Sin embargo, esquiva la mano de la periodista y deja la grabadora detrás de la botella de vino.

   El juez se quita los lentes y utiliza la servilleta que cubría su pantalón para limpiarlos con suavidad.

   -No quisiera olvidarme de felicitarla, Karina –comenta-. Por su premio. Muy merecido.

   Ella vuelve a quedar descolocada. No sabe con qué se viene ahora ese tipo.

   -Gracias -dice cautamente.

   -¿Qué premio?-pregunta el político, sin que por eso le interese la respuesta.

   -Por su documental acerca de los años ‘70. 

   Valdez cambia su actitud, vislumbra como en un espejismo que la periodista, después de todo, podría ser una impensada aliada política.

   -¿De los ‘70? –exclama, acariciándose el mentón-. Temo que no lo vi. Pero voy a buscarlo. Me parece muy bien que se homenajee a nuestros muchachos en esos duros años de la lucha armada. -Y levanta su copa para dedicarle un trago-. ¡Por su premio!

   Karina sonríe preparando la estocada.

   -Mi documental no es un panegírico de criminales, senador.

   Valdez se atraganta con el vino.

   -Muy cierto -confirma el juez-. Se trata de una obra maravillosa sobre la vida de su padre. ¿No es así, Karina?

   Ella aprueba, sensible y guerrera al mismo tiempo.

   -Mi padre creyó en las ideas maravillosas de la solidaridad, la justicia, la libertad. Y sobre todo, el respeto a cada persona. A cada ser viviente.

   -Ya veo. –El labio torcido de Valdez solo puede significar desprecio-. Uno de esos ilusos que se la pasaba oliendo florcitas.

   -¡Usted no tiene idea de quién era él! –dice Karina mordiendo las palabras-. Fue un hombre que buscaba mejorar el mundo. No destruirlo, como hicieron sus muchachos y los militares mesiánicos. Todavía no nos reponemos de toda esa locura.

   -¿Locura? –La carcajada forzada de Valdez derrama cinismo-. Locura es esta democracia mal entendida que estamos viviendo. Y que tarde o temprano vamos a cambiar. ¿No le parece, Robledo?

   El juez deniega la complicidad con el senador. Exhala cansancio, pero se mantiene erguido en su silla.

   -Amigo, Valdez –se aviene a contradecir-. No me haga perder tiempo defendiendo lo indefendible, no estamos en el Congreso. Así que vayamos al grano.

   -¿Al grano? –exclama el senador aguzando los ojos, desconfiado hasta de su propia corbata a rayas.

   -Es la mejor idea que escuché en toda la noche -exclama Karina-. Terminemos con esta opereta, Robledo. –La rabia le permite llamarlo por su nombre-. ¿Para qué diablos me citó? ¿Para usarme como testigo impotente de su acto de corrupción? Porque desbaratar pruebas de un delito tan grave como el del senador, es un descomunal prevaricato.

   -Es cierto -acepta el juez-. Soy culpable de lo que usted me acusa. Tan culpable como Valdez, por su valioso aporte a esta mafia multisectorial a la que hipócritamente llamamos república. –Vuelve a colocarse los lentes-. Pero ahora hablemos de usted, Karina.

   Ella se indigna.

   -¡Ni siquiera lo intente! No trate de igualarme porque no soy como ustedes. Me gano la vida honestamente. Jamás me metí en una transa, como algunos de mis colegas. ¡No tiene nada que achacarme!

   -No se enoje, nada tiene que ver su honestidad en todo esto, que bien resguardada está y por eso la respeto.

   -¿Entonces qué? ¿Tiene algo para decir de mí?

   -Más precisamente… de sus manos.

   Ella lo mira sin comprender. Dirige la mirada a sus propias manos, agarrotadas en puño sobre la mesa. Luego le regresa la atención, algo tensa.

   -¿Qué pasa con mis manos?

   -Cada vez que agarra su copa, algunos de sus finos dedos parecen temblar, y es como si debiera hacer un esfuerzo para controlarlos. En un momento casi se le resbala la copa.

   -Es cierto -interviene Valdez-. Lo noté. Pero… No me pareció importante. -Interroga al juez con un gesto-. ¿Lo es?

   -Responda, Karina. ¿Lo es?

   Ella se revuelve en la silla, incómoda.

   -Claro que no. Los nervios. Esta charla me fastidia. Es todo.

   -No tiene que disimular sus males, Karina. Estamos… entre amigos.

   Valdez se regodea.

   -¿Qué es? ¿Qué secreto esconde, señorita periodista?

   -No se haga ilusiones -lo frena el juez-. Ninguna de las miserias que a usted y a mí nos caracterizan. Más bien, es una cruz. ¿Verdad, Karina?

   Ella se pone de pie, abruptamente. Se inclina sobre la mesa para agarrar la grabadora y la introduce en su cartera. Camina hacia la puerta cuando una palabra, una terrible palabra pronunciada por el juez la paraliza. “Huntington”.

   -¿Qué dijo? -curiosea Valdez, sin obtener respuesta.

   Ella acuchilla a Robledo con los ojos, se acerca a él, desafiante.

   -¿Cómo lo supo? –Su voz es barrosa, el tono gélido-. ¿Acaso tiene espías en todas partes?

   -Digamos que sí. Prerrogativas de un juez. Siéntese, por favor. Entiendo su dolor, pero la cena no ha terminado. -Ella duda. El juez se incorpora y le acerca la silla-. Por favor.

   La voluntad de la chica flaquea, se sienta, sus brazos no dejan de abrazar la cartera, necesita algo de qué agarrarse. Robledo se acomoda junto a ella y le sirve más vino.

   -Beba, le hará bien -sugiere.

   Luego de un momento ella lo hace, de un largo y desesperado trago. Valdez se encoge de hombros.

   -Perdón, creo que entré a mitad de la película. ¿Alguien va a explicarme que es lo que pasa aquí?

   El juez parece esperar a que ella responda. Ante el silencio, decide hacerlo por su cuenta.

   -El Huntington es un mal degenerativo de las células nerviosas. Puede empezar con esa torpeza en los dedos de la mano, y termina con la pérdida total de control de todo el cuerpo, y la mente. Es una agonía terrible, donde el final, la muerte, es una verdadera liberación.

   Ella se sirve más vino. Antes de beber le dedica su odio.

   -No tenía por qué recordármelo. A menos que disfrute al hacerlo.

   Valdez se pasa el dedo por el interior el cuello de la camisa, incómodo. Tarda un poco en decir lo que cree que debe decir.

   -Bueno, pero… debe haber una cura para eso, ¿no? Hoy día… la medicina…

   Ella se apresura a dinamitar tanta palabra vacía.

   -No hay cura –dice, con sequedad.

   -Pero… algo con qué aliviar ese suplicio…

   Un nuevo trago arranca de la periodista una sonrisa burlona, le place enterrar a Valdez en la impotencia de un consuelo pronunciado más para sí mismo que para ella.

   -Solo un milagro puede aliviarme –declara- Y yo no soy precisamente devota.

   Es la palabra que esperaba escuchar el juez para intervenir.

   -Sin embargo, Karina, los milagros existen.

   Ella deshilacha una risita socarrona, casi despreocupada por el efecto anestésico del alcohol.

   -Camine sobre el agua, señor juez. Transforme el agua en vino, y entonces quizás me convenza.

   -Solo puedo convencerla de que no soy quien usted cree.

   La risita desemboca en carcajada.

   -¡A eso sí lo llamaría un milagro!

   -¿Qué cree que soy?

   Ella bebe el último sorbo de su copa. Hace un minúsculo buche y lo traga.

   -¿De veras está dispuesto a escuchar?

   -Por supuesto.

   Valdez se cruza de brazos y los apoya en la mesa, acercándose, como dispuesto a presenciar una función de teatro, esto se pone interesante, murmura.

   -Vamos, Karina –insiste Robledo-. Después de todo, fui yo quien arrojó la primera piedra. Hábleme de la pésima impresión que tiene usted de mí.

   -Se queda corto con lo de pésima. Creo que usted es un verdadero hijo de puta. Lo he visto en los programas de televisión, pavoneándose ante las preguntas de sus periodistas adictos. Lo he oído defender su libro, su maldito libro.

   -Nómbrelo. “El crimen no debe pagar”. Un compendio de todas mis ideas acerca de la sociedad.

   -El elogio al psicópata, lo llamaría yo. Quizás usted sea uno de ellos.

   Es más de lo que Valdez puede aceptar, ¡cuidado con lo que dice, señorita!, la espeta, ¿no sabe con quién está hablando?

   -Lo sabe muy bien, Valdez. Por eso quiero escucharla.

   La voz de la periodista se hace más grave, de alguna manera, sosegada.

   -Su… su teoría acerca del criminal inocente… sus enseñanzas en la facultad cuestionando las bases mismas del Derecho… Le ha lavado el cerebro a generaciones de abogados…

   -No he obligado a nadie a pensar como yo. Si los he convencido es porque debo haberles hecho tomar conciencia de algo.

   -No se vanaglorie, señor juez. En un país normal nadie lo tomaría en serio. Pero estamos en la Argentina, hubo una dictadura militar, ¿se acuerda? Hubo gobiernos corruptos, autoritarios…  Nos han legado una trágica herencia… El límite impreciso entre lo que está bien y lo que está mal.

   El juez mira su copa y solo atina a levantarla.

   -Brindo por sus convicciones, y su vehemencia. Es usted muy valiente.

   -¡Por favor! -salta el senador-. ¡Es una irrespetuosa! –Y baritonea su índice frente a la nariz de la chica-. ¡Sepa que el juez Robledo es respetado en todo el mundo por sus ideas de avanzada! 

   -Ideas que ningún país cuerdo aplicaría, senador.

   -¡Usted no es quien para afirmar una cosa así! Está ninguneando al más brillante de los hombres de leyes que ha dado el país. Y no lo digo solo como juez, también como respetabilísimo abogado.

   Robledo asiente con la cabeza.

   -Es curioso, Valdez. Ha tocado el tema que deseaba charlar con ustedes. Mi actividad como abogado. –Acerca la mano al plato de postre de la periodista-. ¿Me permite?

   Ella se encoge de hombros. Robledo lleva para sí el charlotte a medio comer y lo prueba. ¡Riquísimo!, exclama entrecerrando los ojos. Valdez se rasca los bigotes, lo tiene harto esa afición del juez por crear expectativa.

   -La primera defensa que encaré fue hace unos cinco años, cuando me jubilé como juez. El caso Belfiore. ¿Lo recuerda, Valdez?

   -¡Cómo no voy a recordar! –se jacta el senador-. Un caso apasionante, digno de su estatura. ¿Belfiore dijo? El caso de… de… -Y el chasqueo de sus dedos marca el ritmo árido de su desmemoria.

   -Una chiquita de ocho años, violada por tres salvajes y luego estrangulada  –aclara la periodista, para de inmediato dirigirse al juez-. Homicidio criminis causa en el peor de los delitos. Y usted defendió a los tres asesinos.

   Valdez deja caer las manos sobre la mesa en un gesto de hartazgo.

    -¿Y qué tiene eso de malo, señorita periodista? Todo sospechoso tiene derecho a la mejor defensa posible, ¿no? Está en la Constitución. ¿O va a negar eso?

   -No lo niego. Solo que el ex juez utilizó todos los trucos legales y manipuló al jurado sembrando dudas por todas partes, para que los terminaran condenando solo a cuatro años. ¡Cuatro años lo que debió ser cadena perpetua para esos miserables!

   -O pena de muerte –sentencia el juez.

   El senador toma su copa y reflexiona antes de beber.

   -Cierto. La verdad que esos animales merecían morir como ratas. Lástima que nuestras leyes no permiten la… -Un corto sorbo le aclara la memoria-. Ahora que recuerdo. ¿No los habían matado a esos criminales? Sí, sí. Al poco tiempo de salir de la cárcel. Los mataron uno por uno. Me acuerdo que hasta acusaron a alguien de contratar a un sicario, un profesor de la chiquita en el orfanato. Pero creo que fue absuelto.

   El juez se queda mirándolo.

   -En efecto, fue absuelto. El hombre era inocente.

   -¿Cómo está tan seguro?

   -El asesino usó una Bersa 9 milímetros, de numeración limada, que aun debe estar hundida en el fondo del río. Muy cerca del muelle de los pescadores. 

   Las miradas confluyen en el juez. Valdez esboza una risita que es más bien una muestra de confusión.

   -¿Y usted como lo sabe, Robledo?

   -Es que… yo la arroje ahí. A las pocas horas de ejecutar al último de los criminales.

   El silencio cae como una llovizna helada, los ojos navegan sin rumbo. El senador apresura las palabras.

   -¿Que dice, Robledo? ¿Qué clase de broma es ésta?

   -Ninguna broma. Lo planeé cuidadosamente. Presenté una defensa brillante para sacarlos de prisión en poco tiempo. Consideré que una cadena perpetua no era suficiente para ellos. Les hice creer que saldrían bien librados de todo. Les alimenté una falsa esperanza, para que la muerte fuese aun más dolorosa. Debieron ver las caras de cada uno al recibirme en sus viviendas miserables. Al ver a su amigable abogado sacar el arma para dejarlos tiesos. Murieron con la incredulidad en los ojos.

   -Nos está tomando el pelo -reacciona ella.

   -No, Karina. Me estoy adelantando a su descubrimiento.

  -¿Qué descubrimiento?

   -Yo sé que usted está armando un programa especial sobre el caso. No me pregunte cómo, simplemente lo sé.

   -Pero…

   -Sin duda hará preguntas en el orfanato donde se resguardaba a la niña, el hogar Belfiore. Y sé que pronto descubriría que ese hogar recibía puntualmente un cheque para que a la niña no le faltara nada. Más aun, que los cheques los firmaba yo.

   Fiel a su estilo, sumado al impacto por tamaña revelación, Karina lo deja hablar sin interrupciones.

   -La obvia conclusión, confirmada en un análisis de ADN, develaría que la niña era hija mía. Ilegítima, claro. Sé que suena extemporáneo, pero tuve miedo a lo que se diría de mí. Su madre, con quien tuve una relación efímera y secreta, era poco menos que una prostituta. Ella murió en el parto y… tengo que aceptar que no lo viví como una mala noticia. –Su mano toma el pocillo vacío de café, y sepulta la mirada en el fondo blanquecino-.  En cuanto a la niña… Debí reconocerla. Debí aceptarla como mi hija. Debí cagarme en la opinión de todos mis colegas. Pero ya es algo tarde para eso, ¿verdad? –Usa la servilleta para secar el sudor de su frente-. No pude darle un padre, pero al menos pude vengarla.

   Karina cruza miradas con Valdez. Ambos se ven conmocionados por el peso de la confesión, y cada uno reacciona a su manera.

   -Tranquilo, Robledo –intenta contener el senador-. Yo… Por supuesto que no he escuchado nada de lo que dijo. Nada. –Se dirige a la periodista-. Y espero lo mismo de usted, señorita.

   -¿Pretende que calle esto?

   -No tiene pruebas. Y yo pienso negar cada afirmación que usted haga.

   -Usted no entiende, senador. Se trata de un crimen. No importan los motivos, ni que los malditos se lo hayan merecido. Es un crimen.

   -¿Y qué? ¿Tiene idea de lo que se mata en este país, y por razones insignificantes?

   Ella siente que habla con una pared, y dirige su impotencia contra Robledo.

   -¡Usted es… más miserable de lo que pensé! Le importa una mierda las miles de víctimas fogoneadas bajo sus ideas, pero cuando le toca sufrir a usted, viola sus propias normas convirtiéndose en asesino.

   -Lo sé. Y es por eso que merezco la pena capital.

   Valdez intuye que alguna idea nefasta sobrevuela la mesa.

   -¿Qué dice, Robledo?

   -Merezco esa condena. La destrucción y el olvido a mi persona, pero no a mi libro.

   -Su libro y usted son lo mismo –acusa ella.

   -Ya no. –El juez se sirve el resto de vino que queda en la botella, quizás deseando que fuera la cicuta que acabó con Sócrates-. Se olvida que mis propias ideas me condenan, Karina. Maté a tres víctimas de la sociedad.

   -Tres asesinos –define ella.

   -A los que ejecuté sin remordimientos. Merezco el mismo fin.

   La confunde esa doble mirada del juez. Desde su libro habla de víctimas, desde su dolor, en cambio, de asesinos que merecían la muerte. ¿Cuál es el verdadero juez?

   -De acuerdo –decide. Le propongo un linchamiento público si eso alivia su sentimiento de culpa. Un reportaje. Una confesión frente a las cámaras del canal.

   -¿Esta loca? –estalla Valdez-. ¡Nunca vamos a permitir semejante cosa! El juez Robledo es patrimonio de nuestro partido. Nuestro caballito de batalla en el Poder Judicial. El juez no se toca. Y si sabe lo que le conviene, usted se olvida de todo lo que se habló aquí.

   -¿Me amenaza?

   -Puede tomarlo como quiera.

   Los sorprende el campanilleo de la copa que el juez golpea suavemente con la cucharita de café.

   -No es necesario ser grosero, Valdez –amonesta, al parecer de mejor ánimo-. Karina no hablará de todo esto.

   -¿Por qué está tan seguro? –pregunta ella enarcando una ceja.

   -No lo estoy, pero confío en que así será. Hace un rato le hablé de un intercambio.

   -Explíquese.

   -Le dije que existían los milagros, la posibilidad de que usted no sufra la agonía de esa cruel enfermedad. Esa que ya empieza a entorpecer el control de sus piernas. Le propongo ese milagro, a cambio de su silencio.

   Ella sacude la cabeza, turbada.

   -Va a tener que hablar más claro.

   -Le estoy ofreciendo un milagro, queda en usted aceptar o no. La supervivencia de mi libro queda en sus manos.

   El senador entorna los ojos y se masajea la nuca.

   -La verdad que no entiendo nada, Robledo. ¿Qué le está proponiendo a la chica?

   Karina empieza a entender. No le importa que sean las doce menos cinco, ni que haya entrado el mozo con una botella de champagne. Ni que extraiga el corcho sin ruido, ni que sirva cuidadosamente en las copas que ha traído sobre una bandeja plateada. Ahora entiende por qué ha sido invitada a esa cena. El afán de Robledo por recibir su castigo, no por haber matado, sino por violar las reglas de su propio libro, al que otorga más importancia que a su vida misma, ya que ese libro no es más que su ego proyectado al infinito, inmortal como un dios, y al que no quiere dejar la mancha de su inconducta. Esa noche el juez morirá para que su libro sobreviva. Pero como un acto final, imprescindible, debía confesarlo todo para de alguna manera sentirse redimido. Y que fuera precisamente ella, su más dura crítica, quien escuchase la comisión de su crimen, para dar un valor objetivo a su absolución. Pero también era muy importante que la periodista callara, que no develara el fiasco que condenaría a su libro por la falsedad de su autor. Y ese silencio estaba garantizado por algo que Karina no podía negarse a aceptar. El milagro de no sufrir esa lenta, inútil agonía. ¿Por qué no? ¿Acaso no fue ella misma quien suplicó a ese médico piadoso que terminara con una inyección el sufrimiento terminal de su madre, a quien tomó de la mano para verla cerrar los ojos por última vez, y la que vuelve a tomar en cada una de sus pesadillas? Por un momento se rebela. No quiere morir, no así, de golpe, sin despedirse de los suyos. De sus amigos, de su perro. Toma el impulso de incorporarse pero su pierna derecha le falla, y su trunco movimiento no parece más que un fallido intento por acomodarse en la silla. El mozo se retira. Ella mira el portafolio de Robledo en el piso. Se pregunta si allí se esconderá la bomba. O si la habrá colocado bajo la mesa, al momento de llegar, antes que sus invitados. Solo le intriga la presencia de Valdez en esa última cena. Qué sentido tendría arrastrarlo también a él hacia la muerte. Ciertamente es un delincuente, como muchos en la política. Pero Robledo no lo castigaría por ello con la pena capital. No igualaría esos pecados con su terrible crimen.

   -¿Qué me dice, Karina? –pregunta Robledo, ofreciéndole una copa burbujeante de champagne-. ¿Acepta el milagro?

   Ella le sostiene la mirada por un instante. Acepta la copa y la eleva apenas.

   -Feliz cumpleaños, señor juez.

   Valdez toma su copa y los mira extrañado.

   -¿Se puede saber qué significa todo esto?

   Robledo se lo aclara:

   -Significa… que son las doce.

   Un brutal fogonazo da paso a la oscuridad.

 

   Todos los medios de la mañana reflejan la tremenda explosión seguida por un conato de incendio ocurrida en el reservado de un notorio restaurante de la zona de Belgrano. Abundan los reportajes a figuras del medio televisivo acongojadas por la muerte trágica de Karina Bedoya, la querida periodista y premiada documentalista argentina. Varias personas han dejado flores y todo tipo de mensajes en la puerta del canal donde trabajaba.

   Hay estupor en los medios judiciales por el atentado que terminó con la vida del ex juez Damián Robledo, un intachable hombre de leyes, reconocido internacionalmente, que fundó su vida en la búsqueda de una sociedad más humana y equitativa.  

   No sucede lo mismo con el diputado Ricardo Valdez. Si bien el Congreso ha suspendido las sesiones en señal de duelo, se tejen versiones diversas que lo señalan como el verdadero objeto del atentado, según trascendidos, por sus negocios con la mafia sindical y los zares de la droga. Fuentes policiales aseguran que se ha abierto una investigación por un posible ajuste de cuentas.

   A solicitud de varios juristas, hoy por la noche se velarán los restos del ex juez Robledo en el palacio de los Tribunales. Se descuenta la emotividad del acto, ya que en el mismo habrá un stand donde se podrá apreciar el legado inmortal que nos deja Damián Robledo. Su libro: El crimen no debe pagar.

  

Eduardo Goldman

   

Canción

 

¿PARA QUÉ SIRVE EL SENTIMIENTO?

 (Letra y música: Eduardo Goldman)


 Me explicaron que este cuerpo humano es tan maravilloso tan maravilloso.

Que funciona tan perfectamente que no existe nada fuera de lugar.

Yo la mano la uso en el saludo, en agarrar la taza y en ponerme un guante

Yo mi pie lo uso caminando y a veces trotando y para hacer un gol.

Todo eso lo sé

Pero nadie me explicó

para qué sirve el sentimiento

 

 

Mi cabeza llena de cabellos guarda mi cerebro con los pensamientos.

Mi garganta habla, grita y canta. Las cuerdas vocales en funcionamiento.

A mi panza llega comidita mientras que mi ombligo junta pelusita.

Mis pulmones captan todo el aire, mi corazón late. Todo es movimiento.

Todo eso lo sé

Pero nadie me explicó

para qué sirve el sentimiento

Para qué sirve el sentimiento

 

 

¿Para qué sirve el sentimiento?

Para entender cuando llorás

Para saber qué te da risa

Para aceptar que te enojás.

¿Para que sirve el sentimiento?

Para si duele decir: ¡ay!

Para saber quién es tu amigo

Y saber qué necesitás

 

 

¿Para qué sirve el sentimiento?

Para sentir mi libertad

Para saber lo que es la vida

Lo que está bien lo que está mal.

¿Para qué sirve el sentimiento?

Para ser yo y nada más

Para querer a mi manera

Y esa manera es mi verdad.

viernes, 17 de julio de 2020

CUCHILLADAS


ELLA: ¿Qué hiciste, flaco? ¡Lo mataste!
EL: ¿A quién?
ELLA: ¿Cómo a quién? ¡A ese tipo! ¡El que está tirado al lado tuyo!
EL: Ah… ¿Ese? No, no está muerto.
ELLA: ¿Cómo que no? A ver. (LO EXAMINA) ¡No tiene pulso, no respira y está lleno de sangre! ¡Está remuerto!
EL: Pucha. ¿Qué le habrá pasado?
ELLA: ¡Vos sabés lo que le pasó! ¡Todavía tenés el cuchillo en la mano!
EL: Ah, sí. Es un cuchillo artesanal. Me lo regalaron para el día del amigo.
ELLA: ¡Dios mío! ¿Por qué lo mataste?
EL: Yo no lo maté.
ELLA: Pero si tenés el pantalón salpicado de sangre. ¡Lo acuchillaste!
EL: Lo acuchillé, sí. Pero eso no quiere decir que lo haya matado.
ELLA: ¿Qué estás diciendo?
EL: Muy simple. Yo lo acuchillé, pero la decisión de morirse fue de él.
ELLA: ¡Vas a ir en cana, flaco!
EL: ¿Por qué? Te digo que fue su decisión morirse. Es el típico razonamiento burgués. “Si me acuchillan agarro y me muero, así el otro se siente culpable”.
ELLA: ¿Qué?
EL: ¿Cómo reaccionaría alguien de nuestro Partido si lo acuchillan? Se va a los barrios pobres a repartir comida a los chicos, con el cuchillo clavado y todo. ¡Eso es militancia!
ELLA: Flaco… vos terminás en Devoto. O en el manicomio. A vos te falla la cabeza.
EL: Y a vos te falla la ideología.


Eduardo Goldman

viernes, 8 de mayo de 2020

EL VENDEDOR DE AGONÍAS


   Es casi una regla general que las cosas no sean como uno previamente las imagina. Incluso, que resulten ser exactamente lo opuesto. Por eso no me sorprendió descubrir que ese extraño negocio anidara muy lejos de un callejón oscuro en los suburbios, indemne a la mirada curiosa de algún policía dispuesto a transar con lo prohibido. De hecho, parecía un comercio respetable, de esos que se agolpan en la avenida Cabildo, en el barrio de Belgrano. Entre zapaterías y locales de ropa interior femenina, el discreto cartel de “Agonías” insinuaba una inocente venta de perfumes exóticos, o a lo sumo un festival de biyuterí. Pero yo sabía muy bien de qué se trataba.
   Admito que ni bien traspuse la puerta empecé a desconfiar de la cordura de mi amigo, y a creer que su entusiasta recomendación no era más que un delirio abonado en su lecho de muerte. El tipo tras el mostrador se veía muy lejos de ser el sicario que me describió. Más bien, se asemejaba al viejito que atendía el kiosco frente a la casa donde nací.
   -¿En qué puedo ayudarlo? –fue lo primero que dijo, con un tono tan cálido que estuve a punto de retirarme, convencido de que había equivocado la dirección-. Sí, es aquí –agregó, con una sonrisa amable y, a mi parecer, misteriosa.
   Eché un vistazo a la gran cantidad de frasquitos multicolores ordenados en los estantes. Había un olor dulzón en el ambiente, algo pegajoso para mi gusto. “Es nomás una puta perfumería”, pensé.
   -¿Lo dice por los frasquitos? –pareció divertirse el viejo.
   Sonreí, ¿qué otra cosa podía hacer?
   -Me adivinó el pensamiento –dije.
   -Es que usted piensa en voz alta, aunque no hable.
   Siempre odié ese tipo de frases que parecen extraídas de alguna filosofía oriental, pero que en el fondo no significan una mierda.
   -Mire… –rezongué, con la paciencia en cero-. Es obvio que mi amigo me dio la dirección equivocada. Así que…
   -Ah, su amigo –me interrumpió-. Lo recuerdo. Un abogado que usa bisoñé, ¿verdad?
   Debí haber bizqueado por algunos segundos, porque su imagen se me hizo oblicua. Sacudí la cabeza para enderezar el mundo.
   -Sí, mi amigo Tomás –atiné a decir-. Pero… ¿cómo lo supo?
   El viejo lanzó una risita.
   -Habilidades que uno tiene, y un poco de suerte. A propósito, ¿le fue bien? Digo, a su amigo.
   -Murió ayer, de fiebre tifoidea.
   -Me alegro por él. Muy buen cliente.
   Sentí la necesidad de acercarme para hablar en confidencia, como si no me percatara de que estábamos solos.
   -Él me dijo que usted vende muertes.
   El viejo pareció ofendido, negó con la cabeza.
   -¿Muertes? No, claro que no. La muerte es algo salvaje y primitivo. La consigue con un tiro en la cabeza, o tirándose bajo el un tren. Mi especialidad es más bien artesanal, le diría, artística. Lo que yo vendo son agonías.
   La palabra “agonía” en su boca me provocó una inquietud cercana al vértigo, no por su promesa de un sufrimiento atroz, sino por la enorme atracción que ejercía sobre mí.
   El viejito se aburrió de mi silencio.
   -¿Va a comprar o no?
   -Yo… -titubeé-. En realidad no sé lo que hago aquí.
   -¿No sabe? ¿O teme saberlo?
   Otra vez con esas frases de libro de autoayuda. Tuve ganas de pegarle en la cara y hacerle volar los lentes.
   -No tiene por qué ser agresivo –sentenció, adivinando otra vez. O quizás por la simple observación del fastidio en mis ojos-. Tranquilo, voy a ayudarlo –y apoyó los codos sobre el mostrador, acercándose-. A usted lo tortura la culpa.
   Me estaba hartando ese viejo.
   -¡Chocolate por la noticia! –me burlé-. ¿Por qué otra cosa quisiera uno agonizar?
   -¿Una mujer? –dijo sin inmutarse.
   Largué el aliento. Eso ya parecía un tango.
   -Hay muchos que deciden agonizar para no sentir el dolor del abandono –comentó-. Pero no creo que sea su caso.
   Volví a mirar los frasquitos, y me sentí un idiota al pensar que alguno de ellos podría mitigar mi tormento. Sin proponérmelo, dejé que se me aflojara la lengua.
   -Ella estaba enamorada de mí, pero yo iba a dejarla por otra. Ibamos en mi auto cuando se lo dije. Lloró, gritó. Me puse muy tenso y en una mala maniobra choqué. Yo no me hice nada, pero ella se lastimó la columna. Quedó paralítica de la cintura para abajo. Nunca va a poder caminar. ¿Se da cuenta? Le arruiné la vida.
   -Y por lo que veo, también la suya.
   -No hay una noche en que no me obsesione con su amargura, con la angustia que debe sentir por renunciar a sus sueños.
   -Y por eso viene a comprar una enfermedad mortal, para sufrir por ella.
   -Quiero sufrir más que ella, darle el consuelo de verme gritar de dolor. Quiero morir sufriendo como un perro.
   -Puedo venderle moquillo.
   Lo miré. Escondí una lágrima bajo un gesto de odio.
   -¿Me está cargando?
   -Un poco, sí –respondió, con su proverbial sonrisa de buda para principiantes-. Mire, yo soy vendedor, pero tengo mi ética. Usted no necesita una enfermedad larga y mortal.
   -¿Ah, no? ¿Y qué necesito? –desafié.
   -Casarse con ella.
   Vi entrechocar mis propias manos en una plegaria violenta.
   -¿De qué habla? –gruñí.
   -Lo que dije, cásese con ella.
   -Pero… ¡qué consejo más estúpido! Ya le dije que no la amo. Si lo hago terminaría odiándola.
   -Correcto. ¿Y qué es peor para usted? ¿El odio o la culpa?
   Fue como un golpe a la barbilla, pero que lejos de lastimar me despertaba. Por primera vez sentí que algo en mis entrañas empezaba a relajarse. Quizás, sólo quizás, había una salida que no fuera una muerte horrible.
   -O sea… -balbuceé-. Quiero decir… que el casamiento sería la mayor de mis expiaciones. El autocastigo apropiado.
   -Mucho mejor que la fiebre hemorrágica.
   Asentí con profundo alivio, como alguien que se está ahogando y de pronto descubre que muy cerca flota un salvavidas.
   -Gracias –le dije-. Quise expresarle más cosas, pero sólo me salió un vulgar-: Me alegro de haber venido.
   El viejo sonrió, comprensivo. Abrió un cajón bajo el mostrador y extrajo un blíster.
   -Tenga –dijo-. Llévese esta muestra.
   -¿Qué es? –pregunté sin desconfianza. Había una pastillita verde bajo la transparencia.
   -Un simple resfrío. Ideal para las tardes de otoño.
   -Le agradezco, pero…
   -Pruébela, es gratis.
   No quise desairarlo, de modo que saqué la pastilla y la puse en mi boca. Tenía un agradable sabor a menta.
   -¿Y? –preguntó-. ¿Qué le parece?
   -Rico. Atchisss.
   -Son muy buenas y no tienen conservantes. –Estrechó mi mano, cálidamente-. Ya sabe. Cualquier cosa que necesite, aquí estoy.
   -Atchisss.


Eduardo Goldman

viernes, 27 de marzo de 2020

AFUERA


   Acompaña cada maldición con su dedo gordo aporreando el timbre del ascensor, con el consiguiente chirrido de la alarma, para su zozobra, sin la misma fuerza de una hora atrás. Nunca antes había permanecido tanto tiempo encerrado en esa caja metálica, hermética, tan aislada del mundo que desmonta los latidos de su celular.
   ¿Es que nadie escucha ese maldito timbre? ¿Qué pasa ahí afuera? Trata de calmarse. Recuerda la voz de la anciana del tercero C, que hace un rato gritó auxilio. Una exageración, pensó. Sólo había que llamar al Servicio Técnico. Supuso que alguien lo habría hecho y que en cualquier momento vendrían a liberarlo, pidiendo disculpas por la demora. De hecho, en un momento escuchó un fuerte ruido metálico, seguido de otro, y pensó que eran ellos. Pero luego nada. Maldice a los técnicos y a todo el consorcio del edificio. ¿Qué mierda pasa ahí afuera?
   Apoya la oreja en la pared metálica. Lo sorprende un rumor difuso que parece provenir de la calle. Las voces van creciendo y lo estremecen. Los gritos de horror pidiendo auxilio. Se pregunta, ahora con miedo, ¿qué pasa ahí afuera?

Eduardo Goldman

jueves, 26 de marzo de 2020

LA CUARENTENA Y EL ARCA


                         LA CUARENTENA Y EL ARCA
                                                               
                                                                     Por Eduardo Goldman

   Y el Señor le dijo a Noe que se venía una lluvia de locos y que construyera un arca lo suficientemente espaciosa como para salvar a su familia y, al menos, a una pareja de cada animal de la Tierra. Noe, voluntarioso, puso manos a la obra. Le llevó un enorme esfuerzo levantar su empresa naviera, siendo el único empleado, sin planos ni torno eléctrico. Afortunadamente, pudo inaugurar a tiempo un enorme arca fabricado en madera, de las dimensiones del Queen Mary, aunque por desgracia, con un solo baño y ni un rollo de papel higiénico. Así y todo, ante la emergencia, fue aprobado por Salud Pública.
   Todos los animales que resultaron sorteados para salvarse ingresaron a la cuarentena del arca sin chistar. Todos respetuosos y dispuestos a colaborar unos con otros. El tigre dejó de comer jirafas y se hizo vegano. Los toros dejaron de cornear liebres y las invitaron a un torneo de truco. Los zorrinos evitaron molestar a sus compañeros de diluvio llevando como equipaje un cargamento de Chanel Número 5.
   El gran problema para Noe fueron los dinosaurios. No había forma de hacerles entender que la cosa era en serio. El más renuente fue el Tiranosaurio. Cuando el mono Tití fue a avisarle de la cuarentena lo agarró a trompadas diciendo que a él no lo mandaba nadie. Otros, como el Velociraptor, iban por todos lados haciendo caso omiso a las gruesas nubes que se cernían sobre el planeta. “No me jodan”, decían en tono de burla. “Tengo paraguas”.
   El caso más dramático ocurrió con los Pterodáctilos, que tomándose en joda el pronóstico del tiempo, emigraron en masa a Miami. Según un chimento bíblico, al descubrir que Disney estaba cerrado se extinguieron de puro aburrimiento.
   Ciertamente, esta vez el Instituto Meteorológico la pegó, y llovió durante cuarenta días y sus noches. Y a pesar de las enormes olas que azotaban al arca en su deriva, los animales allí dentro se mantuvieron felices y a salvo. Aunque el baño era un desastre.
   Se cuenta que, ya llegándole el agua hasta el cuello, el Tiranosaurio escuchó un pedido de auxilio. Era un Velociraptor que apenas se mantenía a flote agarrado de un tronco de sauce llorón.
   -Che, Tira –alcanzó a decir el Velociraptor-. No era joda que lo que mata es la humedad.
   -No pasa nada –aseguró el otro, mostrando sus enormes colmillos en una sonrisa canchera-. No te olvides que Dios es dinosaurio.