Por Eduardo Goldman
Ayer fui testigo de una manifestación de izquierda en apoyo a la población de Gaza, una causa con la que no disentía en absoluto, ya que yo mismo había publicado en Carta de Lectores de Clarín mi demanda de que cesaran los bombardeos más mi total respaldo a la creación de una república libre y democrática en ese conflictivo territorio (17/9/2025). Lo más llamativo de aquella raquítica, aunque ruidosa marcha, resultó ser una joven que lucía una pañoleta a cuadros sobre sus hombros y portaba un cartel donde podía leerse, en letras color sangre: “Fuera sionistas invasores de Palestina”.
La palabra “sionista” ya no
engaña a nadie. Sionista, para ellos, es hasta el bebé de mi hermana, que chupa
la teta sin tener idea de que es un invasor de Palestina, a pesar de vivir en
Haedo. En realidad, intentan resolver sus conflictos personales, geopolíticos y
sociales buscando un chivo emisario, ¿cuándo no?, los judíos. Es obvio que el
nacional-socialismo vuelve a estar en fashion. Como lo estuvo el pelo largo y
las botamangas Oxford. Con franqueza, extraño la época de los hippies.
El sionismo ha tenido en la
historia un único objetivo, el regreso de los judíos a sus tierras ancestrales,
que nunca abandonaron del todo. Lo mismo que los armenios, pero sin antisemitas
que los odien por eso. Y es que los antisemitas no conciben que muchos judíos
decidan vivir en su propio Estado, al decir de Osvaldo Bazán: “un lugar seguro
al menos para que no los maten o los metan en hornos de gas, después de
saquearlos y torturarlos”.
Pero volvamos a la chica del
cartel. De hermosos ojos verdes y un cabello suelto, suave y sedoso, que la
destinaría a la horca si viviese en Irán, pero eso es solo un detalle. Supe que
no había ningún pensamiento racional que la hiciera cambiar de opinión, que en
realidad no era suya, sino de su devoto líder especialista en peluquería de
cerebros. Decidí que una chica tan bonita no debía ser contradicha, ni por la
realidad ni por la historia. Así que, opté por reescribir la historia, sólo
para no traumarla.
El 2630 antes de Cristo (año
más, año menos). Un guardia egipcio resuena su látigo sobre la arena del
desierto. Una y otra vez, al tiempo que grita improperios. Atina a pasar un
mercader por el lugar y se sorprende al ver tan extraño espectáculo.
MERCADER: Disculpe, guardia. No es que quiera meterme en sus asuntos.
Pero… ¿por qué estrella su látigo sobre la arena?
SOLDADO: ¿Arena? ¿Es usted ciego o qué? ¿No ve que estoy castigando a
esos perezosos judíos?
MERCADER: ¿Judíos? ¿Qué es eso?
SOLDADO: ¿Acaso no lo sabe? Los judíos son… son… ¡Mierda! No tengo idea
de lo que son. Pero mis órdenes están bien claritas en este papiro. Presionar a
los esclavos judíos y terminar estas pirámides para su inauguración dentro de
cien años.
El mercader echó una mirada
alrededor y sólo vio arena.
MERCADER: ¿Pirámides?
SOLDADO: Enormes. Hechas de piedra. ¿Acaso no ve los cimientos? Serán
una de las octavas maravillas del mundo. ¡Eso si estos judíos trabajan más
rápido!
MERCADER: (RASCÁNDOSE LA CABEZA) Vuelve a hablarme de judíos. Y por lo
que veo usted está solo aquí. ¿No será que el sol afectó sus sentidos… y en su
delirio cree ver a seres inexistentes a los que denomina judíos?
SOLDADO: ¿Pero en qué lado del Nilo vive? ¡No me diga que ignora la
historia! Los judíos son originarios de Canaán. Llegaron a Egipto y debido a
que todos eran usureros fueron castigados con la esclavitud.
MERCADER: ¿Canaán? He estado allí. No existe ningún pueblo llamado
“judíos”. Sólo viven los filisteos que se mueren de aburrimiento porque no
saben con quién pelear.
Sintetizando, la historia dice
que el faraón se cansó de ver que las obras no avanzaban y decidió comprar las
pirámides al naciente y muy desarrollado imperio chino. Y sí, ya que la chica
del cartel asegura que los judíos no existieron en Canaán hace miles de años,
tengo derecho a inventar un imperio chino en esa época.
La cosa es que los chinos
cumplieron con su proverbial eficiencia, y las pirámides se inauguraron
puntualmente. Eso sí, antes de ese evento el nuevo faraón ordenó borrar de las
pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos la inscripción de “Made in Taiwan”.
Pues bien,
sigamos escribiendo la historia a su gusto.
“Tito, ¿estás loco? ¿A dónde
vas?”. Éste, que parece un llamamiento común en la Buenos Aires de hoy, por
ejemplo, el de una madre sorprendida porque su hijo pequeño se escapa a la
calle, fue pronunciado en el año 70 después de Cristo por parte del emperador
romano Vespaciano, hacia su hijo y heredero, el aun joven Tito.
VESPACIANO: Tito, ¿estás loco? ¿A dónde vas?
TITO: Te lo dije ayer, padre. Voy a Judea a sofocar la revuelta de esos
judíos.
VESPACIANO: ¿Qué revuelta? ¿Otra vez con ese delirio? Te lo dije… eso
que llamas “judíos” no existen. Es un mito, una leyenda inventada por los
egipcios cuando no tenían nada que hacer.
TITO: Ay, padre. ¿Es que no lees las noticias? La guardia romana de
Jerusalén fue pasada a degüello por los insurrectos.
VESPACIANO: ¿Todavía compras esos pergaminos baratos y sensacionalistas?
Yo recibí un reporte fidedigno. Sólo murió un guardia.
TITO: ¡Lo degollaron!
VESPACIANO: Se suicidó. El muy degenerado se enamoró de un camello y el
pobre animal le dijo que no jorobara más. Una historia muy triste.
TITO: ¡Lo siento, padre, pero nada me detendrá! ¡Voy a Judea o como se
llame a escarmentar a esos macabeos!
VESPACIANO: ¿Qué tienen que ver los macacos? ¡Esos monos solo están en
Africa!
TITO: ¡Macabeos, papá! ¡Se rebelaron contra nuestro poderoso imperio y
se atreven a escribir en las paredes “Romanos go home”! Me llevo a las legiones
para destruir Jerusalén y expulsar a sus ciudadanos del Medio Oriente. También
voy a rebautizar Judea, aunque queden miles de judíos viviendo en los
suburbios.
VESPACIANO: Te dije mil veces que no se llama Judea, sino Arenalandia.
TITO: A partir de ahora se llamará Palestina.
VESPACIANO: ¿Palestina? Lindo nombre. Está bien, no voy a discutir
contigo. Date el gusto nomás. Ve a destruir la ciudad que quieras y rebautiza
lo que quieras. Pero no vuelvas tarde, eh.
Yendo unos años hacia atrás,
puedo afirmar que Jesucristo no era rabino, sino un pastor protestante (cuya
vida inspiraría más tarde a Martín Lutero), y que vivió en Alaska. No nació en
un pesebre sino en un iglú. El famoso Sermón de la Montaña no lo dictó en un
monte de Galilea sino sobre un iceberg, y fue aplaudido por miles de focas y
lobos marinos, que en realidad no entendieron una palabra.
A lo largo de la historia,
Palestina fue dominada por romanos, omeyas, abasíes, cruzados, mamelucos y
otomanos. Finalmente, por los ingleses, quienes liberaron la región en 1948, no
como se cree por las acciones de los combatientes judíos de la Haganá y los
atentados del Irgún, sino porque se anunció una Gran Barata en las tiendas de
Londres y los soldados británicos salieron en tropel para aprovechar las
ofertas.
No quise hablar de las masacres
de aldeas judías y musulmanas por parte de las Cruzadas en Tierra Santa porque
ya no tengo ganas de seguir mofándome de la historia real. Aunque no me
desdigo. Persisto en satisfacer el delirio de la chica del cartel. ¿Por qué?
Dicen que cuando a un fanático le demuestran que está equivocado, sufre una
crisis de identidad y hasta puede llegar a un brote psicótico. Y no creo que el
chaleco de fuerza le siente bien a la chica del cartel, no hace juego con sus
zapatillas rosadas. Mejor que siga negando a los historiadores serios y a la
misma Biblia, aunque ella deba disociarse para festejar Navidad (bueno, en el
fondo lo que hacemos todos).
Una cosa más. Negar la Biblia
es negar también el Corán, ya que desde siempre el libro sagrado del Islam reconoció
la Torá y buscó la convivencia con judíos y cristianos. Más aún, permitió el
matrimonio con mujeres del Pueblo del Libro, es decir, las judías. Y bueno, que
la chica del cartel se las arregle con los musulmanes.
Eduardo Goldman (@goldman.eduardo)
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