Ayer fui testigo de una manifestación de
izquierda en apoyo a la población de Gaza, una causa con la que no disentía en
absoluto, ya que yo mismo había publicado en Carta de Lectores de Clarín mi
demanda de que cesaran los bombardeos más mi total respaldo a la creación de una
república libre y democrática en ese conflictivo territorio (17/9/2025). Lo más
llamativo de aquella raquítica, aunque ruidosa marcha, resultó ser una joven
que lucía una pañoleta a cuadros sobre sus hombros y portaba un cartel donde
podía leerse, en letras color sangre: “Fuera sionistas invasores de Palestina”.
La palabra “sionista” ya no engaña a nadie.
Sionista, para ellos, es hasta el bebé de mi hermana, que chupa la teta sin
tener idea de que es un invasor de Palestina, a pesar de vivir en Haedo. En
realidad, intentan resolver sus conflictos personales, geopolíticos y sociales
buscando un chivo emisario, ¿cuándo no?, los judíos. Es obvio que el nacional-socialismo
vuelve a estar en fashion. Como lo estuvo el pelo largo y las botamangas
Oxford. Con franqueza, extraño la época de los hippies.
El sionismo ha tenido en la historia un
único objetivo, el regreso de los judíos a sus tierras ancestrales, que nunca
abandonaron del todo. Lo mismo que los armenios, pero sin antisemitas que los
odien por eso. Y es que los antisemitas no conciben que muchos judíos decidan
vivir en su propio Estado, al decir de Osvaldo Bazán: “un lugar seguro al menos
para que no los maten o los metan en hornos de gas, después de saquearlos y
torturarlos”.
Pero volvamos a la chica del cartel. De
hermosos ojos verdes y un cabello suelto, suave y sedoso, que la destinaría a
la horca si viviese en Irán, pero eso es solo un detalle. Supe que no había
ningún pensamiento racional que la hiciera cambiar de opinión, que en realidad
no era suya, sino de su devoto líder especialista en peluquería de cerebros.
Decidí que una chica tan bonita no debía ser contradicha, ni por la realidad ni
por la historia. Así que, opté por reescribir la historia, sólo para no
traumarla.
Ante todo, una aclaración. Si bien últimas
investigaciones han demostrado que no fueron esclavos judíos los que
construyeron las pirámides de Egipto, el Éxodo de la Biblia nos relata esa
historia que milenios después daría origen a la película “Los diez
mandamientos”. Existen, sí, pruebas fehacientes de la presencia de los judíos o
israelitas en el antiguo Egipto. Sin embargo, en esta nueva escritura que hago
de la historia, refuto esas pruebas y al mismo relato del Éxodo bíblico. La
siguiente es mi personal versión.
El 2630 antes de Cristo (año más, año
menos). Un guardia egipcio resuena su látigo sobre la arena del desierto. Una y
otra vez, al tiempo que grita improperios. Atina a pasar un mercader por el
lugar y se sorprende al ver tan extraño espectáculo.
MERCADER: Disculpe, guardia. No es que
quiera meterme en sus asuntos. Pero… ¿por qué estrella su látigo sobre la
arena?
SOLDADO: ¿Arena? ¿Es usted ciego o qué?
¿No ve que estoy castigando a esos perezosos judíos?
MERCADER: ¿Judíos? ¿Qué es eso?
SOLDADO: ¿Acaso no lo sabe? Los judíos
son… son… ¡Mierda! No tengo idea de lo que son. Pero mis órdenes están bien
claritas en este papiro. Presionar a los esclavos judíos y terminar estas
pirámides para su inauguración dentro de cien años.
El mercader echó una mirada alrededor y
sólo vio arena.
MERCADER: ¿Pirámides?
SOLDADO: Enormes. Hechas de piedra. ¿Acaso
no ve los cimientos? Serán una de las octavas maravillas del mundo. ¡Eso si
estos judíos trabajan más rápido!
MERCADER: (RASCÁNDOSE LA CABEZA) Vuelve a
hablarme de judíos. Y por lo que veo usted está solo aquí. ¿No será que el sol
afectó sus sentidos… y en su delirio cree ver a seres inexistentes a los que
denomina judíos?
SOLDADO: ¿Pero en qué lado del Nilo vive?
¡No me diga que ignora la historia! Los judíos son originarios de Canaan.
Llegaron a Egipto y debido a que todos eran usureros fueron castigados con la
esclavitud.
MERCADER: ¿Canaan? He estado allí. No
existe ningún pueblo llamado “judíos”. Sólo viven los filisteos que se mueren
de aburrimiento porque no saben con quién pelear.
Sintetizando, la historia dice que el
faraón se cansó de ver que las obras no avanzaban y decidió comprar las
pirámides al naciente y muy desarrollado imperio chino. Y sí, ya que la chica
del cartel asegura que los judíos no existieron en Canaan hace miles de años,
tengo derecho a inventar un imperio chino en esa época.
La cosa es que los chinos cumplieron con
su proverbial eficiencia, y las pirámides se inauguraron puntualmente. Eso sí,
antes de ese evento el nuevo faraón ordenó borrar de las pirámides de Keops,
Kefrén y Micerinos la inscripción de “Made in Taiwan”.
Pero sigamos con esta actualizada y más
racional versión de la historia.
“Tito, ¿estás loco? ¿A dónde vas?”. Éste,
que parece un llamamiento común en la Buenos Aires de hoy, por ejemplo, el de
una madre sorprendida porque su hijo pequeño se escapa a la calle, fue pronunciado
en el año 70 después de Cristo por parte del emperador romano Vespaciano, hacia
su hijo y heredero, el aun joven Tito.
VESPACIANO: Tito, ¿estás loco? ¿A dónde
vas?
TITO: Te lo dije ayer, padre. Voy a Judea
a sofocar la revuelta de esos judíos.
VESPACIANO: ¿Qué revuelta? ¿Otra vez con ese
delirio? Te lo dije… eso que llamas “judíos” no existen. Es un mito, una
leyenda inventada por los egipcios cuando no tenían nada que hacer.
TITO: Ay, padre. ¿Es que no lees las noticias?
La guardia romana de Jerusalén fue pasada a degüello por los insurrectos.
VESPACIANO: ¿Todavía compras esos
pergaminos baratos y sensacionalistas? Yo recibí un reporte fidedigno. Sólo
murió un guardia.
TITO: ¡Lo degollaron!
VESPACIANO: Se suicidó. El muy degenerado
se enamoró de un camello y el pobre animal le dijo que no jorobara más. Una
historia muy triste.
TITO: ¡Lo siento, padre, pero nada me
detendrá! ¡Voy a Judea o como se llame a escarmentar a esos macabeos!
VESPACIANO: ¿Qué tienen que ver los
macacos? ¡Esos monos solo están en Africa!
TITO: ¡Macabeos, papá! ¡Se rebelaron
contra nuestro poderoso imperio y se atreven a escribir en las paredes “Romanos
go home”! Me llevo a las legiones para destruir Jerusalén y expulsar a sus
ciudadanos del Medio Oriente. También voy a rebautizar Judea, aunque queden
miles de judíos viviendo en los suburbios.
VESPACIANO: Te dije mil veces que no se
llama Judea, sino Arenalandia.
TITO: A partir de ahora se llamará
Palestina.
VESPACIANO: ¿Palestina? Lindo nombre. Está
bien, no voy a discutir contigo. Date el gusto nomás. Ve a destruir la ciudad
que quieras y rebautiza lo que quieras. Pero no vuelvas tarde, eh.
Yendo unos años hacia atrás, puedo afirmar
que Jesucristo no era rabino, sino un pastor protestante (cuya vida inspiraría
más tarde a Martín Lutero), y que vivió en Alaska. No nació en un pesebre sino
en un iglú. El famoso Sermón de la Montaña no lo dictó en un monte de Galilea
sino sobre un iceberg, y fue aplaudido por miles de focas y lobos marinos, que
en realidad no entendieron una palabra.
A lo largo de la historia, Palestina fue
dominada por romanos, omeyas, abasíes, cruzados, mamelucos y otomanos.
Finalmente, por los ingleses, quienes liberaron la región en 1948, no como se
cree por las acciones de los combatientes judíos de la Haganá y los atentados
del Irgún, sino porque se anunció una Gran Barata en las tiendas de Londres y
los soldados británicos salieron en tropel para aprovechar las ofertas.
No quise hablar de las masacres de aldeas
judías y musulmanas por parte de las Cruzadas en Tierra Santa porque ya no tengo
ganas de seguir mofándome de la historia real. Aunque no me desdigo. Persisto
en satisfacer el delirio de la chica del cartel. ¿Por qué? Dicen que cuando a
un fanático le demuestran que está equivocado, sufre una crisis de identidad y hasta
puede llegar a un brote psicótico. Y no creo que el chaleco de fuerza le siente
bien a la chica del cartel, no hace juego con sus zapatillas rosadas. Mejor que
siga negando a los historiadores serios y a la misma Biblia, aunque ella deba
disociarse para festejar Navidad (bueno, en el fondo lo que hacemos todos).
Una cosa más. Negar la Biblia es negar
también el Corán, ya que desde siempre el libro sagrado del Islam reconoció la
Torá y buscó la convivencia con judíos y cristianos. Más aún, permitió el
matrimonio con mujeres del Pueblo del Libro, es decir, las judías. Y bueno, que
la chica del cartel se las arregle con los musulmanes.
Eduardo Goldman (@goldman.eduardo)