miércoles, 8 de febrero de 2023

RELATIVISMO

 

   -¡Señor, señor! ¡Venga! ¡Se está ahogando una mujer!

   -¿Qué decís, nene! ¿Cómo que se ahoga una mujer?

   -¡Allá, cerca del muelle! ¡En el agua! ¡Se ahoga!

   -¿Dónde?

   -¡Venga! ¡Aquí! ¿La ve? ¡Esa que agita los brazos!

   -¿La que grita?

   -¡Esa! ¡Yo no puedo salvarla! ¡No sé nadar!

   -Yo nado muy bien. Fui campeón en los intercolegiales, hace unos cuántos años. Eran otros tiempos.

   -¡Se hunde!

   -Esperá que me saque los zapatos y me tiro.

   -Déle, déle que se ahoga.

   -Las medias también, son nuevas. ¿No sabés cómo se cayó al agua?

   -No se cayó. La tiraron unos tipos mientras prendían velas.

   -¿Velas? Ah, sí. Son del rito Brataviano. Provienen de una cultura antiquísima del Himalaya. Hace tiempo que se establecieron en esta ciudad.

   -¿Se va a tirar o no?

   -Pará, pará, nene. Vos no entendés. Si arrojaron a esa mujer al agua fue cumpliendo con los preceptos de su religión.

   -¡Está pidiendo socorro! ¿No la escucha?

   -Sí, sí. Pero también escucho la otra campana. Tenemos que respetar la excepcionalidad cultural.

  -¿La qué?

   -Los distintos puntos de vista acerca de lo moral y lo ético. Quiero decir, no podemos juzgar las acciones de otro grupo cultural bajo nuestros parámetros.

   -¡Nos está puteando mientras se ahoga!

   -Más bien interpreto que está rezando, dando gracias a los dioses por haber sido elegida para el sacrificio ritual.

   -Recién dijo “viejo de mierda”. Creo que hablaba de usted.

   -O es una forma distinta de dirigirse a la deidad. Mucho más familiar que la nuestra. ¿Lo ves? A todo eso se le llama relativismo cultural.

   -Capaz que grita para que la salvemos. ¿Quiere que le pregunte?

   -Bueno, dale. Preguntale, así te sacás la duda.

   -¡Señoraaaa!!! ¿Me escuchaaaa??? ¿Quiere que la salvemosoooosss???

   -No se escucha bien. Hay mucho viento. ¿Qué contestó?

   -Dijo algo como… glup glup glup…

   -¿No ves? Hasta tienen su propio dialecto. Respetemos eso y dejémosla ahogarse tranquila.

   -Bueno. Gracias, señor.


Eduardo Goldman

(Mi humilde homenaje a las mujeres en su lucha por la liberación) 

 

  

sábado, 28 de enero de 2023

NOVELA

 

CAPÍTULO 1

   El pájaro mecánico se eleva indiferente al celo de las palomas.

   Desde una de las múltiples pantallas arracimadas en la sede policial de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la sub oficial Sonia García custodia con atención flotante el circuito del dron sobre un área populosa de Villa Lugano. Grandes complejos de viviendas sociales, unas pocas plazas, movimiento de tránsito, colectivos, pre metro, hormigueo de gente. García detiene la cámara sobre un descampado. Una modesta aglomeración de personas perimetrea el área restringida por una producción cinematográfica. “O de la televisión”, especula ella con interés adolescente. ¿Trabajará Joaquín Vicuña? Su actor favorito, a quien le prometería cualquier cosa con tal de que la lleve en brazos hasta su cama. O al menos a un baño público, tal como fantaseó más de una vez, sentado él sobre el inodoro y ella encima de su bragueta.

   A centímetros de la febril mirada de García, otra pantalla exhibe una escena de nulo interés para la fuerza policíaca. Un hombre joven, de campera azul, entra a un bar de la zona comercial, más precisamente de la avenida Escalada. Nadie podría sospechar que ese acto tan simple y cotidiano en una calle de Buenos Aires, sería el inicio de una historia de horror.

 

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   La cucharita no deja de revolver la espuma cremosa que rebalsa su café. Adrián despega la mirada del pocillo y la pasea por un ventanal salpicado de polvo que da a la calle. Se masajea desanudando tensiones en cada pequeño músculo del cuello. Saca una carta documento del bolsillo de su campera. La desdobla y empieza a leer por milésima vez, meneando la mirada. A mitad del texto hace un bollo de papel. Fue Octavio, piensa. Fue él. ¡El muy hijo de puta! Esa última palabra, puta, se le ha escapado del pensamiento para ser pronunciada en voz alta, como un desafío, atrayendo la atención de un hombre de saco negro sentado en la mesa contigua. El mozo también la escuchó, mientras servía gaseosas a una pareja de jóvenes, pero se hizo el sordo. Adrián entrecierra los ojos, la confusión y el dolor le avasallan el gesto. Octavio era un amigo, de años, se recibieron juntos en la Facultad de Derecho, y juntos consiguieron trabajo en ese estudio jurídico, uno de los más prestigiosos de la ciudad. No podía creer lo que le dijo Melina, la recepcionista, que Octavio lo había traicionado, que lo culpó ante el director de un error garrafal que él mismo había cometido, que el estudio había perdido a ese importante cliente por culpa… ¿mía? ¿Qué decís, Meli? ¿Por culpa mía? Pero si fui justamente yo quien le aconsejó a Octavio cambiar de estrategia, armar un alegato más sólido, más complicado, sí, pero también más efectivo… Al principio, Adrián se había negado a creerlo, pero esa carta documento era el testimonio de que Melina no mentía. Octavio se cagó en la amistad, no le importó dejarlo en la calle, y a pocos días del aniversario, un año ya de la noche más triste de su vida. Evocar la sonrisa de quien creyó su amigo lo encharca en imágenes violentas. Su respiración agitada reclama venganza. Aprieta los labios. Su mano cobra vida propia y barre con furia el pocillo de la mesa, vertiendo en el piso un riacho amarronado del que aún se desprende un vaho con olor a café.

   Desde la caja registradora parte el grito de sorpresa que culmina en una mirada torva de alguien en mangas de camisa, un hombre musculoso y de bigote poblado que cruza la barra y se acerca a Adrián, para increparlo.

   -¿Qué hiciste, loco de mierda?

   Adrián se incorpora, turbado, observa las gotitas de café sobre su propio pantalón

   -Perdón… Fue un accidente -intenta disculparse. Y se agacha para recoger los pedazos dispersos del pocillo.

   -¡Accidente las pelotas! ¡Te estuve mirando todo el tiempo, boludo! ¡Estoy harto de drogones como vos!

   El hombre de saco negro bebe un sorbo de té y permanece atento a la reacción de Adrián, quien, aún confuso, se endereza como por un resorte, sosteniendo un trozo del pocillo entre sus dedos.

   -Mire… yo no soy ningún drogón –se defiende, mordiéndose el labio para sofocar un incómodo temblor, al tiempo que deja el trozo desgarrado sobre la mesa. Aun retumba en sus vísceras la voz amenazante del cajero, y el miedo le facilita una solución rápida-. Le voy a pagar por lo que rompí- ofrece.

   Extrae su billetera del pantalón para acercarle un billete de mil. El cajero se lo saca de la mano, aun ofuscado.

   -¡Y ahora andate! ¡No vuelvas más por acá!

   Adrián gira como para irse, apesadumbrado, pero se arrepiente y decide encararlo.

   -Escuche… -Intenta ser firme, su orgullo está en juego-. Quiero ser claro en esto. No soy ningún drogón. –Vuelve a sacar la billetera y de la misma una tarjetita blanca-. Soy abogado. Tenga. –Y deja la tarjeta sobre la mesa-. Por el carácter que tiene seguro la va a necesitar.

   Y se va, con la desagradable sensación de saberse observado desde cada una de las mesas del bar. Ya en la puerta, escucha la humillante recomendación del cajero: “¡Andá a cagar!”.

   Y sigue su camino.

   Mientras el mozo agrupa más trocitos del pocillo pasando un trapo al estropicio de café, el hombre de saco negro toma la tarjeta que aún sobrevive en la mesa de al lado. Le echa una ojeada a través de sus gruesos lentes: Adrián C. Pelaso, abogado, matrícula…

   “Es la señal”, murmura. Paga y sale rápidamente del bar.

 

Eduardo Goldman

viernes, 21 de octubre de 2022

EN LA QUIETUD DE LA NOCHE

El zapato de la mujer se introduce azarosamente en el charco vertido por la lluvia de la tarde, provocando un diminuto oleaje que anega buena parte de las baldosas rotas. Nadie, sino Tiberio, observa el reflejo lunar quebrándose en el agua oscura. De a poco, va elevando la mirada hacia cada huella dejada por los pasos de la desconocida. Una prostituta, piensa, por la pollera corta y sensual que la viste, como una telaraña que atrae al cliente para desplumarlo en el cuarto de un hotel con olor a insecticida. Bien que lo sabe.

   Tiberio oprime contra su abdomen el portafolio de plástico donde transporta papeles de la empresa, que en la mañana deberá entregar al Ministerio. La noche fresca y el cielo en parte despejado lo invitan a caminar, sin apuro por deshacer la corta distancia que lo separa del PH donde vive con su madre. Y lo hace, sin saber por qué, detrás de la mujer misteriosa. O sí lo sabe, aunque se niega a pensar en ello. Es una calle solitaria debido a que esa hora sólo deambulan los ladrones, los asesinos, los violadores. Le da gracia esta última ocurrencia, y encuentra divertido el juego mental de preguntarse qué pasaría si le diera por alcanzar a esa puta descarada y violarla en algún callejón oscuro, si es que tuviera uno a mano. Pronto se da cuenta de que sus propios pasos empiezan a sonar más presurosos que los de esa mujer, cuyo taconeo resuena sobre la vereda como si fuese hueca.     

   Ella gira apenas la cabeza para mirar por el rabillo del ojo, alarmada por lo que intuye un peligro en ciernes. Maldice el momento en que decidió internarse en esa calle oscura y apresura el paso. Tiberio acepta el desafío. Una presa que huye despierta al depredador que hay dentro de uno, recuerda haber leído en National Geographic. Y el juego mental, o la fantasía erótica de violar a esa prostituta se convierte en algo mucho más excitante. La idea de estrangularla mientras roza su pene inflamado sobre esa pollera corta y lujuriosa le coloniza el deseo.

   Súbitamente, sin aviso, la mujer se larga a correr tras un taxi que no se detiene. Queda mirando las luces del vehículo alejándose a velocidad, y advierte que la figura obesa de Tiberio se detiene a su lado, jadeando, el gesto desencajado. Ella retrocede con paso torpe y resbala para caer de espaldas sobre el asfalto. Levanta la cabeza con gesto suplicante.

   -¿Qué quiere? –gime.

   Sorpresivamente vuelve a llover. El aguacero se cuela por la escasa cabellera de Tiberio, y eso parece volverlo en sí. O quizás no sea la lluvia sino el pánico que le despierta el propio miedo de la mujer. Ni en su fantasía más salvaje se le ocurrió que podía verle el rostro a su potencial víctima. Y eso lo desarma.

 

 Tiberio camufla su accionar tras el ancho tronco de un árbol callejero, oculto a la vista de los vehículos que a esa hora circulan con esporádica frecuencia, sin el menor reparo en igualarse a un trasnochado impelido por la urgencia de mear dónde pudiere, y sin perjuicio de aceptar que, en realidad, sólo se halla dedicado a las febriles maniobras de la masturbación.

   Su mano intenta abarcar todo lo largo de su minúsculo pene, frotándolo con la misma energía que podría llevarle el pedaleo en una bicicleta de carrera. Su mente inerva las manos que, obedientes, aprietan con fuerza el cuello de la mujer de pollera corta. Goza con el estertor de ese cuerpo que se rinde, ahogándose, moribundo, y finalmente inerte. En nada influye la incómoda realidad de esa mujer que, ante la turbación de él, su parálisis, su balbuceo absurdo, se incorporó del empedrado con la pollera húmeda y se marchó a las puteadas, sin siquiera mirarlo.

   Tiberio alcanza el éxtasis contemplando un hilo de baba que cuelga de la boca de su víctima imaginaria, y manifiesta un leve quejido acompañado de una respiración profunda que lo va relajando.

   Muy cerca, desde la ventana de un segundo piso, un gato lo observa indiferente.

 

Eduardo Goldman

jueves, 18 de agosto de 2022

VIAJE AL FIN DE UN LARGO PRINCIPIO

Tu hijo se está muriendo.

No podía sacarse la frase de la cabeza. Ni cada palabra, a las que desmenuzaba una y otra vez en busca de un significado distinto a ese trágico mensaje recibido esa misma tarde. ¿O fue la tarde de ayer?, se le hacía confuso enhebrar el tiempo ya que llevaba horas conduciendo por la ruta que debía llevarlo a Catriel, a la dirección escrita con birome negra en el dorso de aquel sobre. Había cruzado la provincia de Buenos Aires y la noche lo sorprendió llegando a La Pampa. Allí lo detuvo gendarmería. Le exigieron de todo. Registro, documento, cédula verde, seguro, permiso de circulación. Pero más que nada, la constancia del hisopado negativo no mayor a 72 horas de antigüedad. Hubiese querido abreviar ese viaje desesperado con alguna de las aerolíneas, la primera en partir hacia el aeropuerto de Neuquén, pero los vuelos estaban cancelados en todo el país a causa de la ya prolongada cuarentena. Tu hijo se está muriendo. La voz de su esposa al teléfono. Ex esposa, se empeñaba en precisar. Casi ocho años que no sabía de Élida. Ni le importaba. Fueron muchas escenas de maltrato por parte de ambos, una fuente de resentimiento, de locura, humillaciones, hasta que ella encontró una salida rápida instalándose bien lejos, en el norte de Río Negro, tierra natal de su familia. Nada que reprochar, sólo el sabor amargo y ese odio residual estancado en los recuerdos.

 

Tu hijo se está muriendo. El llamado bien podía resultar en una de sus crueles venganzas. La voz en el celular sonaba distante, como si estuviese alejándose y la conexión se tensara hasta ser un hilo quebradizo. Intentó llamarla tantas veces que amagó estrellar el celular contra la pared. No parecía haber señal. La maldijo mil veces por dejarlo en ese vendaval de pensamientos nefastos. ¿Cómo que se está muriendo? ¿Tuvo un accidente? ¿Un ACV? ¿Cáncer? ¿Covid? Las preguntas le rebotaban en la lengua. Lo consoló una frágil esperanza; ella no dijo que había muerto. “Se está muriendo” podía ser una aseveración temeraria en boca de una mujer que tendía a ver catástrofes por todos lados. Puede que Gabriel estuviera reponiéndose de alguna enfermedad, quizás algo seria, pero reponiéndose. Incluso grave, pero reponiéndose. Repitió una y otra vez esa palabra excluyente.

 

Tu hijo se está muriendo. Era un goteo incesante que horadaba la mente y nublaba el asfalto. No podía concebir que Gabriel fuera a desaparecer de su vida. No así, para siempre. Se negaba a creerlo. Volvió a pensar en el Covid. Los medios informaban que los jóvenes mostraban síntomas leves y que en gran parte eran asintomáticos. Lo decían en todos los canales. Gabriel es joven y fuerte, pensó, repetidamente, como un mantra, buscando un alivio que al poco tiempo se transmutaba en angustia. Aceleró aún más el motor. ¿A cuánto iba? ¿Ciento veinte? ¿Ciento cuarenta? No parecía ser suficiente.

 

La sola idea de ser detenido por un patrullero y perder un tiempo valioso en la burocracia pueblerina le hizo retomar una velocidad prudente. Se detuvo en un paraje oscuro, junto a una estación de servicio que permanecía abierta. Utilizó el baño. Luego compró una gaseosa expendida por una máquina. Se apoyó en la puerta del Volvo mientras un joven de barba despoblada y sombra de sueño le llenaba el tanque; su barbijo salpicado de aceite le colgaba de una oreja. Terminado el trámite del pago con tarjeta y un billete de cien que despejó las lagañas del muchacho, se metió en el coche. Sacó de la gaveta el sobre con la invitación. Hacía un par de años que Gabriel se había casado. Cuando recibió aquel sobre tuvo la firme intención de viajar para la boda, pero la sola idea de ver a Élida lo retrajo. Envió un telegrama a la dirección en Catriel, pretextando un evento muy importante de la agencia para esa fecha, y le pidió a su joven secretaria que enviara un regalo apropiado. Luego se enteró de que su obsequio de bodas había sido una licuadora, de tres velocidades, según aclaró la chica.  

 

Una hora después entraba a la ciudad de Santa Rosa. Cruzó unas pocas calles hasta toparse con el hotel del Automóvil Club. No le importó que el restaurante del predio estuviera cerrado, su estómago también lo estaba. Fue hasta la oficina para rentar una habitación. Pagó con la tarjeta sin siquiera prestar atención al precio. Entró a su cuarto. El baño despedía un tenue aroma a pino que debía sobrevivir de la limpieza de la mañana. Se lavó la cara. No le bastó con eso y llenó la piletita para sumergir la cabeza en el agua fría, varios segundos, aguantando la respiración, como si al incorporarse pudiera despertar de un espantoso sueño en el baño de su departamento en Barrio Norte, con todas las cosas en orden, la joven secretaria esperándolo en la cama, Élida lejos, muy lejos, y Gabriel, también lejano, como siempre lo estuvo por culpa de su madre, que lo apañó contra él. Acarició la esperanza de encontrarlo algún día para tomar un café, charlar, reconciliarse, ¿y por qué no?, ser amigos. Es lo que fantaseó al emerger la cabeza del agua. Pero la opresión que se le había enquistado en el pecho diluía todo pensamiento mágico. Se sentó en la cama y echó una mirada al cuarto. Un televisor colgado de la pared por un soporte metálico, aire acondicionado, ventana con cortinas gruesas, una pequeña heladera. Todo lo que en otro momento hubiera servido para su confort, pero que ahora le producía un vacío muy cercano al miedo. Encendió el televisor para distraerse un poco, necesitaba tomar distancia. No había canal que no informara algún tema sobre el Covid. Su pulgar dejó de manipular el control ante la imagen de una joven tirada en el piso de un hospital, fallecida por esa nueva y cruel enfermedad. Se estremeció al pensar en que no importaba la juventud de Gabriel. Sus veintiséis años podían no ser más que una defensa ilusoria contra el Covid. Apagó el televisor. Apoyó la nuca en la almohada pero supo al instante que no iba a pegar un ojo en toda la noche. Se incorporó, recogió el bolso y salió del cuarto.

 

Nuevamente en la ruta. Su mente giraba a mil por hora. Pensamientos contrapuestos, trágicas visiones, desenlaces fatales a los que sólo oponía una ilusión efímera. La camioneta venía en dirección contraria y se acercaba sin bajar las luces. Los focos lo encandilaron. Tuvo miedo de quedar enceguecido y chocar contra ese bólido. La imagen de una luz blanca y brillante. La pantalla de una tablet, sostenida por las manos temblorosas de Élida, segundos interminables de un resplandor inhóspito y un sonido siseante, como el de una serpiente a punto de atacar, hasta que aparecieron las imágenes en color de la fiesta de cumpleaños. Un paneo abrupto de varios tíos y primos, de su hermana Clara y el marido con una copa en mano, los padres de Élida brindando a cámara. Un corte y enseguida Gabriel, con sus seis años a punto de cumplir, la torta y las velitas encendidas, junto a una figura de Harry Potter con galera negra. El canto de feliz cumpleaños acompasado por palmas, y el niño que mira las velitas, inquieto, se diría que alerta, varias voces lo animan a soplarlas, hasta que él mira a un costado y pregunta: ¿no viene papá? El gesto de odio en Élida cuando corta el video para arrojarle la tablet al estómago. “¡Tomá!”, le escupe. “¡Esto es lo que le hacés a tu hijo!”.

 

Las gomas derraparon y el coche terminó fuera del camino, chocando contra unos arbustos. El golpe en la quijada contra el volante lo aturdió. Pudo desabrochar el cinturón de seguridad e instintivamente buscó la manija de la puerta, con mano torpe, desorientada. Trató de calmarse. Al parecer no hubo daño, se dijo. ¿No lo hubo? Sin saber por qué recordó ese día. Élida le había llevado unos dibujos que trazó esmeradamente con una regla T. Eran ideas, bosquejos que imaginó sobre el diseño de esa casita planeada en el country. Recordó el desdén con que la miraba, a ella y a esos papeles. ¿Acaso Élida creía ser mejor que el arquitecto? Era uno de los mejores, y bien pago, por cierto. Ella, que no había terminado su carrera en Arquitectura, cómo podía tener alguna idea siquiera coherente. Seguí participando, se burló, y ella se encerró en el dormitorio a llorar. Él siempre supo donde herir en lo profundo.

 

Cuando despertó aún estaba agarrado al volante, como resistiendo en sueños la mano que tiraba de su brazo y que terminó haciéndolo caer en el pasto. De inmediato una patada en las costillas lo despabiló. No alcanzó a preguntar qué pasaba cuando recibió una trompada en la cara, mientras otro de los hombres husmeaba dentro del coche. Los faros de la moto ennegrecían aún más la oscuridad del campo; los movimientos de esos dos motoqueros eran rápidos y dejaban a su paso una estela de sombras que no parecía propia de seres humanos, más bien de figuras fantasmales, o para horror de su mente, aniñada por cientos de viejas películas tenebrosas, demonios rurales que se alimentaban de los muertos ofrendados a la ruta. Hasta que uno de ellos encontró la billetera dentro de la guantera, y su grito de triunfo dio por terminada la batalla. Una nueva patada fue la despedida. Y pronto el estruendo del motor alejándose. Tardó en levantarse. Le dolía la cara. Supo que le sangraba el labio por el gusto salado que le entintaba la lengua. Al sentarse frente al volante sintió una punzada en un costado. Tanteó con los dedos una a una cada costilla bajo la camisa, hasta que, a su entender, no había nada roto. El dolor era muscular. Pensó que la había sacado barata, podían haberlo matado sin que su cadáver fuese descubierto hasta después de varios días. Hizo un control de daños. Le habían robado la billetera con todo su dinero más las tarjetas de débito y crédito. También desapareció su celular. La cédula verde permanecía en el parasol, pero no sería de gran utilidad frente a una requisitoria policial; su documento y el registro de conductor estaban en la billetera. Supo que radicar la denuncia en un destacamento significaría no poder seguir conduciendo hasta obtener los permisos. Y también que cualquier detención en un control policial, sin documentos que mostrar, haría que le secuestrasen el coche. Encendió el motor. Logró zafar de los arbustos y retomar la ruta.

 

La doble línea amarilla en el asfalto, esa prohibición de cambiar el carril en la proximidad de una curva o pendiente, ejercía sobre él un efecto casi hipnótico. No podía despegar la vista de la misma, como si necesitara de una barrera interna que lo previniera de traspasar el límite hacia la locura. Aunque no siempre lo lograba. Por momentos, en violentos pantallazos, revivía cada uno de los golpes que había recibido, en consonancia con el dolor de los impactos en cada herida de su cuerpo. Las imágenes empezaron a borronearse, ya no era los dos motoqueros que lo agredieron, sino él mismo empujando con toda su bronca a Gabriel, quien, con la fuerza de sus dieciocho años, devolvía cada empellón con más y más rabia, espetándolo por haber insultado a su madre. El clima en la casa se volvía insoportable. ¿Quién te creés que sos, mocoso de mierda, para enfrentarte a mí? ¡Soy tu padre! ¡Me debés respeto! A lo que el joven le retrucaba: ¡Y vos a mamá! Suspiró de alivio cuando ese desagradecido y su madre se fueron para siempre. Pero ahora estaba arrepentido. Quizás, si lo hubiera charlado con Gabriel. Quizás, si hubiera hecho terapia como le pedía Élida. Quizás, si hubiera pasado más tiempo en casa. Pero ya era tarde para eso. Gabriel lo había empujado con los dientes apretados, y eso lo enfureció aún más. Ejerció una fuerza inusitada para arremeter contra el joven, y demostrar que era él y no otro el macho alfa en la familia. Su hijo cayó de espaldas y golpeó la nuca contra el piso. Se asustó al verlo aturdido, pero no atinó a mover un músculo. Gabriel se incorporó lentamente y se retiró con dolor en la mirada. Pensó en llamarlo, en preguntarle si estaba bien, en decirle que lo lamentaba. Lo pensó, solo eso.

 

Amanecía cuando vio el cartel de bienvenida a Río Negro. Fue cuando cruzaba el puente sobre el río Colorado. Divisó a dos policías custodiando el lugar. Rápidamente, recogió el barbijo caído en el piso y se lo ajustó a la cara. Hacer la denuncia por el robo era su única opción, poco creíble teniendo en cuenta que debió haberlo hecho en cualquier pueblo de La Pampa. Sabía que le iban a requisar el coche hasta que estuvieran los papeles, así que decidió no frenar. Iría despacio hasta que intentaran detenerlo, y entonces oprimiría el acelerador a fondo. No le importaba que lo siguieran, o que dieran la orden de captura a alguna patrulla. Estaba obsesionado en no detener su marcha, no a esa escasa distancia que lo separaba de Catriel, porque si su hijo estaba agonizando, como había dicho Élida, si realmente eran sus últimos momentos de vida, necesitaba imperiosamente llegar a tiempo para verlo, para estar con él, para apoyar la mano en su hombro, para decirle tantas cosas que nunca le dijo, para buscar la manera de pedirle perdón. Los uniformados no se molestaron en detenerlo, incluso uno de ellos levantó la mano a modo de saludo, puede que aburrido. Pero él no se sintió afortunado. Pensó que Dios, o lo que fuere que gobernaba el universo, le estaba allanando el camino por alguna razón. Quizás, porque a Gabriel le quedaba poco tiempo.

 

Las manos húmedas pegadas a un volante que por momentos parecía hervir. El sol reflejado en el vidrio delantero y unos lentes oscuros que nunca aparecieron, por falta de voluntad para buscarlos. Fue devorando esa veintena de kilómetros a una velocidad que ni siquiera podía descifrar, con la mente en blanco, suspendida. Poco antes de alcanzar las edificaciones suburbanas de Catriel, detuvo la marcha y estacionó a un costado del camino, como si recién entonces tomara conciencia de que no tenía idea de lo que iba a hacer. La ráfaga de un camión circulando por la ruta hizo vibrar la estructura liviana del Volvo, luego dos coches más. Hablar con Élida, pensó. Debería hacerlo desde algún locutorio, si es que había uno en aquella ciudad. ¿Hablar? ¿Preguntar por el estado de Gabriel? ¿Pedirle desesperadamente que le diga dónde está internado? Ya imaginaba la respuesta: ¡Ahora te preocupás por él, ahora que se está muriendo! Recreaba cada tono, cada reproche de ella. Su furia contenida por años. Ella nunca le perdonaría aquella última noche, antes de que Gabriel y ella misma se marcharan para siempre, la forma en que le gritó, lo llamó vago de mierda, inservible, bolsa de papas, y todo por no estudiar lo que él hubiera deseado, ni de unirse a la agencia para trabajar con él, por perder la vida tocando su guitarra en la calle, por empeñarse en ser un don nadie, un fracasado, una vergüenza para el perfil de su padre.

 

La lata abierta de gaseosa, ya sin gas, tenía gusto a jarabe amargo. Abrió la guantera y tomó el sobre. Deseó que siguiera siendo el domicilio de Gabriel. El Volvo se adentró por una calle hasta llegar a lo que parecía ser el centro de la ciudad. La plaza, los árboles, las casas linderas, la zona comercial. Detuvo la marcha junto a la oficina de turismo, sin soltar el sobre. Una amable asesora le midió la temperatura con un aparatito y le roció alcohol en las manos, para luego lo orientarlo hacia uno de los barrios. Fue un breve trecho por distintas callejuelas, hasta frenar abruptamente frente a una casita. Pequeña, muy sobria, de tejas rojas algo descoloridas. Respiró profundo, varias veces. El cuerpo le temblaba. Pensó en Gabriel y se le anudó la garganta. Esperó unos minutos hasta rehacerse, bajó del coche. Se ajustó el barbijo y caminó hasta la puerta de la casa, con el sobre pegado en la mano, como un amuleto que lo protegería de la más aberrante de las evidencias. No había timbre. Le tomó algunos segundos animarse a golpear, suavemente, casi pidiendo permiso. El tiempo que siguió fue una eternidad. El estómago se le contrajo presagiando la tragedia. Tuvo miedo de encontrarse frente a Élida. Tuvo miedo de sus palabras. Su gesto crispado y su sonrisa amarga, diciéndole que llegaba tarde, que no le alcanzaron las bolas para despedirse de su hijo. Escuchó pasos detrás de la puerta. Sin saber por qué elevó la mano que estrujaba el sobre, y tardó varios segundos en volverla a su lugar. El ruido de la llave fue un sacudón, casi deseó que la puerta no se abriera nunca, tener todo el tiempo del mundo para escapar del lugar, pese a que hubiera sido imposible, las piernas no parecían responderle, eran dos estacas de madera que guarecían su sangre congelada. Cuando vio a la chica se sintió confuso. Era agradable. Sugería lindas facciones alrededor del fino barbijo rosa. Una mirada calma. Su delgadez, envuelta en ropa holgada, hacían evidente un embarazo propio de los últimos meses.

   Al principio un silencio incómodo por parte de ambos. El carraspeó, tuvo la sensación de que había equivocado la casa. Se disculpó y volvió a mirar la dirección en el sobre.

   -Es usted, ¿verdad? –adivinó ella-. El papá de Gabriel.

   Se imaginó a sí mismo, con sombra de barba y la fatiga sudándole en la cara. Asintió, dubitativo. Su respiración se hizo agitada, temió preguntar. No fue necesario.

   -Lo siento mucho -dijo ella, con los ojos húmedos.

   El tardó unos segundos en entender. Sus piernas se doblegaron y cayó de rodillas al piso. La joven se inclinó a socorrerlo, asustada-. ¡Vení! –gritó, hacia el interior del living.

   Cuando él vio la mano fuerte que asía su brazo, y el gesto preocupado de Gabriel, sintió que no quería pararse, sino permanecer así, sostenido por esa ilusión que parecía ser su hijo, negándose a despertar.

   -Vamos, papá, te ayudo.

   Se dejó incorporar, sin fuerzas para oponerse. Su cuerpo había envejecido en ese viaje.

   -Gabriel… -fue lo único que pudo articular.

   -¿Cómo te enteraste? –se intrigó el muchacho-. Iba a llamar para decírtelo, pero no hubo tiempo. Vos sabés, los trámites te vuelven loco. Hace cuatro días que murió, el lunes, y recién ayer la enterraron.

   -¿Enterraron? –Sacudió la cabeza, confuso-.  ¿A quién?

   Gabriel y la chica se miraron.

   -¿Cómo a quién? Por eso viniste, ¿no? A mamá.

   Fue como caer desde un precipicio, impactar el cuerpo contra un fondo de rocas. Fue estallar en pedazos que nunca volverían a unirse.

   -¿De… de qué estás hablando, Gabriel? –reaccionó-. ¿Cómo que murió? Élida no… es imposible.

   Gabriel dudó antes de dar detalles que podrían ser muy dolorosos. Ella intervino.

   -Tuvo un accidente… doméstico. Cayó de la escalera mientras limpiaba los ventanales. No sufrió nada. La muerte fue instantánea, es lo que nos dijeron en el hospital.

   Intentó dar un paso a ciegas, pero las piernas seguían sin responderle. Lo ayudaron a entrar y sentarse en un sillón.

   -Le traigo agua –dijo la chica.

   A Gabriel no se le ocurrió otra cosa que frotarle la espalda. Lo invadía un extraño sentimiento, de querer acercarse y no querer hacerlo.

   -¿Estás mejor, papá? Si te sentís mal llamo a la ambulancia.

   -No, no. Pasa que… Lo que decís es imposible. -Sintió que se ahogaba y se desprendió el barbijo-. Tu madre me llamó ayer, a la tarde.

   El muchacho meneó la cabeza.

   -Estás confundido.

   -Te digo que sí. Reconocí su número en mi celular, y su voz. Era ella. Ayer, creo.

   -Ayer la enterramos, papá. Y su celular lo tengo desde el accidente. Está sin batería. No salió ningún llamado de ahí.

   Miró con cierta pena a su padre, ese hombre al que una vez tanto temió. Ahora, impensadamente, lo veía sufrir. La boca entreabierta, carente de palabras. Los ojos llorosos, enrojecidos. ¿Será posible?, pensó. ¿Será posible que en verdad, de alguna manera, haya guardado algo de amor por mamá?

 

   Al otro día, una mañana ventosa de diciembre, siguió con su hijo el caminito de grava que habría de llevarlos a la tumba de Élida. Un modesto rectángulo de tierra y una placa provisoria con su nombre. Sólo llegaron ellos, ya que no eran permitidas más de dos personas por visita debido a las restricciones de la pandemia. Sendos ramos de flores. El primero en acercarse a la placa fue Gabriel. Colocó las flores dentro de una canaleta apenas húmeda y se deshizo del barbijo. Murmuró unas palabras apagadas por el viento. No fueron muchas, como si en los últimos días las hubiese pronunciado todas. Muy sentido, pronto se retiró para dejar lugar a su padre. Éste se acercó para depositar su ramo. En un principio no se atrevió a mirar la placa. Pensó en retirarse ya cumplido su homenaje, pero supo que era el momento de decirlo todo. No habría otra oportunidad. Y apoyó una rodilla sobre el césped. La vista del nombre de Élida y las fechas de ambos vértices de su vida le trajo el recuerdo de la fiesta de casamiento. La juventud de ella, su belleza. El vals de los novios y la torpeza de él con los pasos descosidos. La risa de Élida. La gota de vino tinto sobre su vestido blanco, derramada por el primo pasado de copas. Y de nuevo su risa. ¿Cuándo dejaste de reír, Élida?, pensó. ¿Cuándo te llené de amargura? Quizás fue Gabriel el que nos separó. Pero no por su culpa ni la tuya, sino la mía. Fui egoísta, bien que lo sé. Fui en extremo exigente con él. Y tu odio hacia mí no fue más que el reflejo de mi desprecio, mi frustración por aquel a quien yo debí amar con toda mi fuerza, en lugar de juzgarlo. Ahora entiendo tu amor doliente de madre.

   No dijo una sola palabra frente a la tumba. Lo que en verdad deseaba era mostrarle a ella lo mucho que había cambiado en esas pocas horas. No habría de preguntarse cómo llegó la voz de ella a su teléfono, decidió considerarlo el principio de un milagro. Habló largas horas con Gabriel la noche anterior, como nunca antes lo había hecho. Supo que manejaba un taxi y que tocaba con su grupo en casamientos, cumpleaños y bautismos. Y hasta en algunas fiestas municipales. Es lo que quería mostrarle a ella, que ahora estaba orgulloso de su hijo, que respetaba su propio camino, que le había pedido perdón y él fue capaz de comprenderlo. “Empezamos para la mierda, viejo”, le dijo Gabriel. “Pero ahora vamos para adelante”. Eso le dijo. Y ahora estaba feliz por recuperar a ese hijo al que recién empezaba a conocer, y sabía que ya nunca iba a alejarse de él, ni de su futuro nieto. No dijo una sola palabra. Sólo quería eso, mostrarle a ella.

 

Eduardo Goldman

miércoles, 9 de febrero de 2022

LOS OJOS DE OLGA

Sus bellos ojos de gata se abren con desmesura. Sus labios titubean, sofocan la denuncia y el grito de horror que muere antes de ser concebido. Olga no desencalla la mirada de la tenebrosa mesa de póker.  Ha descubierto la confabulación de ese trío para esquilmar al pobre viejo, y, quizás  también, para seguir cometiendo esa abominable serie de crímenes. Nadie está seguro bajo la lluvia. Ahora, tampoco ella.

   -Era eso –murmura el inspector Sergio Bonet, y detiene la órbita del dvd que ha insertado en su televisor. Abandona el sillón reclinable. Se pasea por la estrechez del living, excitado a fuerza de redundar en su propia revelación. “Ahora todo cierra”, piensa hasta convencerse. “Todo cierra”.

   Envía un mensaje de texto a un viejo conocido, el fiscal Jorge Nieto. Se calza la pistola reglamentaria y sale de su departamento. La calle no está muy concurrida a esa hora de la mañana. Tampoco hay mucho tránsito. Los taxistas parecen conducir con una red en la mano para pescar clientes. En no más de veinte minutos se encuentra frente a la casa, una zona coqueta de Vicente López. Antes de cruzar la calle saca el celular para llamar al sargento Rivero, le imparte órdenes y recibe las novedades, entonces sí, encara el timbre. Una musiquita en lugar de chicharra. Abre una joven mucama y ante la vista de su identificación policial lo guía sumisa hasta el estudio.

   Dalmiro Achával interrumpe la acción de encender un cigarro. Pasa de la sorpresa a una sonrisa glacial dedicada a Bonet. Y le sobra tiempo para fulminar a la chica de un vistazo por dejarlo entrar sin previo anuncio.

   -Inspector Bonet –se presenta el policía-. Dalmiro Achával, ¿verdad?

   -¡El mismo que viste y calza! –intenta bromear el mediático empresario a modo de saludo, y deja el escritorio para acercar su obesa figura al policía. Un estrechón de manos es una forma de medir el temperamento y las intenciones del otro-. ¿Qué lo trae por acá?

   La joven mucama se retira con la inquietud de no saber si ha hecho bien o ha hecho mal o si mejor se vuelve a Tucumán para seguir los pasos de su hermana, la monja.

    -Estoy atando los últimos cabos de una investigación –responde Bonet con parsimonia.

   -¿Investigación?

   -El caso del juez Bartolomeu.

   -Ah, sí. El crimen del siglo, según varios medios. Aunque a la semana ya nadie se acordaba de eso. Son tantos los hechos de inseguridad que…

   -La muerte del juez no fue un caso de inseguridad –lo ataja el policía.

   Achával arquea una ceja.

   -¿Y eso qué significa?

   -Que no se trató de un robo. Al menos, no fue ese el móvil del crimen.

   -Pero... está claro que los motochorros lo fusilaron para robarle el coche, y todas sus pertenencias.

   -Una puesta en escena. No eran motochorros, sino sicarios. Uno de ellos fue identificado por varias cámaras de seguridad.

   -¿Lo agarraron?

   -Todavía prófugo.

   El empresario asiente pensativo.

   -Tome asiento –indica, mientras vuelve a su sillón. Enciende el cigarro.

   Bonet se ubica en una silla al otro lado del escritorio.

   -Veo que le gusta el buen tabaco –dice el inspector, sin mayor interés.

   Achával observa la punta del cigarro encendido, sopesa las palabras.

   -Me los traen desde Cuba. Una exquisitez. –Abre el cajón superior y saca un envoltorio marrón, con una franja dorada-. Tenga. Pruébelo usted mismo.

   -Gracias. No fumo.

   El hombre se reclina en el sillón evidenciando su voluminoso abdomen. Suelta una bocanada de humo perfumado.

   -¿Para qué vino a verme?

   Bonet sonríe y cruza una pierna sobre la otra. Siempre disfruta de la pausa cuando se propone decir algo inquietante.

   -Pasaba por acá y decidí aprovechar el tiempo para comentarle... y no lo tome a mal, que usted es mi principal sospechoso.

   Achával se queda mirándolo, sin saber si reír o indignarse. Masajea con el puño su abultada papada.

   -Es una broma, supongo.

   -Supone mal. Hasta hoy temprano estaba desorientado. No tenía idea de quién podía haber ordenado su ejecución. Pero las películas nacionales inspiran.

   -¿De qué está hablando, Bonet? No tengo mucho tiempo para perder en acertijos.

   El inspector pasea la mirada a lo largo del escritorio. Un lapicero de cuero, una gruesa carpeta de tapa dura, la tablet y una lluvia de estrellas como protector de pantalla, teléfono de línea, un gran cenicero de vidrio, los cigarros junto al encendedor, una lámpara flexible, y, algo de costado, alcanza a ver el retrato con la foto de una mujer madura abrazando a un joven de no más de quince años. Asiente sin saber por qué.

   -Bonet… –insiste Achával, irritado.    

   -¿Juega al póker? –pregunta el policía, con el tono casual de quien curiosea por la preferencia futbolística de su interlocutor.

   Achával lo estudia antes de responder.

   -A veces. ¿Por qué?

   -¿Qué siente cuando recibe de primera mano tres cartas iguales?

   -¡No entiendo a qué viene todo esto!

   -¿Qué siente? Tres cartas iguales, digamos, tres reyes, y dos nueves.

   -Fulll de reyes. ¿Y qué?

   -Eso. Full de reyes. El rey de la industria pesquera, que es usted. Germán Casona, rey, o ceo, de una importante compañía petrolera. Y por último, Camilo Expósito, uno de los ministros más agresivos y autoritarios de este gobierno, rey a su manera, aunque se deshaga en elogios por los valores democráticos.

   -Escuche, Bonet. Si tiene algo que decir, hágalo de una vez. De lo contrario, debo partir hacia una reunión de negocios.

   -¿Sabe? Hay algo que siempre me llamó la atención. Cuando apareció la noticia de la muerte del juez, algunos medios destacaron su trayectoria honesta, y sobre todo, las causas que tenía en sus manos. Un par de ellas tenían que ver con narcotráfico y lavado de dinero. Bartolomeu estaba investigando una empresa offshore que lo tenía a usted en el directorio.

   -¡Ya lo expliqué! ¡Se lo dije a cuanto periodista me ponía el micrófono bajo la nariz! Solo estuve un tiempo en ese directorio! ¡Renuncié en cuanto sospeché de ciertos manejos raros!

   -Manejos que usted nunca denunció a la Justicia.

   -¡Porque no tenía pruebas!

   -Sin embargo… Bartolomeu pensaba todo lo contrario. Usted era uno de los que estaban en su mira.

   -Fue una causa armada. Una confabulación política para perjudicarme.

   -Es curioso que hable de confabulación. Tras la muerte del juez, usted, Casona y Expósito, los tres reyes magos, fueron las caras más visibles de una campaña de prensa tendiente a desprestigiarlo. Usted dijo que Bartolomeu era un mujeriego que frecuentaba a prostitutas. Casona…  algo así como que tenía relaciones homosexuales con menores, y que derrochaba dinero no justificado por su sueldo de juez. Y Expósito dijo…

   -¡No me importa lo que dijo! Puedo asegurar que Bartolomeu era un corrupto, y eso fue lo que declaré a la prensa! ¡Casona y Expósito pensarían lo mismo! ¡No sé! ¡No tengo nada que ver con ellos! ¡Ni siquiera los conozco!

   -¿De veras no los conoce? Tienen algo en común con usted. Ellos también eran investigados por la misma causa, y algunas otras.

   -Jamás los traté. Puede que hayamos coincidido en algún evento, pero jamás intercambié más de dos palabras con ellos.

   Bonet exhibe una media sonrisa. Sabe que Achával es un gran mentiroso, que está metido hasta el cuello en el negocio del narcotráfico, sobornando a políticos y policías para que hagan la vista gorda frente al creciente tráfico de drogas, arruinando la vida de miles de chicos, como ese mismo que sonríe inocente desde el retrato. Mira la hora en su celular.

   -¿Sabe? En este momento, Germán Casona debe estar respondiendo las preguntas del fiscal Nieto. Un tipo muy nervioso este Casona, de esos que se quiebran ante una mirada acusatoria. Puede que decida colaborar jugando al arrepentido, y en ese caso, usted va a estar en serios problemas, Achával.

   -Eso es estúpido! ¡Yo no tengo nada que ocultar! –Y levanta el tubo del teléfono para pulsar los números-. ¡Ya mismo llamo a mi abogado!

   Bonet se incorpora para apoyar sus dedos sobre la horquilla, abortando la comunicación.

   -Sí, llámelo, porque le va a hacer falta. Pero antes me va a escuchar. Al juez Reston le tocó hacerse cargo de las causas de Bartolomeu. Mala suerte para usted, otro juez probo. Incorruptible. La investigación va a seguir, Achával. –Lo agarra de la camisa para acercarlo a su cara, se le ocurre que el aliento del tipo huele a salmón ahumado-. Y eso no es todo. Le aseguro que el sicario que acabó con Bartolomeu finalmente va a caer, y yo mismo voy a encargarme de que confiese quienes lo contrataron. –Lo suelta y se sacude las manos-. No lo envidio, Achával. De aquí en más su vida va a ser un infierno. Que duerma bien.

   Bonet sale del estudio y, antes de llegar a la puerta de calle, escucha el furioso manotazo del empresario barriendo con todo lo que habitaba el escritorio. Sonríe. Afuera lo espera el sargento Rivero de brazos cruzados, apoyado en la puerta del patrullero.

   -¿Y? –pregunta Bonet.

   El sargento asiente sonriendo.

   -Me dijeron que ese Casona está cantando todo frente al fiscal. Parece un recital de rock.

   Bonet aplaude sin sonido y se dirige al asiento del acompañante.

   -Esperá, Sergio –lo frena el sargento-. ¿Cómo supiste?

   -¿Qué cosa?

   -Todo esto. ¿Cómo descubriste que esos tres eran socios?

   -Yo no lo descubrí. Fue Olga.

   El inspector entra al patrullero. Rivero se rasca la cabeza mientras murmura su confusión.

   -¿Olga? ¿Qué Olga?

   Esa noche Bonet se acomoda en su sillón con una copa rebosante de champagne. Reactiva en el televisor una película en blanco y negro, ya empezada. La voz de Pablo llamando a Marianela lo devuelve a la trama, la historia del hombre ciego que ve la belleza donde otros no pueden. Inoportunamente, suena el teléfono. Bonet sabe que a esa hora sólo puede ser ella, la única ella a la que atendería. Pero no ahora. Antes debe cumplir con ese rito, que como todo rito, se le ha vuelto insoslayable. Detiene la imagen en Marianela, su fino rostro tersado por la luna. El mayor fracaso de la industria cinematográfica argentina, lograr a fuerza de maquillaje que Olga Zubarry se viera como una chica fea. Bonet levanta su copa y brinda por ella.

   El teléfono sigue sonando, inclaudicable.


Eduardo Goldman 


lunes, 20 de diciembre de 2021

DESTINO

 Ha transcurrido mucho tiempo y sigo obsesionado con esa puerta. No hago más que recordar. El calor húmedo pegoteado en mi frente, el peso de la navaja en el bolsillo de mi pantalón, los minutos previos al epílogo sangriento. Recorro con mis dedos las vetas en la madera lustrada, la ordinariez de una puerta que me separa de ella. Almaceno el odio, disfruto de mi extravío. Mi mano criminal insertando la llave. Me detengo por unos segundos, sorprendido al ver parte de mis ojos reflejado en la mirilla, como un aviso, una denuncia de la locura que encierran.

Ella está esperándome. Su rostro entumecido por el miedo, sus brazos acodados a la espalda, apoyados en un mueble. Sus labios tiemblan cuando habla de separarnos, de que ya no resiste, de mis celos enfermizos. Mis dientes se prensan triturando reproches, yo sé que me engaña con algún otro, pienso en un tango, pero mi música interna es mucho más trágica. Macabra. Ya no tolero que me traicionen, que se rían de mí, que me humillen. Veo la mentira en sus palabras, en su estudiada condescendencia. Veo los mil momentos en que fui un trapo de piso, en que fui muy poco para ellas. En que fui nada. Pero aún la nada tiene vida y se rebela. Mi puño se estrella en su quijada de porcelana enviándola al piso. Se toma la cara, angustiada, me pide que no siga, que ya no, que ya me ha denunciado en la comisaría de la mujer, que ha ido con una amiga. Mi furia, como ajena a mí, extrae la navaja y la despliega. Ella… ¿Cuál era su nombre?, curiosamente es lo único que no recuerdo, ella abre grande la boca, tarda en salirle el grito. Nada me detiene. Me acerco blandiendo la hoja afilada, lista para el degüello. Quisiera contenerme. Quisiera alguna palabra que me haga soltar el arma, algún perdoname, te quiero a vos, nunca te engañé, pero ella sólo grita su espanto al ver mis ojos frente a los suyos. De pronto un estampido, un dolor agudo escarbando mis entrañas. Caigo de espaldas.  Luego de un momento, veo el revólver que sostiene con las dos manos. Lleva puesta una sonrisa tiesa y la desesperación en el gesto.

La muerte me ha deparado la más sutil de las torturas. La de repetir ese momento hasta el infinito, tratando de cambiar el desenlace, de buscar otra salida que me libre de un final tan absurdo y trágico. O peor aún, inútil. Pero no se puede borrar lo que ha sido escrito. No hay tinta más indeleble que la que uno ha plasmado en sus actos. Y es así que permanezco por toda la eternidad, tirado boca arriba, viéndola soltar el arma, arrodillándose junto a mí para llorar con sus labios temblorosos, herida de venganza y pena.

Yo también siento pena. Nada de dolor físico. Solo algo de frio, y esa tenebrosa, inanimada pena. Fue lo último que sentí hasta que todo se apagó. Desde entonces vago por las diferentes escenas de mi vida, como en una película incomprensible que siempre se detiene junto a esa puerta, frente a la mirilla que devuelve mis ojos acechantes. El último aviso. Pude haber arrojado esa navaja muy lejos. Pude haber escuchado sus palabras, haber creído en su dolor, haber entendido el mío. Pude haberla amado.

No fue el destino, sino mi arbitrio sellado en el tiempo lo que me condena.

 

Eduardo Goldman     

domingo, 1 de agosto de 2021

UN CAMINO SECO Y POLVORIENTO

Fabián Hernández nunca tuvo en claro los motivos de su elección. Ser policía distaba mucho de la carrera de su padre, ingeniero agrónomo, y más aún de la de su madre, que se desempeñaba como médica de guardia en cuanto hospital requiriese de sus servicios. Cierta vez, la psicóloga de la institución le había dicho que su vocación policial tenía que ver con el fatal accidente en la ruta que le cercenó la infancia, privándolo de sus padres. De alguna manera, ser policía se constituía en un acto simbólico, reflejo de un deseo subyacente por restaurar lo perdido. Buscaba recomponer el orden, la sacralidad de las leyes, la inmutabilidad de las normas que un irresponsable al volante había violado propiciando la tragedia. Odiaba a ese camionero que jamás llegó a conocer, y tomó conciencia de ese odio que lo llagaba por dentro cuando mató por primera vez. Fue en un tiroteo con motochorros, dos pájaros de cuenta que habían dejado inconsciente a una anciana tras robarle la cartera. El aviso oportuno de un comerciante lo puso en alerta. Los enfrentó. Intercambiaron disparos y su puntería fue más certera. Al ver los cadáveres bajo la moto sonrió. No se dio cuenta, pero sonrió.

 

A pesar de los vanos intentos de un fiscal ambicioso, no hubo cargos en contra de Fabián. Los delincuentes estaban armados y habían gatillado, según la básica observación de los hechos. Los peritajes no tomaban en cuenta una sonrisa. Sin embargo, los jefes decidieron que el oficial tomara algunas sesiones con la psicóloga, para que todo quedara prolijito. De aquella abúlica relación terapéutica, Fabián extrajo solo una cosa en limpio, un secreto al que ni la joven licenciada pudo acceder. Fabián Hernández le había tomado el gusto a matar.

 

Fueron otros dos tiroteos en los que abatió a delincuentes de alta peligrosidad. Ése era su requisito, tenían que ser hampones armados y en lo posible de amplios antecedentes, a los que sabía dónde buscar. El perfecto maquillaje para su sed de sangre, el aura de un tenaz justiciero, como Charles Bronson en El Vengador Anónimo, sólo que él no sabía realmente de qué se estaba vengando. Se jugaba la vida en la búsqueda de un placer mortuorio. Aniquilar malditos lo aliviaba en cierta región de lo profundo, le concedía un efímero sosiego, como el porro en una noche de insomnio. Tras cada matanza, sobrevenía la calma, una fatiga dulce que  le desentumecía los músculos, lo aplacaba. Siempre amparado en el cumplimiento del deber, bajo la sombra de lo estrictamente legal, disparos en defensa propia, inatacables, invulnerables. Fue así que ningún fiscal se atrevía a tocarlo, y así también alcanzó el grado de inspector con todos los honores del cuerpo.

 

Pero un día fue demasiado lejos. Quizás porque vio a ese perro muerto en la calle, al parecer atropellado y olvidado como una bolsa de basura caída del conteiner, algo que lo sacudió más allá de la memoria. Un dolor añejo que se le enredaba en la garganta. Un recuerdo intermitente, como el parpadeo de un tubo de luz a punto de agotarse. La imagen del perro que acompañó su niñez. Un cuzquito peludo y blanquecino llamado Tomy, acompañándolo en sus juegos solitarios, mitigando su tristeza, protegiéndolo de las pesadillas al pie de la cama. Sacudió la cabeza, espantando imágenes reveladoras. Irrumpió sin pensarlo en esa guarida de narcos y asesinos. Los sorprendió en medio de una transa, el olor avinagrado a heroína mal cortada, al menos cinco delincuentes. Gritó: ¡Policía! No como una fórmula disuasiva, sino como un desafío. Una llamada al combate. Su primer disparo abortó para siempre la flexión de una mano al extraer la Colt. De inmediato perforó el entrecejo de un grandote que lo buscaba con el caño de su arma. Quedaban tres. El juego de parapetarse entre los distintos muebles desvencijados de la casona. Al tercero lo alcanzó cuando asomaba la cabeza junto a su mano armada, el quejido apagándose confirmaba el impacto. El cuarto escapó del lugar, lo oyó correr hacia la salida. El quinto, en cambio, se puso de pie y arrojó su revólver, entregándose. La lógica de Fabián hubiera sido dar por terminada la batalla, un hombre desarmado no representaba el enemigo deseado. Pero había algo en ese hombre que lo exasperaba. Puede que su cuerpo trabajado por horas en algún gimnasio de cuarta, o la breve cicatriz que le bajaba del ojo hasta el pómulo derecho, o su pelo entrecano cortado casi al ras. Algo en Fabián lo impulsaba a mantenerlo en la mira de su Browning, sin despegar su indeciso dedo del gatillo, listo a disparar ante cualquier movimiento sospechoso. No tuvo tiempo de sacar el celular para pedir un patrullero. Sintió el estampido y un dolor agudo, punzante, que se abría paso atravesándole la espalda. Luego la sensación de que todo daba vueltas. Sus piernas doblegándose y la caída final. Lo último que vio fueron sus propios dedos enredados en la Browning. 

 

Al despertar tenía las uñas clavadas en la tierra seca. Abrió un poco los ojos. El reflejo del sol le peregrinaba sobre los párpados. Tomó una bocanada de aire. No sentía dolor en la espalda y bendijo al inventor del chaleco antibalas. Se incorporó hasta quedar sentado sobre el camino polvoriento. Se preguntó qué diablos hacía en ese lugar, sin duda un paraje despoblado en el interior de la provincia. Apenas unas casitas en la lejanía. Unos pocos árboles al borde del camino. Prácticamente, la nada misma. Buscó su celular en los bolsillos aún sabiendo que no iba a encontrarlo, tampoco tenía la Browning, era lógico. Lo que no alcanzaba a comprender era el motivo por el que no había sido rematado. Quizás, elucubró, lo daban casi por muerto y les pareció buena idea dejar el cadáver fresquito muy lejos del barrio. Quizás. Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un delincuente. Se puso de pie para mirar a uno y otro lado del camino, tratando de divisar algún vehículo que pudiera acercarlo a una estación de servicio. Su desazón fue acompañada por la danza errática de un remolino de polvo. 

 

Fue entonces que escuchó el gruñido. Pudo advertir que a pocos metros, al costado del camino, un enorme perro lo acechaba enseñándole los dientes. Era un animal enorme, no supo precisar la raza pero sí su ferocidad. Un halo de espuma goteaba de sus fauces entreabiertas, humedeciendo unos colmillos filosos que brillaban a la luz del sol. Quedó paralizado, no se atrevió a mover un solo músculo ante la clara amenaza de que el perro, presuntamente con hidrofobia, le saltase al cuello para despedazarlo. Un nuevo gruñido lo hizo retroceder unos pasos. Trató de serenarse, de pensar, calcular oportunidades, tal como había aprendido en el entrenamiento. Su mirada se disparó hacia el árbol más cercano, un sauce de hojas secas y ramas raquíticas. Volvió a retroceder pero con mayor lentitud, paso por paso, vigilando los ojos vidriosos del animal, con las manos alzadas, como si mágicamente pudiera contener su inminente embestida. La estridencia de un ladrido le prensó las piernas, junto con el aliento. El perro avanzó unos metros en su busca y se frenó para ladrar con más fuerza. Parecía listo a soltar toda su furia. Fabián no dudó. Se lanzó a la carrera y cuando ya escuchaba la respiración del animal muy cerca de la nuca, pudo trepar al tronco de un salto descomunal que, aun aterrado, le dejó margen para el asombro. Lo que puede el miedo, pensó entre arcadas de aire.

 

La visión del perro bajo sus pies, merodeando el árbol, le producía la misma inquietud de saberse apuntado desde lejos por un rifle. Se preguntó cuánto debería estar allí arriba, esperando a que el perro se hartara y fuera en busca de una presa más accesible. Apoyó las manos en una rama y estiró el cuello para observar el terreno. Nadie a quien pedir ayuda en ese desierto de pasto amarillento. No podía entender la ausencia absoluta de todo vehículo en el camino, como si la localidad se hallara bloqueada por infinidad de piquetes.

 

Le llevó unos minutos darse cuenta. Se preguntó dónde se había metido ese maldito perro. Haberlo perdido de vista no significaba que se hubiese marchado, tal como deseaba. Podía estar oculto tras uno de los árboles cercanos, o detrás de una pila de ladrillos que se erigía a pocos metros, rellena de un cemento ennegrecido y salpicado de barro seco, al parecer como parte de un proyecto inconcluso. Lo cierto es que se dejó guiar por la prudencia y decidió permanecer un buen rato en ese árbol. Lo fastidió toda esa pérdida de tiempo. Deseaba que nada de eso hubiese ocurrido y estar en su departamento, como todas las noches, sentado frente al televisor y con una copa de algo fuerte en la mano. Ese algo fuerte y la voz de alguna locutora serían su única compañía hasta muy entrada la madrugada. Quizás por eso amaba su trabajo, aún con los peores delincuentes se podía charlar. De todas maneras, no se arrepintió de haber entrado solo en aquella vieja casona, ni de haberse trabado en lucha con los narcos en tan desiguales términos, y mucho menos de haber matado. Lo que no paraba de recriminarse era el error de bajar la guardia, de quedarse mirando a ese imbécil de la cicatriz, que ya se había rendido, para descuidar ingenuamente su espalda. Un error estúpido, de principiante. Y se preguntó qué puta cosa lo había obsesionado con  aquel delincuente. No conocía a ese tipo. Nunca antes lo había visto, ni aun en los archivos policiales. Quizás no era él en sí mismo, sino esa marca en el pómulo. ¿Por qué le era tan familiar aquella cicatriz? ¿Por qué se había constituido en un detalle de relevante importancia? La imagen apareció como un relámpago, como si hubiese esperado décadas a ser llamada. Del ojo al pómulo derecho, así era la cicatriz de aquel hombre de pelo largo, muy negro, ese que lo había sorprendido en el corredor de la casa chorizo por donde él, en ese entonces un niño de ocho años, se dirigía a la puerta de calle para jugar con su pelota. El hombre de la cicatriz sonrió forzadamente y le preguntó por su padre. El pequeño Fabián se alegró de que su padre recibiera amigos y le franqueó la puerta de su hogar, para enseguida seguir su camino por el corredor. Antes de llegar a la calle escuchó gritos, y enseguida un estampido que le atravesó la respiración. El hombre de pelo negro se retiró a paso firme por el corredor sin siquiera mirarlo. El pequeño entró temblando a su casa, sin soltar la pelota. Vio a su padre en un sillón, con la camisa destrozada, llorando. Muy cerca estaba Tomy. Se acercó al perrito, que yacía boca abajo en el piso. Descubrió la sangre inundando su pelaje blanquecino. Le tomó una de las patas, sacudiéndola, buscando que cobrara vida, que despertara como siempre lo hacía después de una siesta al sol. Pero la patita resbaló de sus manos y quedó en el piso, inmóvil. El llanto de su padre le hería los oídos, pero él no lloró. Sólo apretaba la pelota contra su pecho, y pensaba, pensaba en que no debió haber abierto la puerta para ese extraño, que todo lo que había ocurrido se debía a él, Tomy había muerto por su culpa. Su culpa. Y odió el momento en que decidió salir a jugar, odió al hombre de pelo negro, odió a su padre, pero por sobre todo, abonó la idea que lo acompañaría de por vida, la de odiarse a sí mismo.

 

Nunca relató lo sucedido y por eso nadie lo contuvo, nadie le aseguró que su culpa era infundada, que no cabía en él la responsabilidad del hecho, que era solo un niño y no podía prever lo acontecido. Sin embargo, no hubiera servido de mucho. Nadie se libra del dedo acusatorio de un niño, y mucho menos el adulto que lo lleva dentro. La memoria fue lo suficiente piadosa para borrar ese nefasto día de su conciencia, pero el odio perduró, y se convirtió en la matriz subrepticia de todas sus relaciones en la vida. La sensación de que destruía todo lo que tocaba. Así malogró amistades, proyectos, y la pareja con la única mujer que amó. Hasta quedarse solo, con la oculta, agazapada imposición de pagar esa vieja deuda. Castigarse por el tremendo error, condenarse, ejecutarse. Y por primera vez en mucho tiempo el odio primigenio salía a la luz, retornando a su origen. Y se despreció con toda la fuerza de su infancia herida, la imagen de su perro muerto era un cuchillo removiéndose en el pecho, y lloró, por primera vez lloró. Gritó de dolor. Y golpeó, dio trompadas a la rama del viejo sauce,  sin el menor cuidado por la sangre que manaba de su puño. Golpeó deseando que fuera él mismo el objeto de su ira. Hasta que la rama se quebró. Fabián perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la tierra. Escuchó el gruñido llegando desde algún lugar pero ya no le importaba. Había matado a su perro, su único amigo, el único sostén, su refugio en ese hogar estéril de caricias, y ahora otro perro sería su verdugo. Era el justo castigo. Cerró los ojos, aceptándolo.

 

Eduardo Goldman