jueves, 18 de mayo de 2023

HABRÁ OTROS DOMINGOS

    Entré al London para zigzaguear la mirada sobre cada una de las mesas con la esperanza de que, aún en mi exasperante, abusiva tardanza, pudiera descubrir su cabello rojizo, o un par de ojos azules escrutándome con una mezcla de alivio y resentimiento. No tuve ocasión de presentar excusas. Ella no estaba en el bar.

   Caminé como un zombi por entre las mesas para asegurarme de que no había sido mi metódica negación lo que me impidió reconocerla. Siempre estoy alerta sobre mis sabotajes internos, o de mi rapidez para evitarme reproches que, justificados o no, mudos o manifiestos, me producen un insomnio que puede durar por varias noches. En este caso, el reproche partía de mí mismo. ¡Cómo pude cometer la idiotez de no alistarme a tiempo para la cita! Había llegado a la confitería –miré el reloj del celular- a las siete menos diez, casi dos horas tarde. Es curioso, pensé. La coincidencia era un ejemplo perfecto de aquella frase que siempre le escuchaba decir a mi abuelo. Lo que la vida te da, la vida te quita, aseveraba, como repitiendo algo que había leído y que le servía para mostrarse sabio. En este caso, no era la vida sino el tren Sarmiento. Tres días antes había ocurrido algo que me recordó una vieja historia que leí en mi adolescencia, y que ahora experimentaba en carne propia. Fue justamente en el Sarmiento. Yo viajaba hacia la pensión donde vivo, cerca de la estación Haedo, y ella iba en sentido contrario rumbo a Plaza Miserere. Lo cierto es que ambos trenes coincidieron al detenerse en Flores, de tal manera que mi ventanilla quedó frente a la suya, igual que en esa historia -quizás fue una novela, no recuerdo el nombre-. En la misma, el protagonista quedaba prendado de la mujer que tenía enfrente, y pese a que sus ventanillas podían abrirse, él no se atrevió a intentar nada. Se quedó mirándola, esperando el milagro de que los trenes se detuvieran allí para siempre, apareándolos en un tiempo infinito, pero eso no ocurría en la Europa de principios del siglo XX. Tampoco iba a ocurrir con el Sarmiento. Y en un acto nada usual para mi enfermizo miedo al papelón, agité la mano atrayendo su mirada, que, por una fracción de segundo, recaló en mí para enseguida ser desviada hacia algún lugar indefinido del techo. Dibujé un “Hola” con mis labios, tres o cuatro veces. Hasta que ella acusó recibo y me lo devolvió, divertida. Los vidrios que nos separaban no debieron presentar el menor riesgo para ella. Todo un desafío para mi creatividad, tratar de conseguir su teléfono en un idioma de señas. Abrí mi portafolios y saqué rápidamente la factura de unos pendrives que había comprado. Iba a pedirle su número, pero se me ocurrió que hoy día la inseguridad en que vivimos haría de eso una misión imposible. Apresurado por la sirena electrónica del tren, opté por tirarme a la pileta sin fijarme en el nivel del agua, si es que la había. Tenía que proponer una cita lo más accesible que pudiera. Quizás, no en días de semana, por si el trabajo o la Facultad se lo hacían incómodo, por no decir imposible. Ni lo sábados. Siempre puede haber una fiesta los sábados, o un encuentro con amigas, o lo que sea. Como una ráfaga de viento pasó por mi mente la imagen de Cortázar, y en el dorso blanquecino de la factura escribí: “El London, perú y av de mayo. domingo 17 hs”. Ella se vio sorprendida. Junté las manos parodiando una plegaria, cosa de mostrarme divertido, y a la vez suplicarle que viniera. Los trenes empezaban a alejarse, no supe ni me interesaba saber cuál de ellos se estaba moviendo. Ella dudó unos instantes, hasta que sacó su celular y tomó una foto. ¿A mí? ¿Para mostrarla a sus amigas como quien expone a un payaso engreído? ¿Un machirulo al que daría una lección con su alevosa ausencia? ¿O al cartel que yo le mostraba, para tenerlo presente, y quizás, de esa manera, aceptar mi invitación del domingo?

   Puede que por inseguridad o por miedo a decepcionarme, demoré mi estadía en el sofá por una serie de Netflix y me vestí casi al filo de lo planeado. Lo justo para llegar a tiempo. Mi abuelo tenía razón, lo que los trenes te dan, los trenes te quitan. Se desató una huelga ferroviaria vaya uno a saber por qué. Desesperado, corrí hacia la parada del colectivo. Casi cuarenta minutos esperándolo. Un lento viaje de domingo y luego el subte. Y la ley de imprevisibilidad con su corolario fallido se cumplió a rajatabla. Ella, de quien no sabía ni siquiera el nombre, ya no estaba. Se habrá ido odiándome, pensé. ¿Cuánto habrá esperado? ¿Media hora? ¿Una? Seguramente no mucho más. Habrá meneado la cabeza con una sonrisa irónica y pedido la cuenta para marcharse lo más rápido posible. Se habrá sentido humillada por tomar en serio a un imbécil con un cartel arrugado y una letra desprolija. O quizás, nada de eso. Quizás ni siquiera haya venido. Quizás, en ese mismo momento yo era exhibido ante sus amigas como el payaso machirulo del tren. Supuse que nunca sabría la verdad. Así y todo, cuando de pura suerte conseguí una mesa junto a la ventana, no dejé de buscarla entre la escasa gente que caminaba sin rumbo, alejándose de Florida, o la que regresaba por Perú, dando por terminada su visita a San Telmo. La avenida de Mayo recogía los últimos destellos del atardecer, y mi atención saltaba del paisaje urbano a la puerta de la confitería toda vez que percibía la entrada de alguien, cualquiera que no era ella. Se me acercó el mozo. Un hombre de mediana edad, chaleco oscuro y modos amables, dignos del London. “Un café cortado”, pedí. Y antes de que se alejara con mi orden, lo llamé. Fue casi instintivo. Sin gran expectativa pregunté si poco antes había estado una muchacha de pelo rojizo, sola, como esperando a alguien que nunca llegó. Se quedó pensando y enseguida miró hacia un sector del salón. “Un momentito”, dijo, con voz átona. Lo seguí con la mirada. Intercambió unas palabras con otro mozo, de idéntico chaleco pero bastante más joven, cabello negro tirado hacia atrás, atado en colita. Ambos me echaron una rápida mirada y por un momento tuve la absurda idea de que iban a llamar a un patrullero. El primer mozo pareció venir hacia mí con deprimentes noticias, pero se desvió para atender otra mesa. El de colita habló con el tipo del mostrador y luego de algunos segundos, el tipo, supongo que el cajero, buscó algo bajo el mostrador y le entregó un papelito. De inmediato “Colita” llegó hasta mí para dejar sobre la mesa un barquito hecho con una hoja de papel. “Me dice el cajero que una pelirroja dejó esto, a lo mejor es para usted”. Y sin esperar respuesta siguió haciendo lo suyo. Miré el barquito sin entender nada. Parecía una broma de extraño mal gusto, o tal vez un ingenioso mensaje por parte de ella, significando que nuestra cita había naufragado como el Titanic, es decir, para siempre. Tomé el barquito con cierta aprehensión. Lo examiné. ¿Por qué no habrá sido más clara dejando una nota?, me pregunté. Y ahí mismo supe que en realidad la había dejado. Ella no tenía un sobre donde colocarla -nadie lleva un sobre para casos como éste-, y no podía dejar un papel doblado, que sin duda atraería la curiosidad del cajero. Deshice el barquito y allí estaba, muy breve, con una letra cursiva, prolija y hasta, si se quiere, sensual: “Habrá otros domingos”, decía. Y abajo la firma: Laura.

   Ahora sabía su nombre. Y algo más importante, que había estado esperándome. Y que me había perdonado al insinuar la posibilidad de encontrarnos algún otro domingo. Desde entonces mi vida ha cambiado. Ya no más el oscuro trabajo de oficina sabiendo que al final de la semana sólo me esperaba una rutina silenciosa, desierta, por momentos distraída con alguna serie de Netflix. Ahora, desde el mismo viernes empiezo a soñar con encontrarla. No ha venido al siguiente domingo, ni al otro, ni al tercero. Pero ya lo ha dicho, habrá otros domingos, puede ser cualquiera. Y yo estaba dispuesto a persistir, a estar listo desde temprano, asegurarme de tomar el tren a una hora prudente. A caminar muy despacio por la Avenida de Mayo sólo para hacer tiempo, admirando cada cúpula de los viejos edificios que me llevan al London. Sin faltar un solo domingo, con un café cortado y el barquito de papel sobre la mesa, como siempre, de cinco a siete.


                                                                                        Eduardo Goldman

lunes, 15 de mayo de 2023

DISCURSO ELECTORAL

 CANDIDATO: Y quiero advertir a la nación toda, que si no me votan en las próximas elecciones, un gran peligro se cernirá sobre nuestra querida patria. ¡Ellos tomarán el poder, con sus fauces abiertas! ¡Ellos destruirán nuestro país! ¡Hablo de los brutales comunistas!

ASESOR: (ALARMADO, EN VOZ BAJA) Señor… señor…

CANDIDATO: El blasfemo trapo rojo ondeará en lugar de nuestra querida bandera…

ASESOR: Señor… señor…

CANDIDATO: Terminaremos reemplazando a San Martín por Lenin, por Stalin, por Trotsky…

ASESOR: Señor… señor… ¡Señoooooor!!!

CANDIDATO (POR LO BAJO): ¿Qué pasa???

ASESOR: Memorizó un discurso viejo, señor. Ese ya no funciona.

CANDIDATO: Ahhh… con razón nadie me aplaude. No se preocupe. Lo arreglo enseguida. (AL PÚBLICO) Y como les decía… el enemigo se apresta a lanzar sus garras sobre el cuello de nuestro querido pueblo. ¡Hablo de la derecha! Ese monstruo agazapado que urde nuestra perdición y…

ASESOR: Señor… señor…

CANDIDATO: ¡La derecha expoliadora! ¡Esa que se dice de Centro pero que en el fondo es un lobo disfrazado de Caperucita! ¡No caigamos en la trampa del maldito capitalismo! O terminaremos reemplazando a San Martín por Adam Smith, por Milton Friedman, por Álvaro Alsogaray…

ASESOR: ¡Señooooooooor!!!

CANDIDATO: (POR LO BAJO) ¿Qué pasa ahora?

ASESOR: ¡Ese discurso también atrasa! ¡Debió agarrar el que le dejé sobre el escritorio! Estamos en el simposio nacional de medicina preventiva, ¡y usted debe exponer su futura política para erradicar el Dengue!

CANDIDATO: Ah, entiendo, entiendo… (AL PUBLICO) Como les decía… ¡No debemos permitir que ese repulsivo mosquito imponga sobre la patria sus repulsivas patas! ¡Un mosquito que intenta sembrar el pánico en la población… el caos social… una corrida bancaria… y así llevar a nuestro país hacia… hacia… (AL ASESOR, POR LO BAJO) Oiga… ese puto mosquito, ¿es comunista o de la derecha?

                                                                                                              Eduardo Goldman

miércoles, 10 de mayo de 2023

THE PINK COLORED ROSE

By Eduardo Goldman

(Translated by Martín Lazzarini)  

 

Went with a stealthy walk over the tile floor because you had a feeling about something. Your body perspired a scent of urgency. You dared jump over the low wall and trespass the unauthorized property. A plain mansion, only one floor, L-shaped. You knew she was alone. The housekeeper had left hours ago and you had monitored the place obsessively. No one came in that night. You approached one of the bedroom windows. The bedside lamp was lit. You knew it was her. The light from the lamp and the white curtains behind the glass made a tenuous mirror where you saw yourself fearful of your own image. Shocked at having gone too far, like a hallucinating dream that became real. You were afraid. You did not want her to discover you were stalking her. You were afraid. You did not want to frighten her. To provoke her rejection. You were afraid that none of this would happen. That it would be another one of those empty nights meandering this setting. At 12305 Fifth Helena Drive. You kept repeating the address in your mind, to not think of her. Who knows how, you ended up facing that door. You knocked on that hardwood, as if stroking it. You moved the handle and, to your surprise, it opened the way. The living room was dark. You felt like a thief, an assassin, and you wished to withdraw.  You still had time to avoid disaster. The weight of a whole life was pushing you towards her and could not stop. It felt like playing an all or nothing round of poker. You were lured by the reflection of the lamp that came from the bedroom. You were late in your reaction but you went on, resolute. If only to see her- or better yet -be seen by her. To exist, for a few seconds, in her life. Even if it would have been your sole memory treasured in jail. You fingered the pink colored rose you slipped in the buttonhole of your jacket, knowing by heart that she loved them. You finished opening this door. She was lying in bed, she seemed asleep, but her eyes were twinkling. You moved in closer. You wanted to sit by her side, so she could see you, it was too much for your poor modesty, and you knelt on the carpet. Her lipstick painted red, her mole floating on her rosy cheek, a tress of blonde hair scattered all over the pillow. She was staring at you, you could swear it. You knew magic had happened. You could see empty jars, a few pills over the carpet, her barely latent breathing, and you guessed her last sight. You wished to give her your posthumous tribute, proof of that love she never had- or you never had -and slowly, with the tenderness of a prince, kissed your Cinderella goodbye. Sinking a little on her soft lips, holding back your tongue to not disturb her. Your mouth remained still. Your eyes, maybe for the first time since childhood, smiled with gratitude. This is what you thought, and you smiled while you kissed her.

Later, soon after, you saw her extinguish, whither. It was then that you felt a tickle in one of your hands. You looked down, and without the least hint of fear, saw through a translucence,  as if it was about to disappear in an instant. Then, the other. You felt like laughing from happiness, while finger by finger they faded away, then the arm, and up to the breastplate of your shoulders. Your body, evaporating, dissipating in white fumes that turned light blue at times. Until it vanished completely. Only the pink colored rose remained, detached from your jacket, gliding down until it landed in one of her unmovable hands. Which is the way it was found. They say the coroner treated her body, discarded the rose in the waste basket, then discovered that the rose, still in the waste basket, remained fresh and lush as if recently cut from a garden, with a soft and sweet perfume, indelible in time. Moved by this supernatural attachment to life, the coroner returned the rose to Marilyn's hand. And no one else dared to take it away, not even on her funeral, at the Westwood Village Memorial Park, on August 8th, 1962.

 

Este cuento es parte de una antología recientemente publicada en España (Vencejo Ediciones), titulado “M.M.”, en homenaje a Marilyn Monroe. Participan autores españoles, argentinos, mexicanos, cubanos, colombianos, ecuatorianos, panameños, venezolanos, italianos y franceses.

miércoles, 8 de febrero de 2023

RELATIVISMO

 

   -¡Señor, señor! ¡Venga! ¡Se está ahogando una mujer!

   -¿Qué decís, nene! ¿Cómo que se ahoga una mujer?

   -¡Allá, cerca del muelle! ¡En el agua! ¡Se ahoga!

   -¿Dónde?

   -¡Venga! ¡Aquí! ¿La ve? ¡Esa que agita los brazos!

   -¿La que grita?

   -¡Esa! ¡Yo no puedo salvarla! ¡No sé nadar!

   -Yo nado muy bien. Fui campeón en los intercolegiales, hace unos cuántos años. Eran otros tiempos.

   -¡Se hunde!

   -Esperá que me saque los zapatos y me tiro.

   -Déle, déle que se ahoga.

   -Las medias también, son nuevas. ¿No sabés cómo se cayó al agua?

   -No se cayó. La tiraron unos tipos mientras prendían velas.

   -¿Velas? Ah, sí. Son del rito Brataviano. Provienen de una cultura antiquísima del Himalaya. Hace tiempo que se establecieron en esta ciudad.

   -¿Se va a tirar o no?

   -Pará, pará, nene. Vos no entendés. Si arrojaron a esa mujer al agua fue cumpliendo con los preceptos de su religión.

   -¡Está pidiendo socorro! ¿No la escucha?

   -Sí, sí. Pero también escucho la otra campana. Tenemos que respetar la excepcionalidad cultural.

  -¿La qué?

   -Los distintos puntos de vista acerca de lo moral y lo ético. Quiero decir, no podemos juzgar las acciones de otro grupo cultural bajo nuestros parámetros.

   -¡Nos está puteando mientras se ahoga!

   -Más bien interpreto que está rezando, dando gracias a los dioses por haber sido elegida para el sacrificio ritual.

   -Recién dijo “viejo de mierda”. Creo que hablaba de usted.

   -O es una forma distinta de dirigirse a la deidad. Mucho más familiar que la nuestra. ¿Lo ves? A todo eso se le llama relativismo cultural.

   -Capaz que grita para que la salvemos. ¿Quiere que le pregunte?

   -Bueno, dale. Preguntale, así te sacás la duda.

   -¡Señoraaaa!!! ¿Me escuchaaaa??? ¿Quiere que la salvemosoooosss???

   -No se escucha bien. Hay mucho viento. ¿Qué contestó?

   -Dijo algo como… glup glup glup…

   -¿No ves? Hasta tienen su propio dialecto. Respetemos eso y dejémosla ahogarse tranquila.

   -Bueno. Gracias, señor.


Eduardo Goldman

(Mi humilde homenaje a las mujeres en su lucha por la liberación) 

 

  

sábado, 28 de enero de 2023

NOVELA

 

CAPÍTULO 1

   El pájaro mecánico se eleva indiferente al celo de las palomas.

   Desde una de las múltiples pantallas arracimadas en la sede policial de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la sub oficial Sonia García custodia con atención flotante el circuito del dron sobre un área populosa de Villa Lugano. Grandes complejos de viviendas sociales, unas pocas plazas, movimiento de tránsito, colectivos, pre metro, hormigueo de gente. García detiene la cámara sobre un descampado. Una modesta aglomeración de personas perimetrea el área restringida por una producción cinematográfica. “O de la televisión”, especula ella con interés adolescente. ¿Trabajará Joaquín Vicuña? Su actor favorito, a quien le prometería cualquier cosa con tal de que la lleve en brazos hasta su cama. O al menos a un baño público, tal como fantaseó más de una vez, sentado él sobre el inodoro y ella encima de su bragueta.

   A centímetros de la febril mirada de García, otra pantalla exhibe una escena de nulo interés para la fuerza policíaca. Un hombre joven, de campera azul, entra a un bar de la zona comercial, más precisamente de la avenida Escalada. Nadie podría sospechar que ese acto tan simple y cotidiano en una calle de Buenos Aires, sería el inicio de una historia de horror.

 

                                                           ----------0----------

 

   La cucharita no deja de revolver la espuma cremosa que rebalsa su café. Adrián despega la mirada del pocillo y la pasea por un ventanal salpicado de polvo que da a la calle. Se masajea desanudando tensiones en cada pequeño músculo del cuello. Saca una carta documento del bolsillo de su campera. La desdobla y empieza a leer por milésima vez, meneando la mirada. A mitad del texto hace un bollo de papel. Fue Octavio, piensa. Fue él. ¡El muy hijo de puta! Esa última palabra, puta, se le ha escapado del pensamiento para ser pronunciada en voz alta, como un desafío, atrayendo la atención de un hombre de saco negro sentado en la mesa contigua. El mozo también la escuchó, mientras servía gaseosas a una pareja de jóvenes, pero se hizo el sordo. Adrián entrecierra los ojos, la confusión y el dolor le avasallan el gesto. Octavio era un amigo, de años, se recibieron juntos en la Facultad de Derecho, y juntos consiguieron trabajo en ese estudio jurídico, uno de los más prestigiosos de la ciudad. No podía creer lo que le dijo Melina, la recepcionista, que Octavio lo había traicionado, que lo culpó ante el director de un error garrafal que él mismo había cometido, que el estudio había perdido a ese importante cliente por culpa… ¿mía? ¿Qué decís, Meli? ¿Por culpa mía? Pero si fui justamente yo quien le aconsejó a Octavio cambiar de estrategia, armar un alegato más sólido, más complicado, sí, pero también más efectivo… Al principio, Adrián se había negado a creerlo, pero esa carta documento era el testimonio de que Melina no mentía. Octavio se cagó en la amistad, no le importó dejarlo en la calle, y a pocos días del aniversario, un año ya de la noche más triste de su vida. Evocar la sonrisa de quien creyó su amigo lo encharca en imágenes violentas. Su respiración agitada reclama venganza. Aprieta los labios. Su mano cobra vida propia y barre con furia el pocillo de la mesa, vertiendo en el piso un riacho amarronado del que aún se desprende un vaho con olor a café.

   Desde la caja registradora parte el grito de sorpresa que culmina en una mirada torva de alguien en mangas de camisa, un hombre musculoso y de bigote poblado que cruza la barra y se acerca a Adrián, para increparlo.

   -¿Qué hiciste, loco de mierda?

   Adrián se incorpora, turbado, observa las gotitas de café sobre su propio pantalón

   -Perdón… Fue un accidente -intenta disculparse. Y se agacha para recoger los pedazos dispersos del pocillo.

   -¡Accidente las pelotas! ¡Te estuve mirando todo el tiempo, boludo! ¡Estoy harto de drogones como vos!

   El hombre de saco negro bebe un sorbo de té y permanece atento a la reacción de Adrián, quien, aún confuso, se endereza como por un resorte, sosteniendo un trozo del pocillo entre sus dedos.

   -Mire… yo no soy ningún drogón –se defiende, mordiéndose el labio para sofocar un incómodo temblor, al tiempo que deja el trozo desgarrado sobre la mesa. Aun retumba en sus vísceras la voz amenazante del cajero, y el miedo le facilita una solución rápida-. Le voy a pagar por lo que rompí- ofrece.

   Extrae su billetera del pantalón para acercarle un billete de mil. El cajero se lo saca de la mano, aun ofuscado.

   -¡Y ahora andate! ¡No vuelvas más por acá!

   Adrián gira como para irse, apesadumbrado, pero se arrepiente y decide encararlo.

   -Escuche… -Intenta ser firme, su orgullo está en juego-. Quiero ser claro en esto. No soy ningún drogón. –Vuelve a sacar la billetera y de la misma una tarjetita blanca-. Soy abogado. Tenga. –Y deja la tarjeta sobre la mesa-. Por el carácter que tiene seguro la va a necesitar.

   Y se va, con la desagradable sensación de saberse observado desde cada una de las mesas del bar. Ya en la puerta, escucha la humillante recomendación del cajero: “¡Andá a cagar!”.

   Y sigue su camino.

   Mientras el mozo agrupa más trocitos del pocillo pasando un trapo al estropicio de café, el hombre de saco negro toma la tarjeta que aún sobrevive en la mesa de al lado. Le echa una ojeada a través de sus gruesos lentes: Adrián C. Pelaso, abogado, matrícula…

   “Es la señal”, murmura. Paga y sale rápidamente del bar.

 

Eduardo Goldman

viernes, 21 de octubre de 2022

EN LA QUIETUD DE LA NOCHE

El zapato de la mujer se introduce azarosamente en el charco vertido por la lluvia de la tarde, provocando un diminuto oleaje que anega buena parte de las baldosas rotas. Nadie, sino Tiberio, observa el reflejo lunar quebrándose en el agua oscura. De a poco, va elevando la mirada hacia cada huella dejada por los pasos de la desconocida. Una prostituta, piensa, por la pollera corta y sensual que la viste, como una telaraña que atrae al cliente para desplumarlo en el cuarto de un hotel con olor a insecticida. Bien que lo sabe.

   Tiberio oprime contra su abdomen el portafolio de plástico donde transporta papeles de la empresa, que en la mañana deberá entregar al Ministerio. La noche fresca y el cielo en parte despejado lo invitan a caminar, sin apuro por deshacer la corta distancia que lo separa del PH donde vive con su madre. Y lo hace, sin saber por qué, detrás de la mujer misteriosa. O sí lo sabe, aunque se niega a pensar en ello. Es una calle solitaria debido a que esa hora sólo deambulan los ladrones, los asesinos, los violadores. Le da gracia esta última ocurrencia, y encuentra divertido el juego mental de preguntarse qué pasaría si le diera por alcanzar a esa puta descarada y violarla en algún callejón oscuro, si es que tuviera uno a mano. Pronto se da cuenta de que sus propios pasos empiezan a sonar más presurosos que los de esa mujer, cuyo taconeo resuena sobre la vereda como si fuese hueca.     

   Ella gira apenas la cabeza para mirar por el rabillo del ojo, alarmada por lo que intuye un peligro en ciernes. Maldice el momento en que decidió internarse en esa calle oscura y apresura el paso. Tiberio acepta el desafío. Una presa que huye despierta al depredador que hay dentro de uno, recuerda haber leído en National Geographic. Y el juego mental, o la fantasía erótica de violar a esa prostituta se convierte en algo mucho más excitante. La idea de estrangularla mientras roza su pene inflamado sobre esa pollera corta y lujuriosa le coloniza el deseo.

   Súbitamente, sin aviso, la mujer se larga a correr tras un taxi que no se detiene. Queda mirando las luces del vehículo alejándose a velocidad, y advierte que la figura obesa de Tiberio se detiene a su lado, jadeando, el gesto desencajado. Ella retrocede con paso torpe y resbala para caer de espaldas sobre el asfalto. Levanta la cabeza con gesto suplicante.

   -¿Qué quiere? –gime.

   Sorpresivamente vuelve a llover. El aguacero se cuela por la escasa cabellera de Tiberio, y eso parece volverlo en sí. O quizás no sea la lluvia sino el pánico que le despierta el propio miedo de la mujer. Ni en su fantasía más salvaje se le ocurrió que podía verle el rostro a su potencial víctima. Y eso lo desarma.

 

 Tiberio camufla su accionar tras el ancho tronco de un árbol callejero, oculto a la vista de los vehículos que a esa hora circulan con esporádica frecuencia, sin el menor reparo en igualarse a un trasnochado impelido por la urgencia de mear dónde pudiere, y sin perjuicio de aceptar que, en realidad, sólo se halla dedicado a las febriles maniobras de la masturbación.

   Su mano intenta abarcar todo lo largo de su minúsculo pene, frotándolo con la misma energía que podría llevarle el pedaleo en una bicicleta de carrera. Su mente inerva las manos que, obedientes, aprietan con fuerza el cuello de la mujer de pollera corta. Goza con el estertor de ese cuerpo que se rinde, ahogándose, moribundo, y finalmente inerte. En nada influye la incómoda realidad de esa mujer que, ante la turbación de él, su parálisis, su balbuceo absurdo, se incorporó del empedrado con la pollera húmeda y se marchó a las puteadas, sin siquiera mirarlo.

   Tiberio alcanza el éxtasis contemplando un hilo de baba que cuelga de la boca de su víctima imaginaria, y manifiesta un leve quejido acompañado de una respiración profunda que lo va relajando.

   Muy cerca, desde la ventana de un segundo piso, un gato lo observa indiferente.

 

Eduardo Goldman

jueves, 18 de agosto de 2022

VIAJE AL FIN DE UN LARGO PRINCIPIO

Tu hijo se está muriendo.

No podía sacarse la frase de la cabeza. Ni cada palabra, a las que desmenuzaba una y otra vez en busca de un significado distinto a ese trágico mensaje recibido esa misma tarde. ¿O fue la tarde de ayer?, se le hacía confuso enhebrar el tiempo ya que llevaba horas conduciendo por la ruta que debía llevarlo a Catriel, a la dirección escrita con birome negra en el dorso de aquel sobre. Había cruzado la provincia de Buenos Aires y la noche lo sorprendió llegando a La Pampa. Allí lo detuvo gendarmería. Le exigieron de todo. Registro, documento, cédula verde, seguro, permiso de circulación. Pero más que nada, la constancia del hisopado negativo no mayor a 72 horas de antigüedad. Hubiese querido abreviar ese viaje desesperado con alguna de las aerolíneas, la primera en partir hacia el aeropuerto de Neuquén, pero los vuelos estaban cancelados en todo el país a causa de la ya prolongada cuarentena. Tu hijo se está muriendo. La voz de su esposa al teléfono. Ex esposa, se empeñaba en precisar. Casi ocho años que no sabía de Élida. Ni le importaba. Fueron muchas escenas de maltrato por parte de ambos, una fuente de resentimiento, de locura, humillaciones, hasta que ella encontró una salida rápida instalándose bien lejos, en el norte de Río Negro, tierra natal de su familia. Nada que reprochar, sólo el sabor amargo y ese odio residual estancado en los recuerdos.

 

Tu hijo se está muriendo. El llamado bien podía resultar en una de sus crueles venganzas. La voz en el celular sonaba distante, como si estuviese alejándose y la conexión se tensara hasta ser un hilo quebradizo. Intentó llamarla tantas veces que amagó estrellar el celular contra la pared. No parecía haber señal. La maldijo mil veces por dejarlo en ese vendaval de pensamientos nefastos. ¿Cómo que se está muriendo? ¿Tuvo un accidente? ¿Un ACV? ¿Cáncer? ¿Covid? Las preguntas le rebotaban en la lengua. Lo consoló una frágil esperanza; ella no dijo que había muerto. “Se está muriendo” podía ser una aseveración temeraria en boca de una mujer que tendía a ver catástrofes por todos lados. Puede que Gabriel estuviera reponiéndose de alguna enfermedad, quizás algo seria, pero reponiéndose. Incluso grave, pero reponiéndose. Repitió una y otra vez esa palabra excluyente.

 

Tu hijo se está muriendo. Era un goteo incesante que horadaba la mente y nublaba el asfalto. No podía concebir que Gabriel fuera a desaparecer de su vida. No así, para siempre. Se negaba a creerlo. Volvió a pensar en el Covid. Los medios informaban que los jóvenes mostraban síntomas leves y que en gran parte eran asintomáticos. Lo decían en todos los canales. Gabriel es joven y fuerte, pensó, repetidamente, como un mantra, buscando un alivio que al poco tiempo se transmutaba en angustia. Aceleró aún más el motor. ¿A cuánto iba? ¿Ciento veinte? ¿Ciento cuarenta? No parecía ser suficiente.

 

La sola idea de ser detenido por un patrullero y perder un tiempo valioso en la burocracia pueblerina le hizo retomar una velocidad prudente. Se detuvo en un paraje oscuro, junto a una estación de servicio que permanecía abierta. Utilizó el baño. Luego compró una gaseosa expendida por una máquina. Se apoyó en la puerta del Volvo mientras un joven de barba despoblada y sombra de sueño le llenaba el tanque; su barbijo salpicado de aceite le colgaba de una oreja. Terminado el trámite del pago con tarjeta y un billete de cien que despejó las lagañas del muchacho, se metió en el coche. Sacó de la gaveta el sobre con la invitación. Hacía un par de años que Gabriel se había casado. Cuando recibió aquel sobre tuvo la firme intención de viajar para la boda, pero la sola idea de ver a Élida lo retrajo. Envió un telegrama a la dirección en Catriel, pretextando un evento muy importante de la agencia para esa fecha, y le pidió a su joven secretaria que enviara un regalo apropiado. Luego se enteró de que su obsequio de bodas había sido una licuadora, de tres velocidades, según aclaró la chica.  

 

Una hora después entraba a la ciudad de Santa Rosa. Cruzó unas pocas calles hasta toparse con el hotel del Automóvil Club. No le importó que el restaurante del predio estuviera cerrado, su estómago también lo estaba. Fue hasta la oficina para rentar una habitación. Pagó con la tarjeta sin siquiera prestar atención al precio. Entró a su cuarto. El baño despedía un tenue aroma a pino que debía sobrevivir de la limpieza de la mañana. Se lavó la cara. No le bastó con eso y llenó la piletita para sumergir la cabeza en el agua fría, varios segundos, aguantando la respiración, como si al incorporarse pudiera despertar de un espantoso sueño en el baño de su departamento en Barrio Norte, con todas las cosas en orden, la joven secretaria esperándolo en la cama, Élida lejos, muy lejos, y Gabriel, también lejano, como siempre lo estuvo por culpa de su madre, que lo apañó contra él. Acarició la esperanza de encontrarlo algún día para tomar un café, charlar, reconciliarse, ¿y por qué no?, ser amigos. Es lo que fantaseó al emerger la cabeza del agua. Pero la opresión que se le había enquistado en el pecho diluía todo pensamiento mágico. Se sentó en la cama y echó una mirada al cuarto. Un televisor colgado de la pared por un soporte metálico, aire acondicionado, ventana con cortinas gruesas, una pequeña heladera. Todo lo que en otro momento hubiera servido para su confort, pero que ahora le producía un vacío muy cercano al miedo. Encendió el televisor para distraerse un poco, necesitaba tomar distancia. No había canal que no informara algún tema sobre el Covid. Su pulgar dejó de manipular el control ante la imagen de una joven tirada en el piso de un hospital, fallecida por esa nueva y cruel enfermedad. Se estremeció al pensar en que no importaba la juventud de Gabriel. Sus veintiséis años podían no ser más que una defensa ilusoria contra el Covid. Apagó el televisor. Apoyó la nuca en la almohada pero supo al instante que no iba a pegar un ojo en toda la noche. Se incorporó, recogió el bolso y salió del cuarto.

 

Nuevamente en la ruta. Su mente giraba a mil por hora. Pensamientos contrapuestos, trágicas visiones, desenlaces fatales a los que sólo oponía una ilusión efímera. La camioneta venía en dirección contraria y se acercaba sin bajar las luces. Los focos lo encandilaron. Tuvo miedo de quedar enceguecido y chocar contra ese bólido. La imagen de una luz blanca y brillante. La pantalla de una tablet, sostenida por las manos temblorosas de Élida, segundos interminables de un resplandor inhóspito y un sonido siseante, como el de una serpiente a punto de atacar, hasta que aparecieron las imágenes en color de la fiesta de cumpleaños. Un paneo abrupto de varios tíos y primos, de su hermana Clara y el marido con una copa en mano, los padres de Élida brindando a cámara. Un corte y enseguida Gabriel, con sus seis años a punto de cumplir, la torta y las velitas encendidas, junto a una figura de Harry Potter con galera negra. El canto de feliz cumpleaños acompasado por palmas, y el niño que mira las velitas, inquieto, se diría que alerta, varias voces lo animan a soplarlas, hasta que él mira a un costado y pregunta: ¿no viene papá? El gesto de odio en Élida cuando corta el video para arrojarle la tablet al estómago. “¡Tomá!”, le escupe. “¡Esto es lo que le hacés a tu hijo!”.

 

Las gomas derraparon y el coche terminó fuera del camino, chocando contra unos arbustos. El golpe en la quijada contra el volante lo aturdió. Pudo desabrochar el cinturón de seguridad e instintivamente buscó la manija de la puerta, con mano torpe, desorientada. Trató de calmarse. Al parecer no hubo daño, se dijo. ¿No lo hubo? Sin saber por qué recordó ese día. Élida le había llevado unos dibujos que trazó esmeradamente con una regla T. Eran ideas, bosquejos que imaginó sobre el diseño de esa casita planeada en el country. Recordó el desdén con que la miraba, a ella y a esos papeles. ¿Acaso Élida creía ser mejor que el arquitecto? Era uno de los mejores, y bien pago, por cierto. Ella, que no había terminado su carrera en Arquitectura, cómo podía tener alguna idea siquiera coherente. Seguí participando, se burló, y ella se encerró en el dormitorio a llorar. Él siempre supo donde herir en lo profundo.

 

Cuando despertó aún estaba agarrado al volante, como resistiendo en sueños la mano que tiraba de su brazo y que terminó haciéndolo caer en el pasto. De inmediato una patada en las costillas lo despabiló. No alcanzó a preguntar qué pasaba cuando recibió una trompada en la cara, mientras otro de los hombres husmeaba dentro del coche. Los faros de la moto ennegrecían aún más la oscuridad del campo; los movimientos de esos dos motoqueros eran rápidos y dejaban a su paso una estela de sombras que no parecía propia de seres humanos, más bien de figuras fantasmales, o para horror de su mente, aniñada por cientos de viejas películas tenebrosas, demonios rurales que se alimentaban de los muertos ofrendados a la ruta. Hasta que uno de ellos encontró la billetera dentro de la guantera, y su grito de triunfo dio por terminada la batalla. Una nueva patada fue la despedida. Y pronto el estruendo del motor alejándose. Tardó en levantarse. Le dolía la cara. Supo que le sangraba el labio por el gusto salado que le entintaba la lengua. Al sentarse frente al volante sintió una punzada en un costado. Tanteó con los dedos una a una cada costilla bajo la camisa, hasta que, a su entender, no había nada roto. El dolor era muscular. Pensó que la había sacado barata, podían haberlo matado sin que su cadáver fuese descubierto hasta después de varios días. Hizo un control de daños. Le habían robado la billetera con todo su dinero más las tarjetas de débito y crédito. También desapareció su celular. La cédula verde permanecía en el parasol, pero no sería de gran utilidad frente a una requisitoria policial; su documento y el registro de conductor estaban en la billetera. Supo que radicar la denuncia en un destacamento significaría no poder seguir conduciendo hasta obtener los permisos. Y también que cualquier detención en un control policial, sin documentos que mostrar, haría que le secuestrasen el coche. Encendió el motor. Logró zafar de los arbustos y retomar la ruta.

 

La doble línea amarilla en el asfalto, esa prohibición de cambiar el carril en la proximidad de una curva o pendiente, ejercía sobre él un efecto casi hipnótico. No podía despegar la vista de la misma, como si necesitara de una barrera interna que lo previniera de traspasar el límite hacia la locura. Aunque no siempre lo lograba. Por momentos, en violentos pantallazos, revivía cada uno de los golpes que había recibido, en consonancia con el dolor de los impactos en cada herida de su cuerpo. Las imágenes empezaron a borronearse, ya no era los dos motoqueros que lo agredieron, sino él mismo empujando con toda su bronca a Gabriel, quien, con la fuerza de sus dieciocho años, devolvía cada empellón con más y más rabia, espetándolo por haber insultado a su madre. El clima en la casa se volvía insoportable. ¿Quién te creés que sos, mocoso de mierda, para enfrentarte a mí? ¡Soy tu padre! ¡Me debés respeto! A lo que el joven le retrucaba: ¡Y vos a mamá! Suspiró de alivio cuando ese desagradecido y su madre se fueron para siempre. Pero ahora estaba arrepentido. Quizás, si lo hubiera charlado con Gabriel. Quizás, si hubiera hecho terapia como le pedía Élida. Quizás, si hubiera pasado más tiempo en casa. Pero ya era tarde para eso. Gabriel lo había empujado con los dientes apretados, y eso lo enfureció aún más. Ejerció una fuerza inusitada para arremeter contra el joven, y demostrar que era él y no otro el macho alfa en la familia. Su hijo cayó de espaldas y golpeó la nuca contra el piso. Se asustó al verlo aturdido, pero no atinó a mover un músculo. Gabriel se incorporó lentamente y se retiró con dolor en la mirada. Pensó en llamarlo, en preguntarle si estaba bien, en decirle que lo lamentaba. Lo pensó, solo eso.

 

Amanecía cuando vio el cartel de bienvenida a Río Negro. Fue cuando cruzaba el puente sobre el río Colorado. Divisó a dos policías custodiando el lugar. Rápidamente, recogió el barbijo caído en el piso y se lo ajustó a la cara. Hacer la denuncia por el robo era su única opción, poco creíble teniendo en cuenta que debió haberlo hecho en cualquier pueblo de La Pampa. Sabía que le iban a requisar el coche hasta que estuvieran los papeles, así que decidió no frenar. Iría despacio hasta que intentaran detenerlo, y entonces oprimiría el acelerador a fondo. No le importaba que lo siguieran, o que dieran la orden de captura a alguna patrulla. Estaba obsesionado en no detener su marcha, no a esa escasa distancia que lo separaba de Catriel, porque si su hijo estaba agonizando, como había dicho Élida, si realmente eran sus últimos momentos de vida, necesitaba imperiosamente llegar a tiempo para verlo, para estar con él, para apoyar la mano en su hombro, para decirle tantas cosas que nunca le dijo, para buscar la manera de pedirle perdón. Los uniformados no se molestaron en detenerlo, incluso uno de ellos levantó la mano a modo de saludo, puede que aburrido. Pero él no se sintió afortunado. Pensó que Dios, o lo que fuere que gobernaba el universo, le estaba allanando el camino por alguna razón. Quizás, porque a Gabriel le quedaba poco tiempo.

 

Las manos húmedas pegadas a un volante que por momentos parecía hervir. El sol reflejado en el vidrio delantero y unos lentes oscuros que nunca aparecieron, por falta de voluntad para buscarlos. Fue devorando esa veintena de kilómetros a una velocidad que ni siquiera podía descifrar, con la mente en blanco, suspendida. Poco antes de alcanzar las edificaciones suburbanas de Catriel, detuvo la marcha y estacionó a un costado del camino, como si recién entonces tomara conciencia de que no tenía idea de lo que iba a hacer. La ráfaga de un camión circulando por la ruta hizo vibrar la estructura liviana del Volvo, luego dos coches más. Hablar con Élida, pensó. Debería hacerlo desde algún locutorio, si es que había uno en aquella ciudad. ¿Hablar? ¿Preguntar por el estado de Gabriel? ¿Pedirle desesperadamente que le diga dónde está internado? Ya imaginaba la respuesta: ¡Ahora te preocupás por él, ahora que se está muriendo! Recreaba cada tono, cada reproche de ella. Su furia contenida por años. Ella nunca le perdonaría aquella última noche, antes de que Gabriel y ella misma se marcharan para siempre, la forma en que le gritó, lo llamó vago de mierda, inservible, bolsa de papas, y todo por no estudiar lo que él hubiera deseado, ni de unirse a la agencia para trabajar con él, por perder la vida tocando su guitarra en la calle, por empeñarse en ser un don nadie, un fracasado, una vergüenza para el perfil de su padre.

 

La lata abierta de gaseosa, ya sin gas, tenía gusto a jarabe amargo. Abrió la guantera y tomó el sobre. Deseó que siguiera siendo el domicilio de Gabriel. El Volvo se adentró por una calle hasta llegar a lo que parecía ser el centro de la ciudad. La plaza, los árboles, las casas linderas, la zona comercial. Detuvo la marcha junto a la oficina de turismo, sin soltar el sobre. Una amable asesora le midió la temperatura con un aparatito y le roció alcohol en las manos, para luego lo orientarlo hacia uno de los barrios. Fue un breve trecho por distintas callejuelas, hasta frenar abruptamente frente a una casita. Pequeña, muy sobria, de tejas rojas algo descoloridas. Respiró profundo, varias veces. El cuerpo le temblaba. Pensó en Gabriel y se le anudó la garganta. Esperó unos minutos hasta rehacerse, bajó del coche. Se ajustó el barbijo y caminó hasta la puerta de la casa, con el sobre pegado en la mano, como un amuleto que lo protegería de la más aberrante de las evidencias. No había timbre. Le tomó algunos segundos animarse a golpear, suavemente, casi pidiendo permiso. El tiempo que siguió fue una eternidad. El estómago se le contrajo presagiando la tragedia. Tuvo miedo de encontrarse frente a Élida. Tuvo miedo de sus palabras. Su gesto crispado y su sonrisa amarga, diciéndole que llegaba tarde, que no le alcanzaron las bolas para despedirse de su hijo. Escuchó pasos detrás de la puerta. Sin saber por qué elevó la mano que estrujaba el sobre, y tardó varios segundos en volverla a su lugar. El ruido de la llave fue un sacudón, casi deseó que la puerta no se abriera nunca, tener todo el tiempo del mundo para escapar del lugar, pese a que hubiera sido imposible, las piernas no parecían responderle, eran dos estacas de madera que guarecían su sangre congelada. Cuando vio a la chica se sintió confuso. Era agradable. Sugería lindas facciones alrededor del fino barbijo rosa. Una mirada calma. Su delgadez, envuelta en ropa holgada, hacían evidente un embarazo propio de los últimos meses.

   Al principio un silencio incómodo por parte de ambos. El carraspeó, tuvo la sensación de que había equivocado la casa. Se disculpó y volvió a mirar la dirección en el sobre.

   -Es usted, ¿verdad? –adivinó ella-. El papá de Gabriel.

   Se imaginó a sí mismo, con sombra de barba y la fatiga sudándole en la cara. Asintió, dubitativo. Su respiración se hizo agitada, temió preguntar. No fue necesario.

   -Lo siento mucho -dijo ella, con los ojos húmedos.

   El tardó unos segundos en entender. Sus piernas se doblegaron y cayó de rodillas al piso. La joven se inclinó a socorrerlo, asustada-. ¡Vení! –gritó, hacia el interior del living.

   Cuando él vio la mano fuerte que asía su brazo, y el gesto preocupado de Gabriel, sintió que no quería pararse, sino permanecer así, sostenido por esa ilusión que parecía ser su hijo, negándose a despertar.

   -Vamos, papá, te ayudo.

   Se dejó incorporar, sin fuerzas para oponerse. Su cuerpo había envejecido en ese viaje.

   -Gabriel… -fue lo único que pudo articular.

   -¿Cómo te enteraste? –se intrigó el muchacho-. Iba a llamar para decírtelo, pero no hubo tiempo. Vos sabés, los trámites te vuelven loco. Hace cuatro días que murió, el lunes, y recién ayer la enterraron.

   -¿Enterraron? –Sacudió la cabeza, confuso-.  ¿A quién?

   Gabriel y la chica se miraron.

   -¿Cómo a quién? Por eso viniste, ¿no? A mamá.

   Fue como caer desde un precipicio, impactar el cuerpo contra un fondo de rocas. Fue estallar en pedazos que nunca volverían a unirse.

   -¿De… de qué estás hablando, Gabriel? –reaccionó-. ¿Cómo que murió? Élida no… es imposible.

   Gabriel dudó antes de dar detalles que podrían ser muy dolorosos. Ella intervino.

   -Tuvo un accidente… doméstico. Cayó de la escalera mientras limpiaba los ventanales. No sufrió nada. La muerte fue instantánea, es lo que nos dijeron en el hospital.

   Intentó dar un paso a ciegas, pero las piernas seguían sin responderle. Lo ayudaron a entrar y sentarse en un sillón.

   -Le traigo agua –dijo la chica.

   A Gabriel no se le ocurrió otra cosa que frotarle la espalda. Lo invadía un extraño sentimiento, de querer acercarse y no querer hacerlo.

   -¿Estás mejor, papá? Si te sentís mal llamo a la ambulancia.

   -No, no. Pasa que… Lo que decís es imposible. -Sintió que se ahogaba y se desprendió el barbijo-. Tu madre me llamó ayer, a la tarde.

   El muchacho meneó la cabeza.

   -Estás confundido.

   -Te digo que sí. Reconocí su número en mi celular, y su voz. Era ella. Ayer, creo.

   -Ayer la enterramos, papá. Y su celular lo tengo desde el accidente. Está sin batería. No salió ningún llamado de ahí.

   Miró con cierta pena a su padre, ese hombre al que una vez tanto temió. Ahora, impensadamente, lo veía sufrir. La boca entreabierta, carente de palabras. Los ojos llorosos, enrojecidos. ¿Será posible?, pensó. ¿Será posible que en verdad, de alguna manera, haya guardado algo de amor por mamá?

 

   Al otro día, una mañana ventosa de diciembre, siguió con su hijo el caminito de grava que habría de llevarlos a la tumba de Élida. Un modesto rectángulo de tierra y una placa provisoria con su nombre. Sólo llegaron ellos, ya que no eran permitidas más de dos personas por visita debido a las restricciones de la pandemia. Sendos ramos de flores. El primero en acercarse a la placa fue Gabriel. Colocó las flores dentro de una canaleta apenas húmeda y se deshizo del barbijo. Murmuró unas palabras apagadas por el viento. No fueron muchas, como si en los últimos días las hubiese pronunciado todas. Muy sentido, pronto se retiró para dejar lugar a su padre. Éste se acercó para depositar su ramo. En un principio no se atrevió a mirar la placa. Pensó en retirarse ya cumplido su homenaje, pero supo que era el momento de decirlo todo. No habría otra oportunidad. Y apoyó una rodilla sobre el césped. La vista del nombre de Élida y las fechas de ambos vértices de su vida le trajo el recuerdo de la fiesta de casamiento. La juventud de ella, su belleza. El vals de los novios y la torpeza de él con los pasos descosidos. La risa de Élida. La gota de vino tinto sobre su vestido blanco, derramada por el primo pasado de copas. Y de nuevo su risa. ¿Cuándo dejaste de reír, Élida?, pensó. ¿Cuándo te llené de amargura? Quizás fue Gabriel el que nos separó. Pero no por su culpa ni la tuya, sino la mía. Fui egoísta, bien que lo sé. Fui en extremo exigente con él. Y tu odio hacia mí no fue más que el reflejo de mi desprecio, mi frustración por aquel a quien yo debí amar con toda mi fuerza, en lugar de juzgarlo. Ahora entiendo tu amor doliente de madre.

   No dijo una sola palabra frente a la tumba. Lo que en verdad deseaba era mostrarle a ella lo mucho que había cambiado en esas pocas horas. No habría de preguntarse cómo llegó la voz de ella a su teléfono, decidió considerarlo el principio de un milagro. Habló largas horas con Gabriel la noche anterior, como nunca antes lo había hecho. Supo que manejaba un taxi y que tocaba con su grupo en casamientos, cumpleaños y bautismos. Y hasta en algunas fiestas municipales. Es lo que quería mostrarle a ella, que ahora estaba orgulloso de su hijo, que respetaba su propio camino, que le había pedido perdón y él fue capaz de comprenderlo. “Empezamos para la mierda, viejo”, le dijo Gabriel. “Pero ahora vamos para adelante”. Eso le dijo. Y ahora estaba feliz por recuperar a ese hijo al que recién empezaba a conocer, y sabía que ya nunca iba a alejarse de él, ni de su futuro nieto. No dijo una sola palabra. Sólo quería eso, mostrarle a ella.

 

Eduardo Goldman