VIKTOR Y
JOSEF
LA SOMBRA DE AUSCHWITZ
de Eduardo Goldman
UN CUARTO SIN MÁS MUEBLES QUE UN COLCHÓN EN EL PISO, UNA MESA PEQUEÑA. UNA
SILLA METÁLICAY UN CÓMODO SILLÓN. NO HAY ORNAMENTACIONES Y LA PINTURA ES GRIS,
ALGO DESCASCARADA. UN GRAN ESPEJO SOBRE UNA DE LAS PAREDES. UN PERCHERO DE PIE
SIN ROPA ALGUNA. UNA PUERTA A UN COSTADO QUE DA AL EXTERIOR. OTRA PUERTA AL
OTRO COSTADO (BAÑO).
ENTRA JOSEF CON PASOS AMPULOSOS, VESTIDO DE OFICIAL DE LAS SS. MUY ELEGANTE, BOTAS BRILLOSAS. LLEVA UNA CAPA. DETRÁS ENTRA EL CAPO, OBSERVÁNDOLO CON RESPETO Y CIERTO VAGO TEMOR. VESTIDO CON SUCIO UNIFORME A RAYAS. LLEVA EN UNO DE LOS BRAZOS UN BRAZALETE CON LA ESTRELLA DE DAVID.
JOSEF (MIRANDO ALREDEDOR) Sí, sí… Nada mal... Creo que es lo apropiado para él.
CAPO: Un palacio al lado del sucio barracón donde vive.
JOSEF LLEGA A LA PUERTA BAÑO. LA ABRE CON SU BOTA, CON CIERTO ASCO.
JOSEF: Hasta tiene baño privado. No podrá quejarse.
CAPO: ¿Quejarse? Comparte ese asqueroso retrete con una multitud de harapientos. ¡El olor a mierda se siente hasta en Varsovia!
JOSEF: ¿Te sientes en obligación de ser desagradable?
CAPO: Perdón, doctor.
JOSEF SIGUE EXAMINANDO EL LUGAR.
JOSEF: Estoy seguro de que aquí estará cómodo.
CAPO: Si me permite, doctor. Creo que es demasiado para una rata judía.
JOSEF: No sobreactúes, capo. Tú también eres una rata judía. Y si tienes algo de poder en este campo es porque te los dimos nosotros, hasta que decidamos quitártelo. Y ya sabes entonces dónde puedes ir a parar.
CAPO: (TEMEROSO, MIENTRAS TOMA LA CAPA QUE SE SACA JOSEF) Sí, sí… Lo sé, doctor. (LA CUELGA EN EL PERCHERO) Le aseguro que no volverá a ocurrir.
JOSEF: Eso espero, por tu bien.
GOLPECITOS EN LA PUERTA EXTERIOR.
CAPO: Ya lo traen.
JOSEF EXPECTANTE. CAPO ABRE LA PUERTA. ENTRA VIKTOR EMPUJADO POR ALGUIEN A QUIEN NO VEMOS. VIKTOR TIENE UN UNIFORME SUCIO A RAYAS Y UN BRAZALETE CON LA ESTRELLA AMARILLA.
JOSEF: (HACIA AFUERA) Pueden retirarse.
SE ESCUCHA UN “HEIL HITLER” Y UNA CHOCAR DE TACOS DESDE AFUERA. ENSEGUIDA PASOS QUE SE RETIRAN. CAPO CIERRA LA PUERTA. VIKTOR MIRA CONFUSO ALREDEDOR.
VIKTOR: ¿Qué es esto?
CAPO: ¡Tu nueva jaula de oro, sucio judío!
JOSEF REPROCHA A CAPO CON UN GESTO. MIRA A VIKTOR Y TRATA DE SER AMABLE.
JOSEF: En adelante vivirá aquí, lejos de esos inmundos barracones, llenos de barro y piojos. Ah… y a partir de ahora queda eximido de su trabajo en las vías del ferrocarril. Estará bajo mis exclusivas órdenes.
VIKTOR: Entiendo lo que significa eso, doctor Mengele. Pasaré a ser uno de esos cobayos sujetos a sus experimentos. ¿Qué hará conmigo? ¿Cortarme las manos para investigar cómo me rasco?
JOSEF: (RIE) De ninguna manera. No está aquí como rata de laboratorio. Sino como psiquiatra.
VIKTOR: ¿Cómo psiquiatra?
JOSEF: Y médico. Verá usted, respeto mucho a mis colegas médicos, aun si son judíos.
VIKTOR: Pensé que ya nada podía sorprenderme.
JOSEF: ¿Qué cosa?
VIKTOR: La vida. Sus vueltas impredecibles. O el destino que siempre se guarda una broma para jugarnos.
JOSEF: Si lo traduce al alemán quizás lo entienda.
VIKTOR: Hasta hace minutos era un despojo humano, blanco de insultos y golpes por parte de los SS y de los capos. Empezaba a sentirme poco menos que el excremento que desborda las letrinas. Pero ahora, en el sector más tenebroso de Auschwitz, vuelvo a ser médico.
JOSEF: ¿Tenebroso? ¿Lo llama tenebroso? Ay, doctor Frankl. Habla como si viviera en el medioevo. Lo que dirijo en este campo gitano es un centro de alta complejidad. Busco el mejoramiento de la raza alemana.
VIKTOR: Y para conseguirlo envía a judíos y gitanos a la hoguera. ¿Quién vive entonces en el medioevo?
JOSEF: Touché! (SEÑALA LA SILLA) ¿No va a sentarse, doctor? Por favor, póngase cómodo. En este cuarto no hay guardia ni prisionero. Usted es un prestigioso psiquiatra... y yo su paciente.
VIKTOR: ¿Mi paciente?
JOSEF: (SE MASAJEA LA BOCA DEL ESTOMAGO) Tengo una maldita dispepsia. Ni yo con todo mi conocimiento en las artes médicas, ni mis colegas en el campo ni los sucios monos judíos con título universitario han podido curármela.
VIKTOR: No entiendo por qué me eligió a mí. Debería ver a un especialista en el aparato digestivo.
JOSEF: Se lo acabo de decir, consulté a varios de ellos. Todos fracasaron y en recompensa les facilité el camino hacia la cámara de gas. Usted es un notable psiquiatra, con sus limitaciones de raza, claro. Mírelo de esta manera, dentro de estas paredes usted vuelve a tener nombre. Viktor Frankl. Ya no será más el prisionero 119.104 (SEÑALA LA SILLA) Pero vamos, siéntese.
VIKTOR VA LENTAMENTE HASTA LA SILLA Y QUEDA PARADO JUNTO A LA MISMA, INSEGURO. JOSEF DEJA SU GORRA DE OFICIAL SOBRE LA MESA Y EMPIEZA A SACARSE LOS GUANTES.
VIKTOR: Doctor Mengele... usted puede matarme cuando le plazca. Sólo su voluntad, que aún no ha sido afectada por el aburrimiento, me mantiene con vida.
JOSEF: No puedo decir que se equivoca.
VICTOR: Entonces sigo siendo prisionero. Puedo jugar al doctor, como usted pretende, pero siempre seré prisionero.
JOSEF: Veo que es difícil tratar con usted, no acepta las reglas que le impongo. O las mira desde el punto de vista en donde siempre tiene la razón. (LE TOMA EL BRAZO Y LO ELEVA EXHIBIENDO EL BRAZALETE CON LA ESTRELLA DE DAVID) ¿No es la manera judía de retorcer las cosas? ¿No es esa y no otra la esencia inmutable del judaísmo? (LE SUELTA EL BRAZO) Soy un ingenuo al esperar que usted cambie.
VIKTOR: Soy judío. Me hago acreedor a todo lo que usted atribuye como propio al judaísmo. Si ha de haber algún cambio no pasará por mi persona, sino por sus creencias.
JOSEF: (BOSTEZA) Ya siéntese. Y empecemos la… ¿cómo le llaman ustedes? Sesión, ¿verdad?
VIKTOR: Verdad. Pero… todavía ignoro qué quiere de mí.
JOSEF: Es psiquiatra, doctor Frankl. Debería saberlo. Quiero comprobar si el poder de las palabras opera sobre mi maldito estómago. (SE SIENTA EN EL SILLÓN) Empecemos de una vez. (MIRA SU RELOJ) La sesión de hoy durará sólo media hora. ¿No me pregunta por qué?
VIKTOR: (CANSADO) He aprendido a no adelantarme a los hechos. Si usted desea que yo conozca el motivo de su apuro me lo hará saber.
JOSEF: (LO MIRA) Debe creerme que admiro su temple, doctor Frankl. Por más que sea judío. Debe haber alguna mezcla aria en su sangre. ¿Está seguro de que ninguno de sus abuelos...?
VIKTOR: Le mentiría si le dijera que sí, y yo no miento. Es la mejor política con los alemanes.
JOSEF: (RIE) Es usted incorregible.
VIKTOR ¿Me permite ser honesto?
JOSEF: Ya lo dijo usted. Es la mejor política con los alemanes.
VIKTOR: No son las palabras sino la ignorancia sobre nosotros mismos lo que afecta nuestro cuerpo. Cuando no sabemos a dónde vamos, el estómago nos interroga en el único idioma que conoce.
JOSEF: (MOLESTO) ¿Insinúa que no sé a dónde voy? ¿Qué camino a tientas en la vida, cómo un ciego o un tonto?
VIKTOR: Lo dijo usted. Y le creo.
JOSEF: Está pisando un camino peligroso, doctor. No se imagina lo fácil que me resultaría enviarlo a las cámaras para que lo gaseen junto a cientos de hembras preñadas… y ancianos que lo ahogarían en vómito antes de quedar inmóviles, con las manos agarrotadas y los ojos vidriosos, como reprochando a un Dios que no tiene injerencia en Auschwitz.
VIKTOR: Lo sé muy bien, y no crea que me asusta. Lo que ha de ser, será.
JOSEF: Su fatalismo semita me exaspera.
VIKTOR: Ignoraba que el fatalismo fuera semita.
JOSEF: ¿Se burla usted?
VIKTOR: ¿Cree que estoy en posición de burlarme?
JOSEF: Empiezo a arrepentirme de haberlo traído. Debí adoptar algún otro tipo de terapia más útil que su fábrica de frases hechas. La jardinería quizás. Me las vería con jardineros... y no con un doctor loco diciéndome que no sé a dónde voy.
VIKTOR: (NO PUEDE CONTROLARSE) No me sorprende que hable de jardinería. Es lo que usted hace todo el tiempo, ¿verdad? Sólo que en vez de injertos vegetales realiza vivisecciones humanas. Cosecha de ojos... talamiento de carne...
JOSEF: (RIE) Sé que lo dice para levantarme el ánimo. Tiene razón, no debo olvidar que estoy viviendo un momento maravilloso. ¡Auschwitz es el lugar soñado para mis experimentos! ¡Tanto material humano a mi disposición! Bueno, tratándose de judíos y gitanos decir humano es un tanto exagerado. Pero en verdad son insustituibles como conejitos de Indias. ¡Todos los gemelos que pueda utilizar para descubrir el secreto de los nacimientos múltiples! ¿Se da cuenta de lo que puedo lograr con eso? ¡La creación de una poderosa raza aria para el Reich de los mil años!!!
VIKTOR: Disculpe si no me entusiasmo.
JOSEF: ¡El Führer va a reconocer mi trabajo! ¡Voy a ser un héroe para las generaciones venideras! Imagine... imagine un busto mío en cada Universidad de Medicina del planeta. El insigne doctor Josef Mengele. Ya lo verán. ¡Ahora sabrán realmente quién soy!
VIKTOR: ¿Quiénes?
JOSEF LO MIRA SORPRENDIDO.
VIKTOR: Dijo que ahora sabrán quién es usted. ¿A quiénes se refería?
JOSEF: (INCOMODO) No entiendo de qué me habla.
VIKTOR: Busca demostrar lo importante que llegó a ser. Probarle a quienes lo desvalorizaban que estaban equivocados. ¿Quiénes? ¿Sus amigos? ¿Alguna mujer? ¿Sus padres?
JOSEF SE LEVANTA, TURBADO. SE PASEA.
JOSEF: Es usted insolente. Y la insolencia debe ser castigada. ¿Recuerda cuando Moisés volvió del Monte Sinaí, con las tablas de la Ley? El pueblo, el mugroso pueblo se había entregado a la idolatría ofendiendo a su Dios. Fue entonces que Dios lo condenó a vagar cuarenta años por el desierto antes de encontrar la Tierra Prometida.
VIKTOR: Debo reconocer su certero conocimiento de la Biblia.
JOSEF: No necesito sus elogios.
VIKTOR: (SE INCORPORA) Ni creo que me necesite a mí.
JOSEF: ¿Qué significa eso?
VIKTOR: Que no pienso atenderlo.
JOSEF: Repito, ¿qué-significa-eso?
VIKTOR: Su dispepsia no puede ser otra cosa que un autocastigo impuesto por usted mismo. ¡Es una parte suya que no tolera sus propios actos criminales disfrazados de ciencia! ¡Esa dispepsia es lo único decente que queda en usted!
JOSEF: ¡Está firmando su sentencia de muerte!
VIKTOR: Lo sé. De aquí a la cámara de gas. Pero al menos moriré con dignidad. Esa dignidad que no pudieron arrancarme a fuerza de azotes y palazos, de hambre y de tormentos, de la degradación más terrible que pueda sufrir un ser humano. Envíeme a la cámara, marcharé hacia ella como los valerosos creyentes que entran entonando salmos para dar sentido a su martirio.
VIKTOR VA HACIA LA PUERTA.
VIKTOR: ¡Guardias! ¡Vengan por mí!
JOSEF: Vuelva aquí y siéntese.
VIKTOR: ¡La sesión ha terminado, doctor Mengele!
JOSEF: ¡Terminará cuando yo lo decida! ¡Dije que se sentara!
VIKTOR DUDA. HASTA QUE VUELVE A SU SILLA.
VIKTOR: ¿Y ahora qué?
JOSEF: (PAUSA) Hay más de un prisionero psiquiatra a mi disposición en este campo. ¿No siente curiosidad por saber qué me hizo elegirlo?
VIKTOR: Ignoro el motivo de su elección. Dudo que sea por haber leído alguno de mis artículos científicos.
JOSEF: No perdería un solo minuto en eso. Fue otra la razón. El involuntario servicio que usted me brindó. Sin saberlo, claro.
VIKTOR: ¿Yo? No sé de qué me habla.
JOSEF: Hace pocos días un capo lo oyó consolar a otro prisionero en la enfermería. Ardía de fiebre por el tifus. El pobre diablo estaba atormentado por la miserable existencia que venía padeciendo en el campo. Decía que Dios se había puesto en su contra, que debió haber salido de Hungría cuando se lo aconsejaban sus amigos. Lo torturaba no haberlo hecho, y a causa de eso haber caído en este infierno. El hombre siguió hablando y confesó que en su vida había sido un tipo cruel, que le pegaba a su esposa y a su hijo, sin poder evitarlo, que se dejaba dominar por la rabia que sentía por la más mínima contrariedad. Y que ahora se arrepentía de sus acciones. ¿Se acuerda?
VIKTOR: ¿Cómo no me
voy a acordar? Ese hombre vivía en dos infiernos. Su propia conciencia y
Auschwitz.
JOSEF: Usted lo
escuchó con envidiable paciencia, y cuando el hombre terminó su relato,
envuelto en lágrimas, le dijo que sus torturas en el campo podían servirle para
entender el sufrimiento de su esposa y su hijo, más aún, que si aprendía de
eso, al salir del campo podría cambiar su vida. Siendo más piadoso y tolerante.
Podría transformarse en una buena persona. Y que tal era el sentido que debía
darle a todo el sufrimiento que estaba padeciendo. El capo le contó esa conversación
a uno de mis asistentes, que me lo hizo saber.
VIKTOR: No entiendo
a qué viene todo esto.
JOSEF: A que usted,
indirectamente, me hizo comprender el sentido de mi propia vida. Es mucho más
que conquistar el mundo de la genética. De obtener honores, medallas al mérito.
La gloria de ser el médico número uno del Reich.
VIKTOR: Sigo sin
entender.
JOSEF: ¿No se da
cuenta? Se trata de castigar a los judíos por sus maldades. Lo que siempre
pensé. Ellos traicionaron a Alemania. Y el sufrimiento que causaron al pueblo
alemán justifica su exterminio. Ese es mi destino. Ser la espada de Dios, si me
permite la expresión.
VIKTOR: ¡Lo que
dice es una locura! ¡Acusar al judaísmo es el delirio de los nazis!
JOSEF: Se desdice a
sí mismo, doctor Frankl. Le dijo a ese judío que el campo era su justo castigo.
VIKTOR: Pero no por
ser judío, sino por ser un sádico, como usted.
JOSEF: ¿Se atreve a
compararme con esa rata piojosa?
VIKTOR: No podría
compararlo. Al menos él llegó a sentir culpa por sus acciones.
JOSEF: Ay, mi
querido Frankl. La culpa, la culpa, la culpa. ¡Un fatídico invento
judeocristiano! El Führer dice que no debe haber culpa donde impera la ley
natural, la del más fuerte. El débil debe ser exterminado para fortalecer la
raza. Manejarse por la culpa, o por la piedad, es una traición al pueblo alemán.
VIKTOR: Sé muy bien
lo que dice su Führer, y que ustedes obedecen al pie de la letra asesinando a
cuanto alemán se les ocurre diferente.
JOSEF: Ya basta de
discursos, doctor. Estamos perdiendo el tiempo. Mi tiempo. Voy a
explicarle por qué esta debe ser una sesión de... (MIRA SU RELOJ) veinte
minutos.
VIKTOR: Supongo que no
tengo más opción que escuchar.
JOSEF: No la tiene. ¡Y ya
deje de interrumpirme! (PAUSA) Ayer… cuando llegó el tren con miles de
prisioneros traídos de Hungría, me empeñé en buscar a una familia con las
siguientes características: debía haber un padre llamado Abraham con al menos
cuatro hijos... en donde el menor de
ellos se llamara Isaac. ¿Cree usted que los encontré?
VIKTOR: Se me hace difícil tanta exactitud. No, no creo que los haya
encontrado. (LO MIRA) Pero tampoco lo imagino a usted no consiguiendo lo que
desea.
JOSEF: Veo que me va conociendo. Correcto. Sólo encontré un hombre de unos cincuenta años, ropa de buena calidad, aunque ahora sucia y arrugada, algo barrigón a pesar de haber pasado cuatro días sin comer y abarrotado en un vagón de ganado. Imagine lo gordo y elegante que sería antes del viaje ese judío opulento. Pues bien, el hombre, en efecto admitió sin sospecha llamarse Abraham, y ante mi amable pedido reunió a toda su familia. Seis hijos, doctor. Seis. El más joven tenía doce años, ¡excelente!, aunque se llamaba Saúl. Bueno, nada es perfecto. Así que decidí que a partir de entonces el padre y todos sus hermanos lo llamaran Isaac. Los dejé con dos guardias que mataría de inmediato a cualquiera que no lo llamara Isaac. ¿Empieza a adivinar, doctor?
VIKTOR: Empiezo a estremecerme por un cruel presentimiento que no logro definir.
JOSEF: Ay, doctor. ¿Por qué los judíos leen tan poco su propia Biblia? ¿No recuerda el sacrificio de Isaac?
VIKTOR: Dios mío...
JOSEF: Pues bien, yo había decidido otorgar a un judío el honor de repetir aquella epopeya de sacrificar un hijo a su Señor, por mano propia. Y esta vez sin que ese ángel metido arruinara la fiesta.
VIKTOR: ¡Usted padece de una locura asesina!
JOSEF: No soy peor que los investigadores que sacrifican animales para probar un cosmético.
VIKTOR: ¡Pero acá hablamos de seres humanos!
JOSEF: Ese judío, atónito al principio, empezó a suplicar, a llorar, y fue necesario el culatazo de un guardia para hacerlo entrar en razón. ¿Sabe?, para mí se trataba de un experimento importante. Siempre me pregunté si en los genes israelitas sigue funcionando esa tendencia filicida que puede ser despertada por un estímulo externo, en este caso: yo.
VIKTOR: ¡Lo que usted propone nada tiene que ver con la ciencia! ¡Es un vulgar crimen!
JOSEF: No de mi parte, en este insólito caso, sino del gordo y otrora millonario judío, que pasaría las noches contándole a su esposa cuán bien le había ido en el negocio, antes de besar a cada uno de sus querubines al acostarse en una cama cómoda y mullida.
VIKTOR: Percibo algo de envidia en sus palabras. ¿Qué es? ¿La cómoda y mullida cama? ¿Acaso es lo que le faltó en la niñez?
JOSEF: (RIE) Disparo errado, doctor. Nací en cuna de oro. Mis padres eran los más acaudalados industriales de Günzburg, poseían una importante productora de maquinaria agrícola. Y le aseguro que mi cama era mucho más grande que la de esos bastarditos judíos.
VIKTOR: ¿Entonces qué envidiaba?
JOSEF: ¿Dije yo que envidiaba algo?
VIKTOR: El beso. Sí, el beso al acostarse. ¿Lo bendecían a usted con un beso en la noche?
JOSEF: (IRRITADO) Doctor Frankl... No... Prisionero 119.104. Está aquí para escucharme, no para imaginar. Puede volver al pelotón de trabajo si tanto le gusta. a congelarse las manos en la nieve colocando los rieles del ferrocarril.
VIKTOR: Jamás pedí salir de allí.
JOSEF: ¿Sabe cómo se ven los dedos antes de que deban amputárselos por congelamiento? Morados. El efecto de la sangre hecha hielo dentro de un cuerpo es le diría… casi artística, a veces impredecible. Cierta vez observé el cuerpo de un niño recién salido de la cámara de gas, cuya piel era azul. Era hermoso, me refiero al color no al niño. Azul. Tan azul como las camisas conque seduzco a cualquier mujer en este campo, sean guardias o prisioneras. ¿Alguna vez violó a una judía? No es muy apasionante que digamos. Ellas sólo abren sus piernas llenas de deseo, como si el hambre las poseyera. Creo que el olor a muerte que se desprende de esta tierra las excita hasta perder la cordura. Se dejan poseer toda la noche sabiendo que a la mañana siguiente habré de pegarles un tiro. Mi poder de seducción es más fuerte que el miedo a la muerte, lo que es decir, más fuerte que todo.
VIKTOR: (HORRORIZADO) Dios lo perdone.
JOSEF: ¿Dios? ¿Acaso no leyó el cartel en la entrada de este campo? Dios está con nosotros. Todo lo que hacemos es realizar el trabajo que nos encomendó. Limpiar la tierra de sus impurezas, de los apóstatas del templo, y así retornar al paraíso que Él creó para Adán y Eva. Esa es la grandiosa gesta a la que estoy dedicado, (BURLÓN) y usted… usted me viene con el beso que me negaron de niño.
VIKTOR: Sepa disculpar. No fue mi intención exponer su diminuta faz humana.
JOSEF: Me importa un bledo su intención. Son sus palabras lo que me interesan. De preocuparme por lo que las motivan debería aceptar que alguien existe detrás de ellas. Y un judío es precisamente nadie. El único alguien aquí soy yo.
VIKTOR: Y ese pobre hombre al que impone matar a su hijo.
JOSEF: Como le dije, se trata de un experimento científico.
VIKTOR: ¡No se atreva a llamarlo experimento! ¡Obliga a ese padre a cometer el acto más espantoso que cualquiera pueda imaginar! Usted es peor que un asesino. ¡Es… un monstruo!
JOSEF: ¿Un monstruo?
(SONRÍE) Todo lo que busco, doctor Frankl, es llevar conocimiento a la humanidad,
mejorar la vida de los alemanes. ¿Por qué no habría de servirme de los judíos?
VIKTOR:
(HORRORIZADO) Lo dice como si tan solo fueran ratas de laboratorio.
JOSEF: Todos los que
están aquí van a morir. Sea de tifus o en la cámara de gas. Sería un
desperdicio no aprovecharlos.
VIKTOR: ¿Usted escucha
lo que está diciendo? ¿Se da cuenta del grado de perversidad que entrañan sus
palabras?
JOSEF: ¿Qué hay de
malo en mis palabras? Hablo como científico.
VIKTOR: ¡Habla como
un nazi!
JOSEF: ¿Debo
tomarlo como un cumplido?
VIKTOR SE INCORPORA
DE GOLPE, VOLTEANDO LA SILLA.
VIKTOR: ¡Tómelo
como mi renuncia! ¡Saque su pistola y máteme si le place! ¡Pero no voy a
acceder a sus deseos!
JOSEF:
Tranquilícese, y levante la silla.
VIKTOR: ¡Alguien
tiene que decirle no! ¡Alguien tiene
que poner límite a tanta barbarie! ¡Los dejaron pasar en Renania, en Austria, en
Checoslovaquia! ¡Dejaron que mataran a los discapacitados, a los opositores políticos,
a los librepensadores! ¡Los vieron desatar un pogrom en la noche de los
cristales rotos! ¡Y el mundo no movió un dedo! ¡Pues yo les digo basta! ¡No van
a torcer mi voluntad! ¡Es lo único que me queda y juro por Dios que nunca va a
pertenecerles!
JOSEF LO MIRA,
SONRIE Y EMPIEZA A APLAUDIR LENTAMENTE, CON IRONIA.
JOSEF: Bravo. ¿Cómo
se llama la obra? ¿El discurso de un suicida?
VIKTOR: Ahórrese
las ironías. No desperdicie mi tiempo en esta vida. Ya saque su pistola y
acabemos con todo.
JOSEF: Sus deseos
son órdenes.
JOSEF SACA SU LUGER
Y LE APUNTA A LA CABEZA. SONRIE. JUEGA CON EL GATILLO. VIKTOR CIERRA LOS OJOS
ESPERANDO EL BALAZO.
JOSEF: ¿No le
asusta morir?
VIKTOR: No si con
eso doy significado a mi vida.
JOSEF: Ya veo.
(GUARDA EL ARMA, SONRIE) Acaba de brindarme la llave de cómo someterlo a mi
voluntad.
VIKTOR: (ABRE LOS
OJOS) Olvídelo. Elegir la muerte me hace un hombre libre. No hay manera en que
usted pueda cambiar eso.
JOSEF: Sí, la hay.
(SE ACERCA AL OIDO DE VIKTOR) No pretendo cambiar su voluntad, sino el… ¿cómo
dijo? Ah, sí. El significado de su vida.
VIKTOR: Explíquese.
JOSEF: Deberá usted
elegir entre salvar su dignidad o la vida de dos niños.
VIKTOR: ¿Cómo dice?
JOSEF: Son dos
gemelos. Los mantengo en un sector especial dedicado a los niños. Los trato bien,
los alimento más que bien, hasta les llevo dulces, ¿y sabe cómo me llaman?, tío
Josef. Quizás el tío amoroso que nunca tuvieron.
VIKTOR: La bondad
en usted no es más que una máscara deforme. ¿Qué planea hacer con ellos?
JOSEF: Darles un
lugar de privilegio en la ciencia médica. El de ayudarme a descubrir qué sucede
en los gemelos si se realiza un intercambio de órganos.
VIKTOR: (MUY TENSO)
Creo no entender.
JOSEF: Sencillo. Le
extraigo los ojos a uno y los trasplanto en el otro. Y viceversa, claro.
VIKTOR:
(HORRORIZADO) ¡No puede hacer eso!
JOSEF: Ya lo he
intentado antes. Por desgracia siempre algo sale mal y los niños quedan ciegos.
Entonces no me queda más remedio que matarlos, para que no sufran.
VIKTOR: ¡No puede
ser tan cruel! ¡No puede condenar así a esas criaturas!
JOSEF: Está en usted
salvarlas. En cambiar su destino trágico.
VIKTOR: Pero… ¿qué
puedo hacer yo?
JOSEF: Simplemente…
no rebelarse ante mis órdenes. Seguir con esta terapia, tal como estaba
planeado. Entonces enviaré a esos niños de vuelta con su madre, al sucio
barracón donde pertenecen.
VIKTOR: (DUDA)
¿Cómo sé que cumplirá su palabra?
JOSEF: No me
ofenda. Es la palabra de un oficial de las SS.
VIKTOR: Es lo que
me da miedo.
JOSEF: Tomo ese
comentario como una broma. Levante la silla y ocupe su puesto de una buena vez.
VIKTOR MIRA LA
SILLA EN EL PISO, ANGUSTIADO.
JOSEF: ¡Vamos! ¡Me
ha hecho perder demasiado tiempo con sus tonterías! (MIRA SU RELOJ) Ya ve,
deberé dejar el sacrificio de Isaac para mañana, durante mi almuerzo.
VIKTOR LEVANTA LA
SILLA Y SE SIENTA EN ELLA.
JOSEF: Muy bien.
Ahora dígame cómo seguimos.
VIKTOR: Le dejo el
mando a usted. No quiero romper su hábito de manejar las situaciones.
JOSEF: (SONRIE) De
acuerdo. (PAUSA) Debo felicitarlo, doctor Frankl. Su observación ha sido
brillante. Me refiero al conflicto que hay en mí.
VIKTOR: Sea más
claro.
JOSEF: Por un lado,
yo, el Hauptsturmführer Josef Mengele,
un patriota imbuido de idealismo nacionalsocialista. Y por otro, mi estúpido
estómago, que irrumpe para arruinarme los buenos momentos.
VIKTOR: Jn… ¿Buenos
momentos? ¿Se refiere a escoger ancianos y personas enfermas que bajan de los
trenes para enviarlos a la cámara de gas?
JOSEF: Por ejemplo.
En vez de hacerlo con alegría debo masajear disimuladamente mi panza. Y créame
que probé con cuanta pastilla me recetaron, sin resultado.
VIKTOR: Usted habló
de conflicto. Ya sabemos lo que el Hauptsturmführer
desea. ¿Y cuál sería el deseo de su estómago?
JOSEF: No lo sé,
para eso está usted aquí. Dígame qué opina.
VIKTOR: Bien. Es
fácil deducirlo. En un conflicto hay al menos dos posiciones opuestas. Por
tanto, si su máximo anhelo es asesinar alegremente a los judíos, por otro lado,
su estómago se opone a que lo haga. Y lo expresa en forma de dispepsia.
JOSEF: Pero... no
entiendo. ¿Por qué? ¿Qué tiene mi estómago contra mí?
VIKTOR: Doctor
Mengele… su estómago es usted mismo. Al menos una parte suya.
JOSEF: ¡De ninguna
manera puedo ser yo! ¡Hablamos de mi maldito estómago! ¡Juro que lo arrancaría
de mi cuerpo y lo enviaría derecho a la cámara de gas! Pero supongo que eso no
se puede.
VIKTOR: Los sonderkommandos que extraen los
cadáveres de las cámaras se sorprenderían al encontrar su estómago allí, abrazado
al destino de tantos judíos. Quién sabe, a lo mejor el pobre también es judío. (SOCARRÓN)
¿Nunca se tentó con una porción de gefilte fish?
JOSEF: (LE CLAVA LA
MIRADA, PALMEA SU CARTUCHERA) ¡Otro chiste igual y esa silla será lo último que
vea su culo! ¿Entendido?
VIKTOR: Usted se
hace entender muy bien.
JOSEF MEDITA UN
INSTANTE ANTES DE SEGUIR.
JOSEF: Se me ocurre
que mi dispepsia es un caballo de Troya que se ha colado en mi organismo. Si
puedo conocer su origen, si puedo localizar de dónde viene, estoy seguro de
poder neutralizarlo.
VIKTOR: Está bien,
aceptemos que sea así. Digamos que… son dos concepciones de mundo que se
enfrentan.
JOSEF: (INCREDULO)
¿Qué concepción de mundo puede tener un puto estómago?
VIKTOR: Es una
forma de decir. La molestia que siente representa una creencia que usted pudo
haber tenido a lo largo de su vida. Quizá, algo que le ha transmitido su padre.
JOSEF: Imposible.
Nunca tuve mucho contacto con él.
VIKTOR: ¿Y su
madre?
EL GESTO DE JOSEF
SE ABLANDA POR LOS TIERNOS RECUERDOS.
JOSEF: Siempre estuve
muy unido a ella. Era… hermosa. Muy severa, eso sí. Creo que de ella heredé la
firmeza de mi carácter.
VIKTOR: ¿Y qué más?
¿Le ha inculcado algún pensamiento que hoy se le hace perturbador?
JOSEF: ¿Cómo qué?
VIKTOR: Algo que le
resulta desagradable, repulsivo. Como ideas de amor por la humanidad, respeto a
las minorías.
JOSEF: (MOLESTO)
¡No ofenda la memoria de mi madre!
VIKTOR: ¿Algún
concepto religioso?
JOSEF: Bueno… ella
era una ferviente católica.
VIKTOR: ¿Y usted?
JOSEF: Lo soy,
claro.
VIKTOR: ¿Lo es? No
entiendo. ¿Se salteó la página donde Jesús predica amaos los unos a los otros?
JOSEF: Justamente.
A Jesús lo mataron los judíos.
VIKTOR: Dichosa la
amnesia nazi. Le recuerdo que Jesús mismo era rabino, y no lo mató el pueblo
judío sino el poder de turno, como sucede en la Alemania nacional socialista de
hoy.
JOSEF: ¿De veras
quiere que me trague eso?
VIKTOR: Cuando se
traga una verdad permanece en el interior para siempre. Su estómago es el
último reducto del cristianismo conque fue criado.
JOSEF: ¡Tonterías!
VIKTOR: (LO
ENFRENTA) Esa dispepsia es el testimonio de una presencia que usted no tolera
en su interior. Algo que usted ve como una debilidad. Y lo que usted odia en
ese judío ilusorio no es más que lo que usted odia en sí mismo: su propia debilidad.
JOSEF SE LEVANTA DE
GOLPE, FURIOSO.
JOSEF: ¡Basta! (SE
PASEA CON PASOS AMPULOSOS, BUSCANDO CALMARSE, HASTA QUE SE DETIENE FRENTE A
VIKTOR) ¿Débil yo? ¿Cómo se atreve? ¿Qué sabe usted de mí? (FURIOSO, SACA UNA
MEDALLA DEL BOLSILLO INTERIOR DE SU CHAQUETA Y SE LA ARROJA) ¡Tenga!
VIKTOR LA AGARRA Y
EXAMINA.
VIKTOR: ¿Qué es
esto?
JOSEF: ¿Acaso es
ciego? ¡La Cruz de Hierro! ¡Me fue otorgada por mi valentía luchando en el
frente ruso! ¡Y usted me llama débil!
VIKTOR: He visto
una medalla igual anteriormente. La exhibía con orgullo uno de mis vecinos
cuando vivía en Viena.
JOSEF: Sin duda un
héroe de guerra, como yo.
VIKTOR: No como
usted. Él era judío. (DEJA LA MEDALLA SOBRE LA MESA)
JOSEF PARECE
QUEDARSE SIN PALABRAS.
VIKTOR: Gregor,
creo que se llamaba. Hablo en pasado porque perdió un brazo por la explosión de
una mina, y supongo que fue gaseado en un campo como éste.
JOSEF: ¡La robó!
VIKTOR: ¿Perdón?
JOSEF: Ese judío.
Seguro que robó la medalla. (RECOGE LA MEDALLA Y SE LA GUARDA)
VIKTOR: ¿Cómo se le
ocurre semejante sandez?
JOSEF: Los judíos
son demasiado débiles para empuñar un arma. Debió robar la medalla a un
camarada caído, el verdadero héroe.
VIKTOR: Su
fanatismo lo enceguece. El mismo presidente Hindenburg reconoció la gran
cantidad de judíos que se enrolaron para defender a Alemania.
JOSEF: ¿Habla de
ese viejo moribundo? Deliraba, sin duda le lavaron el cerebro. (SACA SU
PISTOLA) Voy a probarle que lo que digo es cierto. (PONE EL ARMA SOBRE LA MESA)
¡Tómela!
VIKTOR: ¿Qué?
JOSEF: Lo que
escuchó. ¡Tome esa pistola!
VIKTOR: ¿Qué
pretende?
JOSEF: Lo que le
dije. Probar que usted no tiene agallas para tomar un arma.
VIKTOR MIRA EL ARMA
Y LUEGO A JOSEF.
VIKTOR: ¿Qué es
esto? ¿Uno más de sus experimentos?
JOSEF: Uno
experimenta para conocer un resultado. Acá el resultado no me despierta la
menor duda. Usted será el psiquiatra más prestigioso de Europa, pero carece de
valor para hacerse de mi Lüger.
VIKTOR: (PAUSA)
Aceptar su desafío sería una verdadera traición a mí mismo. No creo en el poder
de las armas. Y si tengo agallas… las demuestro aferrándome a mis valores.
JOSEF: (SONRIE)
Quizás le falte una motivación.
VIKTOR: Lo dudo.
JOSEF: Su esposa
también fue internada en Auschwitz, ¿verdad?
VIKTOR: (ANGUSTIADO)
¿Tilli? ¿Qué hay con ella? No la he visto desde entonces. ¿Sabe algo de ella?
JOSEF: Más de lo
que a usted le gustaría saber.
VIKTOR: ¿Qué dice?
JOSEF: Tilli,
bonito nombre. Y ella no estaba nada mal.
VIKTOR: ¿Estaba?
JOSEF: Por supuesto
la envié a la cámara de gas.
VIKTOR: Noooooooo…
(LLORA) Tilli… ¡Por Dios!
JOSEF: Pero antes…
antes la llevé a mi cama. Fue una velada encantadora. Hizo de todo para
convencerme que no la matara. Incluso se dejó colocar el caño de esa pistola en
la vagina. Gozó como nunca, me dijo.
PRESO DE LA FURIA,
VIKTOR TOMA EL ARMA Y LE APUNTA.
VIKTOR: ¡Maldito
loco! ¡Asesino!
JOSEF: Síiii… Ese
soy yo. Vamos, dispare. Atrévase a disparar. O no le dan los huevos para
hacerlo.
VIKTOR PARECE ESTAR
DISPUESTO A HACERLO. LE TIEMBLA LA MANO. ARROJA EL ARMA SOBRE LA MESA. JOSEF LA
RECOGE.
JOSEF: He probado
mi tesis. Los judíos son cobardes.
VIKTOR: (AGOTADO)
Se equivoca. Estuve a punto de matarlo como a una rata. Pero escuché la voz de
mi esposa, que me diría: No dejes que te convierta en asesino.
JOSEF: Interesante.
Antepone sus principios a la venganza. Aun sabiendo que yo le quité a su
esposa.
VIKTOR: ¡No me la
quitó!
JOSEF: (RIE) ¿Acaso
no escuchó bien? Yo violé a Tilli, y de postre la hice gasear.
VIKTOR: ¡Nunca
podrá quitármela! Porque la llevo aquí (SE GOLPEA EL CORAZÓN) ¡Y aquí! (SE
SEÑALA LA FRENTE) (CON DOLOR) ¡Siempre me acompañará, mientras yo viva!
JOSEF LE APUNTA CON
SU ARMA A LA CABEZA.
JOSEF: Usted lo
dijo, mientras viva. Si la tiene ahí dentro, con una bala voy a quitársela.
VIKTOR: Hágalo.
Será una bendición para mí. Métame el tiro que me enviará con ella.
JOSEF PARECE A
PUNTO DE DISPARAR. SONRIE, BAJA EL ARMA.
JOSEF: No hay caso.
Tiene una respuesta para todo. No le haré ese favor. No hasta que me cure del
estómago. (VA A GUARDAR EL ARMA. SE ARREPIENTE) Además… (DISPARA AL TECHO, EL
ARMA ESTÁ DESCARGADA) Me tomé la precaución de venir con el arma descargada.
(SACA EL CARGADOR DE SU BOLSILLO Y SE LO MUESTRA) ¿Lo ve? Y ahora vuelva a su
silla. (SE SIENTA EN EL SILLÓN MIENTRAS COLOCA EL CARGADOR EN LA PISTOLA,
VIKTOR PERMANECE DE PIE, PERDIDO EN SUS PENSAMIENTOS). Por si le consuela. No
maté a su esposa. Ni siquiera la conozco.
VIKTOR: (LO MIRA)
¿Qué está diciendo?
JOSEF: Odio que me
hagan repetir. Le dije que no maté a su esposa. Tampoco me acosté con ella.
Sólo quería enfurecerlo para ver si me disparaba.
VIKTOR: Entonces…
¿no la envió a la cámara de gas?
JOSEF ¡No!
VIKTOR: Quizás sí
lo hizo, aun sin conocerla. ¿O acaso sabe los nombres de sus víctimas?
JOSEF: Lo sé. Judíos.
Es el único nombre que existe para mí.
VIKTOR CAMINA
LENTAMENTE HACIA LA SILLA, SE VE AGOTADO. SE SIENTA, LO MIRA.
VIKTOR: Judíos. Algo
tan impersonal. Como si en vez de personas fueran un objeto.
JOSEF: Usted lo
dijo. Buena definición. Un objeto.
VIKTOR: (MONTANDO
EN CÓLERA) De los que usted puede disponer a su antojo. ¿Es el sentido de sus
actos? ¿Tener el control sobre ellos?
JOSEF: Supongo que
sí. Puedo hacer lo que se me antoja con ellos. Y eso me da un gran placer.
VIKTOR: O un alivio
JOSEF: ¿Qué quiere
decir con eso?
VIKTOR: ¿Alguna vez
lo atacó una mesa?
JOSEF: ¿Una mesa?
¿Se ha vuelto loco? ¿Qué dice?
VIKTOR: ¿O una
silla, un escritorio, o un simple florero?
JOSEF: ¿Se está
burlando de mí?
VIKTOR: Quizás
busca controlar solo aquello que teme.
JOSEF: ¿Yo? ¿Temer?
¿A quién? ¿A los judíos? (RIE) Que cosa más absurda.
VIKTOR: ¿Y a qué le
tiene miedo?
JOSEF: ¡A nada!
¡Soy un oficial SS! ¡No le temo ni a la muerte! ¡Y mucho menos a una rata judía
como usted!
VIKTOR: Pero cuando
me entregó su arma, temió que yo apretara el gatillo, ¿verdad?
JOSEF: Ya se lo
dije. Sabía que no tendría las agallas para hacerlo.
VIKTOR: Entonces,
¿por qué le sacó el cargador a la pistola?
JOSEF: (CONFUSO)
¿Qué dice?
VIKTOR: Si estaba
tan seguro de que las ratas judías no se atreverían a disparar, ¿por qué me dio
un arma descargada?
JOSEF: Bueno…Yo…
Siempre puede dispararse por accidente.
VIKTOR: O sea que le
teme a los accidentes.
JOSEF: Esta charla
no nos lleva a nada.
VIKTOR: Dijo que su
madre era muy severa con usted.
JOSEF: ¡No meta a
mi madre en esto!
VIKTOR: ¿Qué pasaba
cuando usted no cumplía sus expectativas? ¿Se enojaba? ¿Le gritaba o
simplemente lo desdeñaba?
JOSEF: ¡Basta!
VIKTOR: ¿A eso le
temía usted? ¿A su exigencia?
JOSEF: ¡No! ¡Era yo
mismo quien me exigía! ¡Y por eso fui un alumno brillante! ¡Y me gradué de
médico con honores! ¡Y me gané varias medallas en el frente! ¡Fue mi propia
exigencia! (BURLON) ¡No el temor a mi madre!
VIKTOR: La auto
exigencia es la hija del miedo.
JOSEF: ¡Ya basta de
frases baratas! ¡Ella me exigió, ¿y qué?! ¡Le estoy muy agradecido! ¡Todo lo
que hizo fue por amor! ¡Buscó sacar lo mejor de mí!
VIKTOR: ¿Y lo mejor
de usted es asesinar personas?
JOSEF, FURIOSO,
SACA EL ARMA. LE APUNTA.
JOSEF: (FUERA DE
SÍ) ¡Sí! ¡Soy asesino! ¡Mato para purificar la raza! ¡Extermino las plagas que desde
hace siglos corroen a mi pueblo! ¡Y usted es una de esas plagas!
VIKTOR: El arma en
su mano apenas puede encubrir a ese niño asustado que lleva dentro. Pobre
Josef. Su madre lo privó de una infancia libre y feliz. Ni siquiera contaba con
un padre que lo protegiera de ella.
LA MANO QUE
SOSTIENE LA PISTOLA EMPIEZA A TEMBLAR.
JOSEF: (ANGUSTIADO)
¡Ya cállese! ¡Está pidiendo a gritos un balazo!
VIKTOR: Acepte su
miedo. Vamos, Josef. Usted es cristiano. Recuerde a Jesús. La verdad os hará libres.
JOSEF: ¡Cállese!
¡Cállese! ¡Cállese!
EMPIEZA A SONAR UNA
SIRENA QUE VIENE DE AFUERA.
JOSEF: ¿Qué es eso?
VIKTOR: (CALMO)
Debiera saberlo. Otro bombardeo de los Aliados.
JOSEF: (SE PARA, SU
VISTA RECORRE EL TECHO, MUY ASUSTADO) ¿Otro… bombardeo? ¿Está seguro?
VIKTOR: (SE PARA,
MIRA AL TECHO, EUFORICO) ¡Estaba esperando que volvieran! ¡Vienen a destruir
Auschwitz-Birkenau! ¡Vienen a terminar con este infierno!
SE ESCUCHA LAS
EXPLOSIONES.
JOSEF: ¡Nooooo!
JOSEF SE TAPA LOS
OIDOS AUN SIN SOLTAR EL ARMA.
VIKTOR: Ahhhh… ¡El
bello sonido de las explosiones! ¡Cada bomba es una llave que abre las puertas
de esta prisión! (MIRA A JOSEF) ¿Qué pasa? ¿Siente miedo, pequeño Josef? ¿Se
parecen los estruendos a los gritos de su madre?
JOSEF: ¡Cierre su
maldita boca! (CORRE HACIA LA PUERTA Y EN EL CAMINO SE LE CAE EL ARMA) ¡Tengo
que salir de aquí! (TRATA DE ABRIR, PERO ESTA CON LLAVE. GOLPEA. GRITA)
¡Guardias! ¡Abran, guardias! ¡Es una orden! ¡Abran!
VIKTOR: No lo
escuchan. Los superhombres deben estar escondidos, tan asustados como usted.
JOSEF VUELVE A
TAPARSE LOS OIDOS.
JOSEF: ¡Basta!
¡Basta! ¡Basta!
CAE AL SUELO DE
RODILLAS Y SE PONE A LLORAR. VIKTOR LO MIRA CON PENA. SE ACERCA Y AMAGA
AGACHARSE JUNTO A ÉL, PERO SE FRENA. EL BOMBARDEO SE DETIENE ABRUPTAMENTE.
JOSEF NO PARA DE LLORAR. VIKTOR NO SABE QUE HACER, LUCHA CONTRA SI MISMO.
FINALMENTE COLOCA SU MANO SOBRE LA ESPALDA DE JOSEF.
VIKTOR:
(CONSOLANDO) Ya… Ya…
JOSEF DEJA DE
LLORAR. LO MIRA, CON DOLOR.
JOSEF: Ah, es
usted. (SE SECA LAS LAGRIMAS) Por un momento pensé que…
VIKTOR: (PAUSA)
¿Que era su padre?
JOSEF SE INCORPORA
CON DIFICULTAD, VIKTOR LO AYUDA. JOSEF QUIERE CAMINAR, PERO SUS PIERNAS PARECEN
DEBILES Y DEBE APOYARSE EN VIKTOR. SE ABRE LA PUERTA Y ENTRA CAPO, QUE LOS MIRA
PREOCUPADO.
CAPO: Doctor
Mengele… ¿Se encuentra bien?
JOSEF: Necesito
descansar. Quiero ir a mi cuarto.
CAPO: Sí, doctor.
Los guardias lo esperan para escoltarlo.
JOSEF: No. Que el
doctor Frankl me acompañe. Sólo él.
CAPO: (MIRA A UNO Y
A OTRO) Como ordene, doctor.
CAPO DEJA PASAR A
JOSEF AUN SOSTENIDO POR VIKTOR. EN CUANTO ESTOS SALEN, CAPO SE DISTIENDE.
RECOJE EL ARMA DEL PISO Y LA EXAMINA SONRIENDO. SUENA UN CELULAR. CAPO LO
EXTRAE DEL INTERIOR DE SU UNIFORME DE PRISIONERO, MIRA LA PANTALLA Y ATIENDE.
CAPO: Hola, doctor
Munchen. (SONRÍE, SE ACOMODA EN EL SILLÓN) Muy bien… Justamente pensaba en
usted, tengo en mis manos la réplica de Lüger que me prestó, parece un arma en
serio. (RIE) Sí, de veras asusta. (PAUSITA) Ah, ¿no se lo aclaró el doctor Leclerc?
Le explico. El paciente se llama Isaías Goldberg, y en su delirio cree ser el
famoso criminal nazi, Mengele. (PAUSA) Así es, lo llamativo es que Goldberg es
judío. Creemos que es un cuadro de esquizofrenia y síndrome de Estocolmo.
(PAUSITA) Ni la terapia convencional ni las drogas resultaron, así que el
doctor Leclerc optó por dramatizar el propio delirio de Goldberg, asumiendo él
mismo el papel del psiquiatra Viktor Frankl, quien realmente fue prisionero en
Auschwitz. (PAUSA) Sí, créame. Este experimento está dando resultados
asombrosos, el doctor Leclerc ha llegado al nudo del miedo infantil de
Goldberg. Yo mismo lo observé desde el falso espejo. Hasta tuvimos que apelar a
la grabación de un bombardeo. Fue espectacular. (PAUSA) No se preocupe. Todos
los detalles los expondrá el doctor en el simposio. (PAUSITA) Cómo no. Le digo
que usted lo llamó. Hasta pronto. (CORTA)
SE ABRE LA PUERTA Y
ENTRA VIKTOR.
VIKTOR: (EXHAUSTO, A
CAPO) Lo dejé en su cuarto.
CAPO: (SE INCORPORA) ¡Brillante lo de hoy! Es lo que
comentó el doctor Munchen cuando lo llamó.
VIKTOR: (SUMIDO EN SUS PENSAMIENTOS) Se derrumbó en el
sueño aun pensando que yo era su padre.
CAPO: Doctor…
VIKTOR: Qué frágil y voluble es la mente humana. (CAMINA
HASTA LA MESA) Me pregunto si la ausencia del amor paterno se halla detrás de
toda elección de vida, esa decisión crucial de lo que uno termina siendo el
resto de su existencia. (TOMA LA GORRA DE JOSEF Y LA EXAMINA) ¿Cómo puede un
mismo origen resultar en un hombre temeroso de Dios, en un psiquiatra actuando
como el padre que nunca tuvo, o en un psicópata sanguinario como Mengele? (DEJA
LA GORRA EN LA MESA)
CAPO: Doctor Leclerc… le decía que lo llamó Munchen. Dejó
dicho que lo llamara.
VIKTOR: (CONFUSO) ¿De qué habla? ¿Quién es Munchen?
CAPO: (DIVERTIDO) Ay, doctor Leclerc. No me diga que
olvidó el nombre de su socio en la clínica.
VIKTOR: ¡Ya basta
de querer volverme loco! ¡Usted es tan enfermo como su amo! Y ya no quiero
atender a Mengele, me hace mal. Le diré a los guardias que me devuelvan a mi
barracón.
CAPO LO MIRA PASMADO.
Y ANTES DE QUE VIKTOR SALGA DEL CUARTO.
CAPO: Espere… ¿A
dónde va, doctor Leclerc?
VIKTOR SE DETIENE
PARA LANZARLE UNA MIRADA FILOSA.
VIKTOR: ¡Ya deje de
llamarme Leclerc, capo! ¡Mi nombre es Frankl! ¡Viktor Frankl!
VIKTOR SE VA. CAPO
SE DERRUMBA EN EL SILLON, HORRORIZADO.
FIN