martes, 11 de marzo de 2025

VIKTOR Y JOSEF

VIKTOR Y JOSEF

LA SOMBRA DE AUSCHWITZ

de Eduardo Goldman

  

UN CUARTO SIN MÁS MUEBLES QUE UN COLCHÓN EN EL PISO, UNA MESA PEQUEÑA. UNA SILLA METÁLICAY UN CÓMODO SILLÓN. NO HAY ORNAMENTACIONES Y LA PINTURA ES GRIS, ALGO DESCASCARADA. UN GRAN ESPEJO SOBRE UNA DE LAS PAREDES. UN PERCHERO DE PIE SIN ROPA ALGUNA. UNA PUERTA A UN COSTADO QUE DA AL EXTERIOR. OTRA PUERTA AL OTRO COSTADO (BAÑO).

ENTRA JOSEF CON PASOS AMPULOSOS, VESTIDO DE OFICIAL DE LAS SS. MUY ELEGANTE, BOTAS BRILLOSAS. LLEVA UNA CAPA. DETRÁS ENTRA EL CAPO, OBSERVÁNDOLO CON RESPETO Y CIERTO VAGO TEMOR. VESTIDO CON SUCIO UNIFORME A RAYAS. LLEVA EN UNO DE LOS BRAZOS UN BRAZALETE CON LA ESTRELLA DE DAVID.

JOSEF (MIRANDO ALREDEDOR) Sí, sí… Nada mal... Creo que es lo apropiado para él.

CAPO: Un palacio al lado del sucio barracón donde vive.

JOSEF LLEGA A LA PUERTA BAÑO. LA ABRE CON SU BOTA, CON CIERTO ASCO.

JOSEF: Hasta tiene baño privado. No podrá quejarse.

CAPO: ¿Quejarse? Comparte ese asqueroso retrete con una multitud de harapientos. ¡El olor a mierda se siente hasta en Varsovia!

JOSEF: ¿Te sientes en obligación de ser desagradable?

CAPO: Perdón, doctor.

JOSEF SIGUE EXAMINANDO EL LUGAR.

JOSEF: Estoy seguro de que aquí estará cómodo.

CAPO: Si me permite, doctor. Creo que es demasiado para una rata judía.

JOSEF: No sobreactúes, capo. Tú también eres una rata judía. Y si tienes algo de poder en este campo es porque te los dimos nosotros, hasta que decidamos quitártelo. Y ya sabes entonces dónde puedes ir a parar.

CAPO: (TEMEROSO, MIENTRAS TOMA LA CAPA QUE SE SACA JOSEF) Sí, sí… Lo sé, doctor. (LA CUELGA EN EL PERCHERO) Le aseguro que no volverá a ocurrir.

JOSEF: Eso espero, por tu bien.

GOLPECITOS EN LA PUERTA EXTERIOR.

CAPO: Ya lo traen.

JOSEF EXPECTANTE. CAPO ABRE LA PUERTA. ENTRA VIKTOR EMPUJADO POR ALGUIEN A QUIEN NO VEMOS. VIKTOR TIENE UN UNIFORME SUCIO A RAYAS Y UN BRAZALETE CON LA ESTRELLA AMARILLA.

JOSEF: (HACIA AFUERA) Pueden retirarse.

SE ESCUCHA UN “HEIL HITLER” Y UNA CHOCAR DE TACOS DESDE AFUERA. ENSEGUIDA PASOS QUE SE RETIRAN. CAPO CIERRA LA PUERTA. VIKTOR MIRA CONFUSO ALREDEDOR.

VIKTOR: ¿Qué es esto?

CAPO: ¡Tu nueva jaula de oro, sucio judío!

JOSEF REPROCHA A CAPO CON UN GESTO. MIRA A VIKTOR Y TRATA DE SER AMABLE.

JOSEF: En adelante vivirá aquí, lejos de esos inmundos barracones, llenos de barro y piojos. Ah… y a partir de ahora queda eximido de su trabajo en las vías del ferrocarril. Estará bajo mis exclusivas órdenes.

VIKTOR: Entiendo lo que significa eso, doctor Mengele. Pasaré a ser uno de esos cobayos sujetos a sus experimentos. ¿Qué hará conmigo? ¿Cortarme las manos para investigar cómo me rasco?

JOSEF: (RIE) De ninguna manera. No está aquí como rata de laboratorio. Sino como psiquiatra.

VIKTOR: ¿Cómo psiquiatra?

JOSEF: Y médico. Verá usted, respeto mucho a mis colegas médicos, aun si son judíos.

VIKTOR: Pensé que ya nada podía sorprenderme.

JOSEF: ¿Qué cosa?

VIKTOR: La vida. Sus vueltas impredecibles. O el destino que siempre se guarda una broma para jugarnos.

JOSEF: Si lo traduce al alemán quizás lo entienda.

VIKTOR: Hasta hace minutos era un despojo humano, blanco de insultos y golpes por parte de los SS y de los capos. Empezaba a sentirme poco menos que el excremento que desborda las letrinas. Pero ahora, en el sector más tenebroso de Auschwitz, vuelvo a ser médico.

JOSEF: ¿Tenebroso? ¿Lo llama tenebroso? Ay, doctor Frankl. Habla como si viviera en el medioevo. Lo que dirijo en este campo gitano es un centro de alta complejidad. Busco el mejoramiento de la raza alemana.

VIKTOR: Y para conseguirlo envía a judíos y gitanos a la hoguera. ¿Quién vive entonces en el medioevo?

JOSEF: Touché! (SEÑALA LA SILLA) ¿No va a sentarse, doctor? Por favor, póngase cómodo. En este cuarto no hay guardia ni prisionero. Usted es un prestigioso psiquiatra... y yo su paciente.

VIKTOR: ¿Mi paciente?

JOSEF: (SE MASAJEA LA BOCA DEL ESTOMAGO) Tengo una maldita dispepsia. Ni yo con todo mi conocimiento en las artes médicas, ni mis colegas en el campo ni los sucios monos judíos con título universitario han podido curármela.

VIKTOR: No entiendo por qué me eligió a mí. Debería ver a un especialista en el aparato digestivo.

JOSEF: Se lo acabo de decir, consulté a varios de ellos. Todos fracasaron y en recompensa les facilité el camino hacia la cámara de gas. Usted es un notable psiquiatra, con sus limitaciones de raza, claro. Mírelo de esta manera, dentro de estas paredes usted vuelve a tener nombre. Viktor Frankl. Ya no será más el prisionero 119.104 (SEÑALA LA SILLA) Pero vamos, siéntese.

VIKTOR VA LENTAMENTE HASTA LA SILLA Y QUEDA PARADO JUNTO A LA MISMA, INSEGURO. JOSEF DEJA SU GORRA DE OFICIAL SOBRE LA MESA Y EMPIEZA A SACARSE LOS GUANTES.

VIKTOR: Doctor Mengele... usted puede matarme cuando le plazca. Sólo su voluntad, que aún no ha sido afectada por el aburrimiento, me mantiene con vida.

JOSEF: No puedo decir que se equivoca.

VICTOR: Entonces sigo siendo prisionero. Puedo jugar al doctor, como usted pretende, pero siempre seré prisionero.

JOSEF: Veo que es difícil tratar con usted, no acepta las reglas que le impongo. O las mira desde el punto de vista en donde siempre tiene la razón. (LE TOMA EL BRAZO Y LO ELEVA EXHIBIENDO EL BRAZALETE CON LA ESTRELLA DE DAVID) ¿No es la manera judía de retorcer las cosas? ¿No es esa y no otra la esencia inmutable del judaísmo? (LE SUELTA EL BRAZO) Soy un ingenuo al esperar que usted cambie.

VIKTOR: Soy judío. Me hago acreedor a todo lo que usted atribuye como propio al judaísmo. Si ha de haber algún cambio no pasará por mi persona, sino por sus creencias.

JOSEF: (BOSTEZA) Ya siéntese. Y empecemos la… ¿cómo le llaman ustedes? Sesión, ¿verdad?

VIKTOR: Verdad. Pero… todavía ignoro qué quiere de mí.

JOSEF: Es psiquiatra, doctor Frankl. Debería saberlo. Quiero comprobar si el poder de las palabras opera sobre mi maldito estómago. (SE SIENTA EN EL SILLÓN) Empecemos de una vez. (MIRA SU RELOJ) La sesión de hoy durará sólo media hora. ¿No me pregunta por qué?

VIKTOR: (CANSADO) He aprendido a no adelantarme a los hechos. Si usted desea que yo conozca el motivo de su apuro me lo hará saber.

JOSEF: (LO MIRA) Debe creerme que admiro su temple, doctor Frankl. Por más que sea judío. Debe haber alguna mezcla aria en su sangre. ¿Está seguro de que ninguno de sus abuelos...?

VIKTOR: Le mentiría si le dijera que sí, y yo no miento. Es la mejor política con los alemanes.

JOSEF: (RIE) Es usted incorregible.

VIKTOR ¿Me permite ser honesto?

JOSEF: Ya lo dijo usted. Es la mejor política con los alemanes.

VIKTOR: No son las palabras sino la ignorancia sobre nosotros mismos lo que afecta nuestro cuerpo. Cuando no sabemos a dónde vamos, el estómago nos interroga en el único idioma que conoce.

JOSEF: (MOLESTO) ¿Insinúa que no sé a dónde voy? ¿Qué camino a tientas en la vida, cómo un ciego o un tonto?

VIKTOR: Lo dijo usted. Y le creo.

JOSEF: Está pisando un camino peligroso, doctor. No se imagina lo fácil que me resultaría enviarlo a las cámaras para que lo gaseen junto a cientos de hembras preñadas… y ancianos que lo ahogarían en vómito antes de quedar inmóviles, con las manos agarrotadas y los ojos vidriosos, como reprochando a un Dios que no tiene injerencia en Auschwitz.

VIKTOR: Lo sé muy bien, y no crea que me asusta. Lo que ha de ser, será.

JOSEF: Su fatalismo semita me exaspera.

VIKTOR: Ignoraba que el fatalismo fuera semita.

JOSEF: ¿Se burla usted?

VIKTOR: ¿Cree que estoy en posición de burlarme?

JOSEF: Empiezo a arrepentirme de haberlo traído. Debí adoptar algún otro tipo de terapia más útil que su fábrica de frases hechas. La jardinería quizás. Me las vería con jardineros... y no con un doctor loco diciéndome que no sé a dónde voy.

VIKTOR: (NO PUEDE CONTROLARSE) No me sorprende que hable de jardinería. Es lo que usted hace todo el tiempo, ¿verdad? Sólo que en vez de injertos vegetales realiza vivisecciones humanas. Cosecha de ojos... talamiento de carne...

JOSEF: (RIE) Sé que lo dice para levantarme el ánimo. Tiene razón, no debo olvidar que estoy viviendo un momento maravilloso. ¡Auschwitz es el lugar soñado para mis experimentos! ¡Tanto material humano a mi disposición! Bueno, tratándose de judíos y gitanos decir humano es un tanto exagerado. Pero en verdad son insustituibles como conejitos de Indias. ¡Todos los gemelos que pueda utilizar para descubrir el secreto de los nacimientos múltiples! ¿Se da cuenta de lo que puedo lograr con eso? ¡La creación de una poderosa raza aria para el Reich de los mil años!!!

VIKTOR: Disculpe si no me entusiasmo.

JOSEF: ¡El Führer va a reconocer mi trabajo! ¡Voy a ser un héroe para las generaciones venideras! Imagine... imagine un busto mío en cada Universidad de Medicina del planeta. El insigne doctor Josef Mengele. Ya lo verán. ¡Ahora sabrán realmente quién soy!

VIKTOR: ¿Quiénes?

JOSEF LO MIRA SORPRENDIDO.

VIKTOR: Dijo que ahora sabrán quién es usted. ¿A quiénes se refería?

JOSEF: (INCOMODO) No entiendo de qué me habla.

VIKTOR: Busca demostrar lo importante que llegó a ser. Probarle a quienes lo desvalorizaban que estaban equivocados. ¿Quiénes? ¿Sus amigos? ¿Alguna mujer? ¿Sus padres?

JOSEF SE LEVANTA, TURBADO. SE PASEA.

JOSEF: Es usted insolente. Y la insolencia debe ser castigada. ¿Recuerda cuando Moisés volvió del Monte Sinaí, con las tablas de la Ley? El pueblo, el mugroso pueblo se había entregado a la idolatría ofendiendo a su Dios. Fue entonces que Dios lo condenó a vagar cuarenta años por el desierto antes de encontrar la Tierra Prometida.

VIKTOR: Debo reconocer su certero conocimiento de la Biblia.

JOSEF: No necesito sus elogios.

VIKTOR: (SE INCORPORA) Ni creo que me necesite a mí.

JOSEF: ¿Qué significa eso?

VIKTOR: Que no pienso atenderlo.

JOSEF: Repito, ¿qué-significa-eso?

VIKTOR: Su dispepsia no puede ser otra cosa que un autocastigo impuesto por usted mismo. ¡Es una parte suya que no tolera sus propios actos criminales disfrazados de ciencia! ¡Esa dispepsia es lo único decente que queda en usted!

JOSEF: ¡Está firmando su sentencia de muerte!

VIKTOR: Lo sé. De aquí a la cámara de gas. Pero al menos moriré con dignidad. Esa dignidad que no pudieron arrancarme a fuerza de azotes y palazos, de hambre y de tormentos, de la degradación más terrible que pueda sufrir un ser humano. Envíeme a la cámara, marcharé hacia ella como los valerosos creyentes que entran entonando salmos para dar sentido a su martirio.

VIKTOR VA HACIA LA PUERTA.

VIKTOR: ¡Guardias! ¡Vengan por mí!

JOSEF: Vuelva aquí y siéntese.

VIKTOR: ¡La sesión ha terminado, doctor Mengele!

JOSEF: ¡Terminará cuando yo lo decida! ¡Dije que se sentara!

VIKTOR DUDA. HASTA QUE VUELVE A SU SILLA.

VIKTOR: ¿Y ahora qué?

JOSEF: (PAUSA) Hay más de un prisionero psiquiatra a mi disposición en este campo. ¿No siente curiosidad por saber qué me hizo elegirlo?

VIKTOR: Ignoro el motivo de su elección. Dudo que sea por haber leído alguno de mis artículos científicos.

JOSEF: No perdería un solo minuto en eso. Fue otra la razón. El involuntario servicio que usted me brindó. Sin saberlo, claro.

VIKTOR: ¿Yo? No sé de qué me habla.

JOSEF: Hace pocos días un capo lo oyó consolar a otro prisionero en la enfermería. Ardía de fiebre por el tifus. El pobre diablo estaba atormentado por la miserable existencia que venía padeciendo en el campo. Decía que Dios se había puesto en su contra, que debió haber salido de Hungría cuando se lo aconsejaban sus amigos. Lo torturaba no haberlo hecho, y a causa de eso haber caído en este infierno. El hombre siguió hablando y confesó que en su vida había sido un tipo cruel, que le pegaba a su esposa y a su hijo, sin poder evitarlo, que se dejaba dominar por la rabia que sentía por la más mínima contrariedad. Y que ahora se arrepentía de sus acciones. ¿Se acuerda?

VIKTOR: ¿Cómo no me voy a acordar? Ese hombre vivía en dos infiernos. Su propia conciencia y Auschwitz.

JOSEF: Usted lo escuchó con envidiable paciencia, y cuando el hombre terminó su relato, envuelto en lágrimas, le dijo que sus torturas en el campo podían servirle para entender el sufrimiento de su esposa y su hijo, más aún, que si aprendía de eso, al salir del campo podría cambiar su vida. Siendo más piadoso y tolerante. Podría transformarse en una buena persona. Y que tal era el sentido que debía darle a todo el sufrimiento que estaba padeciendo. El capo le contó esa conversación a uno de mis asistentes, que me lo hizo saber.

VIKTOR: No entiendo a qué viene todo esto.

JOSEF: A que usted, indirectamente, me hizo comprender el sentido de mi propia vida. Es mucho más que conquistar el mundo de la genética. De obtener honores, medallas al mérito. La gloria de ser el médico número uno del Reich.

VIKTOR: Sigo sin entender.

JOSEF: ¿No se da cuenta? Se trata de castigar a los judíos por sus maldades. Lo que siempre pensé. Ellos traicionaron a Alemania. Y el sufrimiento que causaron al pueblo alemán justifica su exterminio. Ese es mi destino. Ser la espada de Dios, si me permite la expresión.

VIKTOR: ¡Lo que dice es una locura! ¡Acusar al judaísmo es el delirio de los nazis!

JOSEF: Se desdice a sí mismo, doctor Frankl. Le dijo a ese judío que el campo era su justo castigo.

VIKTOR: Pero no por ser judío, sino por ser un sádico, como usted.

JOSEF: ¿Se atreve a compararme con esa rata piojosa?

VIKTOR: No podría compararlo. Al menos él llegó a sentir culpa por sus acciones.

JOSEF: Ay, mi querido Frankl. La culpa, la culpa, la culpa. ¡Un fatídico invento judeocristiano! El Führer dice que no debe haber culpa donde impera la ley natural, la del más fuerte. El débil debe ser exterminado para fortalecer la raza. Manejarse por la culpa, o por la piedad, es una traición al pueblo alemán.

VIKTOR: Sé muy bien lo que dice su Führer, y que ustedes obedecen al pie de la letra asesinando a cuanto alemán se les ocurre diferente.

JOSEF: Ya basta de discursos, doctor. Estamos perdiendo el tiempo. Mi tiempo. Voy a explicarle por qué esta debe ser una sesión de... (MIRA SU RELOJ) veinte minutos.

VIKTOR: Supongo que no tengo más opción que escuchar.

JOSEF: No la tiene. ¡Y ya deje de interrumpirme! (PAUSA) Ayer… cuando llegó el tren con miles de prisioneros traídos de Hungría, me empeñé en buscar a una familia con las siguientes características: debía haber un padre llamado Abraham con al menos cuatro hijos...  en donde el menor de ellos se llamara Isaac. ¿Cree usted que los encontré?

VIKTOR: Se me hace difícil tanta exactitud. No, no creo que los haya encontrado. (LO MIRA) Pero tampoco lo imagino a usted no consiguiendo lo que desea.

JOSEF: Veo que me va conociendo. Correcto. Sólo encontré un hombre de unos cincuenta años, ropa de buena calidad, aunque ahora sucia y arrugada, algo barrigón a pesar de haber pasado cuatro días sin comer y abarrotado en un vagón de ganado. Imagine lo gordo y elegante que sería antes del viaje ese judío opulento. Pues bien, el hombre, en efecto admitió sin sospecha llamarse Abraham, y ante mi amable pedido reunió a toda su familia. Seis hijos, doctor. Seis. El más joven tenía doce años, ¡excelente!, aunque se llamaba Saúl. Bueno, nada es perfecto. Así que decidí que a partir de entonces el padre y todos sus hermanos lo llamaran Isaac. Los dejé con dos guardias que mataría de inmediato a cualquiera que no lo llamara Isaac. ¿Empieza a adivinar, doctor?

VIKTOR: Empiezo a estremecerme por un cruel presentimiento que no logro definir.

JOSEF: Ay, doctor. ¿Por qué los judíos leen tan poco su propia Biblia? ¿No recuerda el sacrificio de Isaac?

VIKTOR: Dios mío...

JOSEF: Pues bien, yo había decidido otorgar a un judío el honor de repetir aquella epopeya de sacrificar un hijo a su Señor, por mano propia. Y esta vez sin que ese ángel metido arruinara la fiesta.

VIKTOR: ¡Usted padece de una locura asesina!

JOSEF: No soy peor que los investigadores que sacrifican animales para probar un cosmético.

VIKTOR: ¡Pero acá hablamos de seres humanos!

JOSEF: Ese judío, atónito al principio, empezó a suplicar, a llorar, y fue necesario el culatazo de un guardia para hacerlo entrar en razón. ¿Sabe?, para mí se trataba de un experimento importante. Siempre me pregunté si en los genes israelitas sigue funcionando esa tendencia filicida que puede ser despertada por un estímulo externo, en este caso: yo.

VIKTOR: ¡Lo que usted propone nada tiene que ver con la ciencia! ¡Es un vulgar crimen!

JOSEF: No de mi parte, en este insólito caso, sino del gordo y otrora millonario judío, que pasaría las noches contándole a su esposa cuán bien le había ido en el negocio, antes de besar a cada uno de sus querubines al acostarse en una cama cómoda y mullida.

VIKTOR: Percibo algo de envidia en sus palabras. ¿Qué es? ¿La cómoda y mullida cama? ¿Acaso es lo que le faltó en la niñez?

JOSEF: (RIE) Disparo errado, doctor. Nací en cuna de oro. Mis padres eran los más acaudalados industriales de Günzburg, poseían una importante productora de maquinaria agrícola. Y le aseguro que mi cama era mucho más grande que la de esos bastarditos judíos.

VIKTOR: ¿Entonces qué envidiaba?

JOSEF: ¿Dije yo que envidiaba algo?

VIKTOR: El beso. Sí, el beso al acostarse. ¿Lo bendecían a usted con un beso en la noche?

JOSEF: (IRRITADO) Doctor Frankl... No... Prisionero 119.104. Está aquí para escucharme, no para imaginar. Puede volver al pelotón de trabajo si tanto le gusta. a congelarse las manos en la nieve colocando los rieles del ferrocarril.

VIKTOR: Jamás pedí salir de allí.

JOSEF: ¿Sabe cómo se ven los dedos antes de que deban amputárselos por congelamiento? Morados. El efecto de la sangre hecha hielo dentro de un cuerpo es le diría… casi artística, a veces impredecible. Cierta vez observé el cuerpo de un niño recién salido de la cámara de gas, cuya piel era azul. Era hermoso, me refiero al color no al niño. Azul. Tan azul como las camisas conque seduzco a cualquier mujer en este campo, sean guardias o prisioneras. ¿Alguna vez violó a una judía? No es muy apasionante que digamos. Ellas sólo abren sus piernas llenas de deseo, como si el hambre las poseyera. Creo que el olor a muerte que se desprende de esta tierra las excita hasta perder la cordura. Se dejan poseer toda la noche sabiendo que a la mañana siguiente habré de pegarles un tiro. Mi poder de seducción es más fuerte que el miedo a la muerte, lo que es decir, más fuerte que todo.

VIKTOR: (HORRORIZADO) Dios lo perdone.

JOSEF: ¿Dios? ¿Acaso no leyó el cartel en la entrada de este campo? Dios está con nosotros. Todo lo que hacemos es realizar el trabajo que nos encomendó. Limpiar la tierra de sus impurezas, de los apóstatas del templo, y así retornar al paraíso que Él creó para Adán y Eva. Esa es la grandiosa gesta a la que estoy dedicado, (BURLÓN) y usted… usted me viene con el beso que me negaron de niño.

VIKTOR: Sepa disculpar. No fue mi intención exponer su diminuta faz humana.

JOSEF: Me importa un bledo su intención. Son sus palabras lo que me interesan. De preocuparme por lo que las motivan debería aceptar que alguien existe detrás de ellas. Y un judío es precisamente nadie. El único alguien aquí soy yo.

VIKTOR: Y ese pobre hombre al que impone matar a su hijo.

JOSEF: Como le dije, se trata de un experimento científico.

VIKTOR: ¡No se atreva a llamarlo experimento! ¡Obliga a ese padre a cometer el acto más espantoso que cualquiera pueda imaginar! Usted es peor que un asesino. ¡Es… un monstruo!

JOSEF: ¿Un monstruo? (SONRÍE) Todo lo que busco, doctor Frankl, es llevar conocimiento a la humanidad, mejorar la vida de los alemanes. ¿Por qué no habría de servirme de los judíos?

VIKTOR: (HORRORIZADO) Lo dice como si tan solo fueran ratas de laboratorio.

JOSEF: Todos los que están aquí van a morir. Sea de tifus o en la cámara de gas. Sería un desperdicio no aprovecharlos.

VIKTOR: ¿Usted escucha lo que está diciendo? ¿Se da cuenta del grado de perversidad que entrañan sus palabras?

JOSEF: ¿Qué hay de malo en mis palabras? Hablo como científico.

VIKTOR: ¡Habla como un nazi!

JOSEF: ¿Debo tomarlo como un cumplido?

VIKTOR SE INCORPORA DE GOLPE, VOLTEANDO LA SILLA.

VIKTOR: ¡Tómelo como mi renuncia! ¡Saque su pistola y máteme si le place! ¡Pero no voy a acceder a sus deseos!

JOSEF: Tranquilícese, y levante la silla.

VIKTOR: ¡Alguien tiene que decirle no! ¡Alguien tiene que poner límite a tanta barbarie! ¡Los dejaron pasar en Renania, en Austria, en Checoslovaquia! ¡Dejaron que mataran a los discapacitados, a los opositores políticos, a los librepensadores! ¡Los vieron desatar un pogrom en la noche de los cristales rotos! ¡Y el mundo no movió un dedo! ¡Pues yo les digo basta! ¡No van a torcer mi voluntad! ¡Es lo único que me queda y juro por Dios que nunca va a pertenecerles!

JOSEF LO MIRA, SONRIE Y EMPIEZA A APLAUDIR LENTAMENTE, CON IRONIA.

JOSEF: Bravo. ¿Cómo se llama la obra? ¿El discurso de un suicida?

VIKTOR: Ahórrese las ironías. No desperdicie mi tiempo en esta vida. Ya saque su pistola y acabemos con todo.

JOSEF: Sus deseos son órdenes.

JOSEF SACA SU LUGER Y LE APUNTA A LA CABEZA. SONRIE. JUEGA CON EL GATILLO. VIKTOR CIERRA LOS OJOS ESPERANDO EL BALAZO.

JOSEF: ¿No le asusta morir?

VIKTOR: No si con eso doy significado a mi vida.

JOSEF: Ya veo. (GUARDA EL ARMA, SONRIE) Acaba de brindarme la llave de cómo someterlo a mi voluntad.

VIKTOR: (ABRE LOS OJOS) Olvídelo. Elegir la muerte me hace un hombre libre. No hay manera en que usted pueda cambiar eso.

JOSEF: Sí, la hay. (SE ACERCA AL OIDO DE VIKTOR) No pretendo cambiar su voluntad, sino el… ¿cómo dijo? Ah, sí. El significado de su vida.

VIKTOR: Explíquese.

JOSEF: Deberá usted elegir entre salvar su dignidad o la vida de dos niños.

VIKTOR: ¿Cómo dice?

JOSEF: Son dos gemelos. Los mantengo en un sector especial dedicado a los niños. Los trato bien, los alimento más que bien, hasta les llevo dulces, ¿y sabe cómo me llaman?, tío Josef. Quizás el tío amoroso que nunca tuvieron.

VIKTOR: La bondad en usted no es más que una máscara deforme. ¿Qué planea hacer con ellos?

JOSEF: Darles un lugar de privilegio en la ciencia médica. El de ayudarme a descubrir qué sucede en los gemelos si se realiza un intercambio de órganos.

VIKTOR: (MUY TENSO) Creo no entender.

JOSEF: Sencillo. Le extraigo los ojos a uno y los trasplanto en el otro. Y viceversa, claro.

VIKTOR: (HORRORIZADO) ¡No puede hacer eso!

JOSEF: Ya lo he intentado antes. Por desgracia siempre algo sale mal y los niños quedan ciegos. Entonces no me queda más remedio que matarlos, para que no sufran.

VIKTOR: ¡No puede ser tan cruel! ¡No puede condenar así a esas criaturas!

JOSEF: Está en usted salvarlas. En cambiar su destino trágico.

VIKTOR: Pero… ¿qué puedo hacer yo?

JOSEF: Simplemente… no rebelarse ante mis órdenes. Seguir con esta terapia, tal como estaba planeado. Entonces enviaré a esos niños de vuelta con su madre, al sucio barracón donde pertenecen.

VIKTOR: (DUDA) ¿Cómo sé que cumplirá su palabra?

JOSEF: No me ofenda. Es la palabra de un oficial de las SS.

VIKTOR: Es lo que me da miedo.

JOSEF: Tomo ese comentario como una broma. Levante la silla y ocupe su puesto de una buena vez.

VIKTOR MIRA LA SILLA EN EL PISO, ANGUSTIADO.

JOSEF: ¡Vamos! ¡Me ha hecho perder demasiado tiempo con sus tonterías! (MIRA SU RELOJ) Ya ve, deberé dejar el sacrificio de Isaac para mañana, durante mi almuerzo.

VIKTOR LEVANTA LA SILLA Y SE SIENTA EN ELLA.

JOSEF: Muy bien. Ahora dígame cómo seguimos.

VIKTOR: Le dejo el mando a usted. No quiero romper su hábito de manejar las situaciones.

JOSEF: (SONRIE) De acuerdo. (PAUSA) Debo felicitarlo, doctor Frankl. Su observación ha sido brillante. Me refiero al conflicto que hay en mí.

VIKTOR: Sea más claro.

JOSEF: Por un lado, yo, el Hauptsturmführer Josef Mengele, un patriota imbuido de idealismo nacionalsocialista. Y por otro, mi estúpido estómago, que irrumpe para arruinarme los buenos momentos.

VIKTOR: Jn… ¿Buenos momentos? ¿Se refiere a escoger ancianos y personas enfermas que bajan de los trenes para enviarlos a la cámara de gas?

JOSEF: Por ejemplo. En vez de hacerlo con alegría debo masajear disimuladamente mi panza. Y créame que probé con cuanta pastilla me recetaron, sin resultado.

VIKTOR: Usted habló de conflicto. Ya sabemos lo que el Hauptsturmführer desea. ¿Y cuál sería el deseo de su estómago?

JOSEF: No lo sé, para eso está usted aquí. Dígame qué opina.

VIKTOR: Bien. Es fácil deducirlo. En un conflicto hay al menos dos posiciones opuestas. Por tanto, si su máximo anhelo es asesinar alegremente a los judíos, por otro lado, su estómago se opone a que lo haga. Y lo expresa en forma de dispepsia.

JOSEF: Pero... no entiendo. ¿Por qué? ¿Qué tiene mi estómago contra mí?

VIKTOR: Doctor Mengele… su estómago es usted mismo. Al menos una parte suya.

JOSEF: ¡De ninguna manera puedo ser yo! ¡Hablamos de mi maldito estómago! ¡Juro que lo arrancaría de mi cuerpo y lo enviaría derecho a la cámara de gas! Pero supongo que eso no se puede.

VIKTOR: Los sonderkommandos que extraen los cadáveres de las cámaras se sorprenderían al encontrar su estómago allí, abrazado al destino de tantos judíos. Quién sabe, a lo mejor el pobre también es judío. (SOCARRÓN) ¿Nunca se tentó con una porción de gefilte fish?

JOSEF: (LE CLAVA LA MIRADA, PALMEA SU CARTUCHERA) ¡Otro chiste igual y esa silla será lo último que vea su culo! ¿Entendido?

VIKTOR: Usted se hace entender muy bien.

JOSEF MEDITA UN INSTANTE ANTES DE SEGUIR.

JOSEF: Se me ocurre que mi dispepsia es un caballo de Troya que se ha colado en mi organismo. Si puedo conocer su origen, si puedo localizar de dónde viene, estoy seguro de poder neutralizarlo.

VIKTOR: Está bien, aceptemos que sea así. Digamos que… son dos concepciones de mundo que se enfrentan.

JOSEF: (INCREDULO) ¿Qué concepción de mundo puede tener un puto estómago?

VIKTOR: Es una forma de decir. La molestia que siente representa una creencia que usted pudo haber tenido a lo largo de su vida. Quizá, algo que le ha transmitido su padre.

JOSEF: Imposible. Nunca tuve mucho contacto con él.

VIKTOR: ¿Y su madre?

EL GESTO DE JOSEF SE ABLANDA POR LOS TIERNOS RECUERDOS.

JOSEF: Siempre estuve muy unido a ella. Era… hermosa. Muy severa, eso sí. Creo que de ella heredé la firmeza de mi carácter.

VIKTOR: ¿Y qué más? ¿Le ha inculcado algún pensamiento que hoy se le hace perturbador?

JOSEF: ¿Cómo qué?

VIKTOR: Algo que le resulta desagradable, repulsivo. Como ideas de amor por la humanidad, respeto a las minorías.

JOSEF: (MOLESTO) ¡No ofenda la memoria de mi madre!

VIKTOR: ¿Algún concepto religioso?

JOSEF: Bueno… ella era una ferviente católica.

VIKTOR: ¿Y usted?

JOSEF: Lo soy, claro.

VIKTOR: ¿Lo es? No entiendo. ¿Se salteó la página donde Jesús predica amaos los unos a los otros?

JOSEF: Justamente. A Jesús lo mataron los judíos.

VIKTOR: Dichosa la amnesia nazi. Le recuerdo que Jesús mismo era rabino, y no lo mató el pueblo judío sino el poder de turno, como sucede en la Alemania nacional socialista de hoy.

JOSEF: ¿De veras quiere que me trague eso?

VIKTOR: Cuando se traga una verdad permanece en el interior para siempre. Su estómago es el último reducto del cristianismo conque fue criado.

JOSEF: ¡Tonterías!

VIKTOR: (LO ENFRENTA) Esa dispepsia es el testimonio de una presencia que usted no tolera en su interior. Algo que usted ve como una debilidad. Y lo que usted odia en ese judío ilusorio no es más que lo que usted odia en sí mismo: su propia debilidad.

JOSEF SE LEVANTA DE GOLPE, FURIOSO.

JOSEF: ¡Basta! (SE PASEA CON PASOS AMPULOSOS, BUSCANDO CALMARSE, HASTA QUE SE DETIENE FRENTE A VIKTOR) ¿Débil yo? ¿Cómo se atreve? ¿Qué sabe usted de mí? (FURIOSO, SACA UNA MEDALLA DEL BOLSILLO INTERIOR DE SU CHAQUETA Y SE LA ARROJA) ¡Tenga!

VIKTOR LA AGARRA Y EXAMINA.

VIKTOR: ¿Qué es esto?

JOSEF: ¿Acaso es ciego? ¡La Cruz de Hierro! ¡Me fue otorgada por mi valentía luchando en el frente ruso! ¡Y usted me llama débil!

VIKTOR: He visto una medalla igual anteriormente. La exhibía con orgullo uno de mis vecinos cuando vivía en Viena.

JOSEF: Sin duda un héroe de guerra, como yo.

VIKTOR: No como usted. Él era judío. (DEJA LA MEDALLA SOBRE LA MESA)

JOSEF PARECE QUEDARSE SIN PALABRAS.

VIKTOR: Gregor, creo que se llamaba. Hablo en pasado porque perdió un brazo por la explosión de una mina, y supongo que fue gaseado en un campo como éste.

JOSEF: ¡La robó!

VIKTOR: ¿Perdón?

JOSEF: Ese judío. Seguro que robó la medalla. (RECOGE LA MEDALLA Y SE LA GUARDA)

VIKTOR: ¿Cómo se le ocurre semejante sandez?

JOSEF: Los judíos son demasiado débiles para empuñar un arma. Debió robar la medalla a un camarada caído, el verdadero héroe.

VIKTOR: Su fanatismo lo enceguece. El mismo presidente Hindenburg reconoció la gran cantidad de judíos que se enrolaron para defender a Alemania.

JOSEF: ¿Habla de ese viejo moribundo? Deliraba, sin duda le lavaron el cerebro. (SACA SU PISTOLA) Voy a probarle que lo que digo es cierto. (PONE EL ARMA SOBRE LA MESA) ¡Tómela!

VIKTOR: ¿Qué?

JOSEF: Lo que escuchó. ¡Tome esa pistola!

VIKTOR: ¿Qué pretende?

JOSEF: Lo que le dije. Probar que usted no tiene agallas para tomar un arma.

VIKTOR MIRA EL ARMA Y LUEGO A JOSEF.

VIKTOR: ¿Qué es esto? ¿Uno más de sus experimentos?

JOSEF: Uno experimenta para conocer un resultado. Acá el resultado no me despierta la menor duda. Usted será el psiquiatra más prestigioso de Europa, pero carece de valor para hacerse de mi Lüger.

VIKTOR: (PAUSA) Aceptar su desafío sería una verdadera traición a mí mismo. No creo en el poder de las armas. Y si tengo agallas… las demuestro aferrándome a mis valores.

JOSEF: (SONRIE) Quizás le falte una motivación.

VIKTOR: Lo dudo.

JOSEF: Su esposa también fue internada en Auschwitz, ¿verdad?

VIKTOR: (ANGUSTIADO) ¿Tilli? ¿Qué hay con ella? No la he visto desde entonces. ¿Sabe algo de ella?

JOSEF: Más de lo que a usted le gustaría saber.

VIKTOR: ¿Qué dice?

JOSEF: Tilli, bonito nombre. Y ella no estaba nada mal.

VIKTOR: ¿Estaba?

JOSEF: Por supuesto la envié a la cámara de gas.

VIKTOR: Noooooooo… (LLORA) Tilli… ¡Por Dios!

JOSEF: Pero antes… antes la llevé a mi cama. Fue una velada encantadora. Hizo de todo para convencerme que no la matara. Incluso se dejó colocar el caño de esa pistola en la vagina. Gozó como nunca, me dijo.

PRESO DE LA FURIA, VIKTOR TOMA EL ARMA Y LE APUNTA.

VIKTOR: ¡Maldito loco! ¡Asesino!

JOSEF: Síiii… Ese soy yo. Vamos, dispare. Atrévase a disparar. O no le dan los huevos para hacerlo.

VIKTOR PARECE ESTAR DISPUESTO A HACERLO. LE TIEMBLA LA MANO. ARROJA EL ARMA SOBRE LA MESA. JOSEF LA RECOGE.

JOSEF: He probado mi tesis. Los judíos son cobardes.

VIKTOR: (AGOTADO) Se equivoca. Estuve a punto de matarlo como a una rata. Pero escuché la voz de mi esposa, que me diría: No dejes que te convierta en asesino.

JOSEF: Interesante. Antepone sus principios a la venganza. Aun sabiendo que yo le quité a su esposa.

VIKTOR: ¡No me la quitó!

JOSEF: (RIE) ¿Acaso no escuchó bien? Yo violé a Tilli, y de postre la hice gasear.

VIKTOR: ¡Nunca podrá quitármela! Porque la llevo aquí (SE GOLPEA EL CORAZÓN) ¡Y aquí! (SE SEÑALA LA FRENTE) (CON DOLOR) ¡Siempre me acompañará, mientras yo viva!

JOSEF LE APUNTA CON SU ARMA A LA CABEZA.

JOSEF: Usted lo dijo, mientras viva. Si la tiene ahí dentro, con una bala voy a quitársela.

VIKTOR: Hágalo. Será una bendición para mí. Métame el tiro que me enviará con ella.

JOSEF PARECE A PUNTO DE DISPARAR. SONRIE, BAJA EL ARMA.

JOSEF: No hay caso. Tiene una respuesta para todo. No le haré ese favor. No hasta que me cure del estómago. (VA A GUARDAR EL ARMA. SE ARREPIENTE) Además… (DISPARA AL TECHO, EL ARMA ESTÁ DESCARGADA) Me tomé la precaución de venir con el arma descargada. (SACA EL CARGADOR DE SU BOLSILLO Y SE LO MUESTRA) ¿Lo ve? Y ahora vuelva a su silla. (SE SIENTA EN EL SILLÓN MIENTRAS COLOCA EL CARGADOR EN LA PISTOLA, VIKTOR PERMANECE DE PIE, PERDIDO EN SUS PENSAMIENTOS). Por si le consuela. No maté a su esposa. Ni siquiera la conozco.

VIKTOR: (LO MIRA) ¿Qué está diciendo?

JOSEF: Odio que me hagan repetir. Le dije que no maté a su esposa. Tampoco me acosté con ella. Sólo quería enfurecerlo para ver si me disparaba.

VIKTOR: Entonces… ¿no la envió a la cámara de gas?

JOSEF ¡No!

VIKTOR: Quizás sí lo hizo, aun sin conocerla. ¿O acaso sabe los nombres de sus víctimas?

JOSEF: Lo sé. Judíos. Es el único nombre que existe para mí.

VIKTOR CAMINA LENTAMENTE HACIA LA SILLA, SE VE AGOTADO. SE SIENTA, LO MIRA.

VIKTOR: Judíos. Algo tan impersonal. Como si en vez de personas fueran un objeto.

JOSEF: Usted lo dijo. Buena definición. Un objeto.

VIKTOR: (MONTANDO EN CÓLERA) De los que usted puede disponer a su antojo. ¿Es el sentido de sus actos? ¿Tener el control sobre ellos?

JOSEF: Supongo que sí. Puedo hacer lo que se me antoja con ellos. Y eso me da un gran placer.

VIKTOR: O un alivio

JOSEF: ¿Qué quiere decir con eso?

VIKTOR: ¿Alguna vez lo atacó una mesa?

JOSEF: ¿Una mesa? ¿Se ha vuelto loco? ¿Qué dice?

VIKTOR: ¿O una silla, un escritorio, o un simple florero?

JOSEF: ¿Se está burlando de mí?

VIKTOR: Quizás busca controlar solo aquello que teme.

JOSEF: ¿Yo? ¿Temer? ¿A quién? ¿A los judíos? (RIE) Que cosa más absurda.

VIKTOR: ¿Y a qué le tiene miedo?

JOSEF: ¡A nada! ¡Soy un oficial SS! ¡No le temo ni a la muerte! ¡Y mucho menos a una rata judía como usted!

VIKTOR: Pero cuando me entregó su arma, temió que yo apretara el gatillo, ¿verdad?

JOSEF: Ya se lo dije. Sabía que no tendría las agallas para hacerlo.

VIKTOR: Entonces, ¿por qué le sacó el cargador a la pistola?

JOSEF: (CONFUSO) ¿Qué dice?

VIKTOR: Si estaba tan seguro de que las ratas judías no se atreverían a disparar, ¿por qué me dio un arma descargada?

JOSEF: Bueno…Yo… Siempre puede dispararse por accidente.

VIKTOR: O sea que le teme a los accidentes.

JOSEF: Esta charla no nos lleva a nada.

VIKTOR: Dijo que su madre era muy severa con usted.

JOSEF: ¡No meta a mi madre en esto!

VIKTOR: ¿Qué pasaba cuando usted no cumplía sus expectativas? ¿Se enojaba? ¿Le gritaba o simplemente lo desdeñaba?

JOSEF: ¡Basta!

VIKTOR: ¿A eso le temía usted? ¿A su exigencia?

JOSEF: ¡No! ¡Era yo mismo quien me exigía! ¡Y por eso fui un alumno brillante! ¡Y me gradué de médico con honores! ¡Y me gané varias medallas en el frente! ¡Fue mi propia exigencia! (BURLON) ¡No el temor a mi madre!

VIKTOR: La auto exigencia es la hija del miedo.

JOSEF: ¡Ya basta de frases baratas! ¡Ella me exigió, ¿y qué?! ¡Le estoy muy agradecido! ¡Todo lo que hizo fue por amor! ¡Buscó sacar lo mejor de mí!

VIKTOR: ¿Y lo mejor de usted es asesinar personas?

JOSEF, FURIOSO, SACA EL ARMA. LE APUNTA.

JOSEF: (FUERA DE SÍ) ¡Sí! ¡Soy asesino! ¡Mato para purificar la raza! ¡Extermino las plagas que desde hace siglos corroen a mi pueblo! ¡Y usted es una de esas plagas!

VIKTOR: El arma en su mano apenas puede encubrir a ese niño asustado que lleva dentro. Pobre Josef. Su madre lo privó de una infancia libre y feliz. Ni siquiera contaba con un padre que lo protegiera de ella.

LA MANO QUE SOSTIENE LA PISTOLA EMPIEZA A TEMBLAR.

JOSEF: (ANGUSTIADO) ¡Ya cállese! ¡Está pidiendo a gritos un balazo!

VIKTOR: Acepte su miedo. Vamos, Josef. Usted es cristiano. Recuerde a Jesús. La verdad os hará libres.

JOSEF: ¡Cállese! ¡Cállese! ¡Cállese!

EMPIEZA A SONAR UNA SIRENA QUE VIENE DE AFUERA.

JOSEF: ¿Qué es eso?

VIKTOR: (CALMO) Debiera saberlo. Otro bombardeo de los Aliados.

JOSEF: (SE PARA, SU VISTA RECORRE EL TECHO, MUY ASUSTADO) ¿Otro… bombardeo? ¿Está seguro?

VIKTOR: (SE PARA, MIRA AL TECHO, EUFORICO) ¡Estaba esperando que volvieran! ¡Vienen a destruir Auschwitz-Birkenau! ¡Vienen a terminar con este infierno!

SE ESCUCHA LAS EXPLOSIONES.

JOSEF: ¡Nooooo!

JOSEF SE TAPA LOS OIDOS AUN SIN SOLTAR EL ARMA.

VIKTOR: Ahhhh… ¡El bello sonido de las explosiones! ¡Cada bomba es una llave que abre las puertas de esta prisión! (MIRA A JOSEF) ¿Qué pasa? ¿Siente miedo, pequeño Josef? ¿Se parecen los estruendos a los gritos de su madre?

JOSEF: ¡Cierre su maldita boca! (CORRE HACIA LA PUERTA Y EN EL CAMINO SE LE CAE EL ARMA) ¡Tengo que salir de aquí! (TRATA DE ABRIR, PERO ESTA CON LLAVE. GOLPEA. GRITA) ¡Guardias! ¡Abran, guardias! ¡Es una orden! ¡Abran!

VIKTOR: No lo escuchan. Los superhombres deben estar escondidos, tan asustados como usted.

JOSEF VUELVE A TAPARSE LOS OIDOS.

JOSEF: ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!

CAE AL SUELO DE RODILLAS Y SE PONE A LLORAR. VIKTOR LO MIRA CON PENA. SE ACERCA Y AMAGA AGACHARSE JUNTO A ÉL, PERO SE FRENA. EL BOMBARDEO SE DETIENE ABRUPTAMENTE. JOSEF NO PARA DE LLORAR. VIKTOR NO SABE QUE HACER, LUCHA CONTRA SI MISMO. FINALMENTE COLOCA SU MANO SOBRE LA ESPALDA DE JOSEF.

VIKTOR: (CONSOLANDO) Ya… Ya…

JOSEF DEJA DE LLORAR. LO MIRA, CON DOLOR.

JOSEF: Ah, es usted. (SE SECA LAS LAGRIMAS) Por un momento pensé que…

VIKTOR: (PAUSA) ¿Que era su padre?

JOSEF SE INCORPORA CON DIFICULTAD, VIKTOR LO AYUDA. JOSEF QUIERE CAMINAR, PERO SUS PIERNAS PARECEN DEBILES Y DEBE APOYARSE EN VIKTOR. SE ABRE LA PUERTA Y ENTRA CAPO, QUE LOS MIRA PREOCUPADO.

CAPO: Doctor Mengele… ¿Se encuentra bien?

JOSEF: Necesito descansar. Quiero ir a mi cuarto.

CAPO: Sí, doctor. Los guardias lo esperan para escoltarlo.

JOSEF: No. Que el doctor Frankl me acompañe. Sólo él.

CAPO: (MIRA A UNO Y A OTRO) Como ordene, doctor.

CAPO DEJA PASAR A JOSEF AUN SOSTENIDO POR VIKTOR. EN CUANTO ESTOS SALEN, CAPO SE DISTIENDE. RECOJE EL ARMA DEL PISO Y LA EXAMINA SONRIENDO. SUENA UN CELULAR. CAPO LO EXTRAE DEL INTERIOR DE SU UNIFORME DE PRISIONERO, MIRA LA PANTALLA Y ATIENDE.

CAPO: Hola, doctor Munchen. (SONRÍE, SE ACOMODA EN EL SILLÓN) Muy bien… Justamente pensaba en usted, tengo en mis manos la réplica de Lüger que me prestó, parece un arma en serio. (RIE) Sí, de veras asusta. (PAUSITA) Ah, ¿no se lo aclaró el doctor Leclerc? Le explico. El paciente se llama Isaías Goldberg, y en su delirio cree ser el famoso criminal nazi, Mengele. (PAUSA) Así es, lo llamativo es que Goldberg es judío. Creemos que es un cuadro de esquizofrenia y síndrome de Estocolmo. (PAUSITA) Ni la terapia convencional ni las drogas resultaron, así que el doctor Leclerc optó por dramatizar el propio delirio de Goldberg, asumiendo él mismo el papel del psiquiatra Viktor Frankl, quien realmente fue prisionero en Auschwitz. (PAUSA) Sí, créame. Este experimento está dando resultados asombrosos, el doctor Leclerc ha llegado al nudo del miedo infantil de Goldberg. Yo mismo lo observé desde el falso espejo. Hasta tuvimos que apelar a la grabación de un bombardeo. Fue espectacular. (PAUSA) No se preocupe. Todos los detalles los expondrá el doctor en el simposio. (PAUSITA) Cómo no. Le digo que usted lo llamó. Hasta pronto. (CORTA)

SE ABRE LA PUERTA Y ENTRA VIKTOR.

VIKTOR: (EXHAUSTO, A CAPO) Lo dejé en su cuarto.

CAPO: (SE INCORPORA) ¡Brillante lo de hoy! Es lo que comentó el doctor Munchen cuando lo llamó.

VIKTOR: (SUMIDO EN SUS PENSAMIENTOS) Se derrumbó en el sueño aun pensando que yo era su padre.

CAPO: Doctor…

VIKTOR: Qué frágil y voluble es la mente humana. (CAMINA HASTA LA MESA) Me pregunto si la ausencia del amor paterno se halla detrás de toda elección de vida, esa decisión crucial de lo que uno termina siendo el resto de su existencia. (TOMA LA GORRA DE JOSEF Y LA EXAMINA) ¿Cómo puede un mismo origen resultar en un hombre temeroso de Dios, en un psiquiatra actuando como el padre que nunca tuvo, o en un psicópata sanguinario como Mengele? (DEJA LA GORRA EN LA MESA)

CAPO: Doctor Leclerc… le decía que lo llamó Munchen. Dejó dicho que lo llamara.

VIKTOR: (CONFUSO) ¿De qué habla? ¿Quién es Munchen?

CAPO: (DIVERTIDO) Ay, doctor Leclerc. No me diga que olvidó el nombre de su socio en la clínica.

VIKTOR: ¡Ya basta de querer volverme loco! ¡Usted es tan enfermo como su amo! Y ya no quiero atender a Mengele, me hace mal. Le diré a los guardias que me devuelvan a mi barracón.

CAPO LO MIRA PASMADO. Y ANTES DE QUE VIKTOR SALGA DEL CUARTO.

CAPO: Espere… ¿A dónde va, doctor Leclerc?

VIKTOR SE DETIENE PARA LANZARLE UNA MIRADA FILOSA.

VIKTOR: ¡Ya deje de llamarme Leclerc, capo! ¡Mi nombre es Frankl! ¡Viktor Frankl!

VIKTOR SE VA. CAPO SE DERRUMBA EN EL SILLON, HORRORIZADO.

 

                                                       FIN

 


miércoles, 6 de noviembre de 2024

EL SAPO

Nadie conocía su verdadero nombre, lo llamaban Luis Gómez. Aunque para muchos era conocido como el Sapo. Fue la mote que se ganó entre los muchachos del grupo de tareas, porque se especializaba en cocinar prisioneros sobre los resortes metálicos de la cama, aplicando con dedicación unos 220 voltios, de manera intermitente, para lograr que esos cuerpos saltaran como ranas ante la algarabía precisamente de ellos, los muchachos.

Pero la buena época del grupito se acabó con el advenimiento de la democracia. Los que zafaron de la Justicia debieron arreglárselas para conseguir trabajo como sicarios al mejor postor o simplemente dedicarse a la artesanía de la delincuencia, en los bajos fondos de una democracia que se fue olvidando del demos, para establecer una cracia cada vez más de pocos. Pero fue precisamente el Sapo quien habría de demostrar una capacidad enorme para adaptarse a los nuevos tiempos. “Creatividad nunca le faltó”, han dicho muchos de sus viejos colegas en el arte de la malignidad. Y fue así que el Sapo, perdón, ahora el honorable Luis Gómez, encontró la manera más rentable de recrear las habilidades que lo han hecho famoso. Desde hace años se ha dedicado a hacer saltar a la gente en cumpleaños de quince, casamientos y bautismos. Dirige un equipo de disc jockeys cuya misión secreta es potenciar los parlantes a máxima potencia, provocando una verdadera tormenta de decibeles que hacen vibrar las paredes de varios edificios a la redonda, sólo para obligar a que todo el público del salón de fiestas salga a bailar, para que nadie quede aferrándose a una mesa ni para comerse un canapé, para tenerlos a todos en la pista de baile, su nueva parrilla, y en ese frenesí de movimientos originados en una cada vez más deteriorada trompa de Eustaquio, iniciar el camino sagrado de la sordera.

Los clientes de su empresa, por lo general fabricantes de audífonos, lo han distinguido varias veces como el empresario del año.


Eduardo Goldman 

viernes, 3 de mayo de 2024

UNA GUITARRA DE CONTRABANDO


              UNA GUITARRA DE CONTRABANDO

                                                                        de Eduardo Goldman

 

                                   SOBRE EL AUTOR

Eduardo Goldman es licenciado en psicología, escritor, dramaturgo y compositor.

Ha publicado seis novelas:

La risa triste del vampiro (Editorial Revólver, Buenos Aires, 2023)

Titanic City (Aquitania Siglo XXI, México, 2021)

Como perro que aúlla en la oscuridad (Huso Editorial, Madrid, 2019)

El último chiste del Gran Jacobi (Huso Editorial, Madrid, 2018/ Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2008)

Ni siquiera nos queda París (Extremo Negro, Buenos Aires, 2014)

Adiós héroe americano (Extremo Negro, Buenos Aires, 2010). Acaba de aparecer la versión en inglés de esta novela para el mercado norteamericano: Goodbye, American Hero (Aquitania Siglo XXI, México, 2022)

También libros de humor como: Teléfonos Pinchados (Al fondo a la derecha), Diccionario Sendra-Goldman de psicología cotidiana (Perfil), Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio) (Ediciones de La Flor), Cómo ser intendente y no morirse de angustia (Torres Agüero), Ni loco vuelvo a ser presidente (Puntosur), y otros. Además, un libro de cuentos: El crimen no debe pagar (Gogol).

Su comedia dramática El patio de mi vecino obtuvo el primer premio de la Fundación Banco Caseros (1984).

Sus comedias infantiles El bosque de los villanos y La princesa Clodovea, petisa y matadragones fueron nominadas en 2018 y 2019 para los premios Hugo Federales.

Participó en antologías como El origen del mundo (España), Juramento Negro (España, Argentina), Los Bárbaros-New York (USA), M.M. (España).

Ha colaborado con artículos y cuentos en diversos medios de la Argentina, México, Perú, USA e Inglaterra. También en programas de televisión. Sus canciones infantiles han sido grabadas en Argentina y España (Cantajuegos).

Eduardo Goldman  

goldman.eduardo@gmail.com

@goldman.eduardo

 

 

PERSONAJES

 

STEPHAN (25 – 28 años)

SASHA (16 – 18 años)

LENA (20 – 24 años)

ALEMÁN (25 – 28 años)

ZALMAN (25 - 35 años)

GUERRILLERO (25 – 30 años)

 


PRIMERA PARTE

ESCENARIO A OSCURAS. SE OYE UNA GUITARRA QUE ESTÁ SIENDO AFINADA. LA GUITARRA CESA. LUEGO LA VOZ EN OFF DE UN RELATOR.

RELATOR: Tras la invasión a Polonia, los nazis confinaron a la población judía dentro de una estrecha zona rodeada de muros, en el centro de Varsovia. Durante los tres años siguientes, cuatrocientas mil personas fueron condenadas a morir por hambre, enfermedades, fusilamientos y deportaciones a campos de exterminio. Este horror fue conocido como el gueto de Varsovia.

SE OYE NUEVAMENTE LA GUITARRA. SE VA ILUMINANDO LA ESCENA. UN CUARTO MISERABLE, DOS COLCHONES ALGO ROTOS EN EL PISO. UNA MESA SUCIA CON ALGUNAS TAZAS Y PLATOS. UN PAR DE SILLAS. LAS PAREDES MUY DETERIORADAS. AL FONDO UNA SALIDA A LA QUE LE FALTA LA PUERTA. AL COSTADO, EL BAÑO; EN LUGAR DE PUERTA HAY UNA TELA RAIDA COMO CORTINA.

STEPHAN VISTE UN SOBRETODO VIEJO Y ROTOSO. TIENE EN SU BRAZO UN BRAZALETE CON LA ESTRELLA DE DAVID. ESTÁ SENTADO EN UNO DE LOS COLCHONES AFINANDO UNA VIEJA GUITARRA. SE DETIENE PARA REFREGARSE LAS MANOS Y ECHARLES SU ALIENTO, POR EL FRIO. TRATA DE SEGUIR AFINANDO PERO NO PUEDE. SE PONE DE PIE Y TRATA DE ENTRAR EN CALOR DANDO SALTITOS.

ENTRA SASHA ABRIGADO CON UN SACO MISERABLE. TAMBIEN TIENE UN BRAZALETE. TRAE UN BALDE DE LATA LLENO DE AGUA, LO DEJA EN EL PISO Y SE REFRIEGA LAS MANOS.

SASHA: Traje nieve... (MIRA EL BALDE) Está casi derretida. ¿Querés un poco de agua?

STEPHAN: ¿Agua fría? ¿Vos pensás que puedo tener ganas de tomar agua fría?

SASHA: Si querés voy buscar unas maderas, para hacer fuego. Tengo escondido algo de té.

STEPHAN: Ya no lo aguanto, Sasha. No resisto un día más en este infierno. (LO MIRA) ¿Lo viste a Salluzi?

SASHA: (TENSO) No. No lo vi.

STEPHAN: ¿Seguro que no lo viste? Ya debía estar aquí. Hace dos semanas que debía estar aquí. No sé qué lo demora tanto.

SASHA: Stephan…

STEPHAN: ¿Qué?

SASHA DUDA, DECIDE CALLAR.

SASHA: Nada. No lo vi.

STEPHAN: Me está volviendo loco esta espera.

SASHA: ¿Te dije que me encontré con el rabino Lerner?

STEPHAN: Le di todas las monedas que tenía. Las que pude juntar.

SASHA: ¿Al rabino Lerner?

STEPHAN: ¿Qué rabino?

SASHA: Lerner. El único al que todavía no mataron.

STEPHAN: ¡A Salluzi! ¡A él le di las monedas!

SASHA: Pronto va a ser mi cumpleaños, y el rabino va a organizar mi barmitzvá. Hasta prometió que me harían una torta.

STEPHAN: ¿De qué estás hablando, Sasha? Tu cumpleaños es en octubre, y vas a cumplir dieciséis.

SASHA: Es que… le dije al rabino que cumplía trece.

STEPHAN: ¿Y te creyó?

SASHA: Desde que le rompieron los lentes no ve casi nada. Y yo quiero mi barmitzvá, Stephan. Allá en mi pueblo no me lo festejaron porque justo murió mi abuela Rufke, después tampoco porque nos mudamos a un pueblito de Polonia, y al poco tiempo entraron los alemanes. Le mentí al rabino. Tres años le mentí, no es mucho. ¿O lo es? (PREOCUPADO) ¿Voy a ir al infierno por esa mentira, Stephan?

STEPHAN: Ya estamos en el infierno. Podés mentir todo lo que quieras.

TOMA LA GUITARRA Y PUNTEA. SASHA SE SIENTA JUNTO A ÉL

SASHA: Te encanta esa guitarra, ¿verdad?

STEPHAN: Sí.

SASHA: Es muy linda, y además suena muy bien.

STEPHAN: ¿Vas a empezar de nuevo?

SASHA: ¿A qué?

STEPHAN: A decirme por milésima vez que la encontraste tirada en la calle, en plena nieve, y que lo primero que pensaste fue en traérmela. Y se supone que yo deba estar por milésima vez agradecido.

SASHA: No, no. Fue un comentario nomás. (PAUSA) Pero la guitarra suena bien, ¿no? (STEPHAN NO LE RESPONDE, SIGUE TOCANDO. SASHA INSISTE) Muy bien suena. (STEPHAN LO IGNORA. SASHA SE INCORPORA, MOLESTO) ¡Aunque no te sirva para nada!

STEPHAN DEJA DE TOCAR.

STEPHAN: ¿Cómo para nada?

SASHA: Te pasás las horas tocando en la puerta de calle, muriéndote de frío. ¿Y todo para qué?

STEPHAN SACA DOS MONEDAS DE SU BOLSILLO, SE LAS MUESTRA.

STEPHAN: Para esto, Sasha. Monedas. Monedas que me da la gente agradeciendo mi música. Con esto comemos, ¿no?

SASHA: Eso no es comer. (SE MIRA LA PANZA) Es estar a dieta.

STEPHAN: No te quejes. Muchos mueren de hambre en el gueto.

SASHA: ¡Si no morimos de hambre… es porque yo también traigo dinero!

STEPHAN: Y me gustaría saber de dónde.

SASHA: (TENSO) Ya… ya te dije. Ayudo a las personas a cargar sus bultos de un lado al otro del puente, sobre todo a los viejitos.

STEPHAN VUELVE A PUNTEAR  LAS CUERDAS.

STEPHAN: ¿Estás seguro, Sasha? ¿No me estarás mintiendo?

SASHA: No, ¿por qué iba a mentirte?

STEPHAN: Sabés muy bien por qué. Sería una locura que volvieras a lo mismo. Un suicidio. Decime la verdad, ¿volviste?

SASHA: ¡No! ¡Ya no! ¡Basta! ¡Shoin!

STEPHAN DESAFINA RUIDOSAMENTE. LO MIRA.

STEPHAN: ¿Qué dijiste?

SASHA: (SE LLEVA LA MANO A LA BOCA) Uy, perdón. No me di cuenta.

STEPHAN: (MOLESTO) ¿Es que no aprendés más?

SASHA: Perdón, en serio. No quise decir shoin.

STEPHAN: ¡Otra vez!!!

SASHA: Uy… Lo siento mucho, Stephan. Se me escapó.

STEPHAN: ¿Se te escapó? ¿Y qué pasa si se te escapa allá, del otro lado? ¿Ehhh??? ¿Qué pasa???

SASHA: (CON FASTIDIO) Bueno… fue una vez… Dos… No es para tanto… Ni que hubiera matado a alguien… (ELEVA LAS MANOS) ¡Oi vei! (Y SE TAPA LA BOCA CON LAS DOS MANOS)

STEPHAN: ¡Otra vez!!! ¡Lo hiciste de nuevo!!! ¿Te estás burlando de mí???

SASHA: N…no… ¿Cómo me voy a burlar? Perdoname… Te juro que…

STEPHAN: ¡No me jures nada! (SE INCORPORA NERVIOSO, SE PASEA) Empiezo a pensar que es un riesgo llevarte.

SASHA: ¿De qué hablás? ¿Cómo que soy un riesgo? Soy tu hermano. Bueno, tu hermano de mentira, pero hermano. ¿O no? Acordate de lo que le prometiste a…

STEPHAN: ¡Ya sé lo que le prometí! ¡Maldita la hora en que se lo prometí! (SE ACERCA A SASHA) Empecemos de nuevo. A ver si se te mete en esa alcachofa que tenés por cabeza. ¿En qué idioma hablamos nosotros?

SASHA: En alemán.

STEPHAN: Bien. ¿Y en qué idioma tenemos que hablar siempre?

SASHA: En alemán.

STEPHAN: ¿Y si nos duele la cabeza? ¿Cómo nos lamentamos?

SASHA: Ufff… en alemán.

STEPHAN: ¿Y si nos da por putear a alguien?

SASHA: Sí. Sí. ¡Sí! ¡En alemán… ya sé!

STEPHAN: ¡Entonces decime por qué mierda siempre metés alguna palabra en… (CON ASCO) en yiddish!

SASHA: Te juro que no se me escapa más.

STEPHAN: ¡La última vez también lo juraste!

SASHA: Bueno… basta. ¡Basta! Para vos es fácil, porque naciste en Alemania. Pero yo soy de Minsk. Yo hablaba ruso con mis compañeros de escuela.

STEPHAN: ¡Me lo dijiste un millón de veces!

SASHA: Pero en casa papá y mamá nos hablaban en yiddish... Y mis abuelos también nos hablaban en yiddish… Y mi tío Jacob…

STEPHAN: ¡Y tu tía Rebeca! ¡Y el novio de tu tía! ¿Otra vez vas a contarme la historia de tu vida?

SASHA: Tengo trece años. Es una historia corta.

STEPHAN: Tenés quince años.

SASHA: Shhhh… Que no te escuche el rabino Lerner… va a organizar mi barmitzvá, ¿te lo dije? Con una torta de chocolate y papelitos de colores… (LO MIRA) Stephan… Vos… ¿tuviste tu barmitzvá?

STEPHAN: (SUSPIRA CANSADO) Sashita… ¿Por qué no salís a dar una vuelta? Aprovechá este poco de sol que es lo único que no nos quitaron, todavía.

SASHA: No quiero aparecer a esta hora en la calle. Ese policía judío, Kleinman, me la tiene jurada desde que dejé de pasarle soborno.

SASHA SE DA CUENTA DE QUE METIO LA PATA Y SE TAPA LA BOCA.

STEPHAN: (DEJA A UN LADO LA GUITARRA) ¿Qué dijiste?

SASHA: Nada… No dije nada…

STEPHAN: ¡Te prohibí que siguieras con el contrabando! ¡Te lo prohibí! ¡Decime que ya no lo hacés!

SASHA: No... Ya no... (TRAGA SALIVA) Casi...

STEPHAN: Lo sabía. ¡Lo sabía!!! ¡Me mentiste!!!

SASHA: Y… un poquito.

STEPHAN: ¿Un poquito??? ¿Sos idiota o qué??? ¡Sé de chicos menores que vos… cazados por los alemanes cuando cruzaban al lado ario! ¡Los fusilaron de inmediato!

SASHA: Eso nunca me va a pasar. Siempre doy parte de lo que traigo a los SS.

STEPHAN: (HORRORIZADO) ¿Qué???

SASHA: Son fáciles de sobornar… igual que la policía judía.

STEPHAN: ¡Sasha! ¡Tu padre me pidió que cuidara de vos... y yo prometí hacerlo! ¡No hagas que falte a mi palabra!

SASHA: Es sólo el pan para la señora Goldberg. Ella está sola. Si no le consigo el pan… se muere de hambre.

STEPHAN: Hay miles en el gueto que mueren de hambre. ¡No podés traer pan para todos!

SASHA: Sólo a la señora Goldberg. Ella siempre fue muy buena conmigo. No puedo dejar que se muera. Además, ya no cruzo al lado ario. Lo arreglé con unos polacos cristianos. Al anochecer voy hasta el muro y arrojo dinero al otro lado... ellos me tiran una bolsa con paquetes de cigarrillos.

STEPHAN: ¿Cigarrillos? ¡Dijiste que era pan!

SASHA: Tengo que vender los cigarrillos en el gueto... para juntar dinero... ¿sino cómo querés que compre el pan?

STEPHAN: ¡No quiero que compres nada! ¡Dios mío, Sasha ! ¡Van a agarrarte! ¡Y no creas que voy a mover un solo dedo por vos!

SASHA: Nunca me van a agarrar. Y si lo hacen, les dejo todos los cigarrillos y listo. No les importa. Hay quienes contrabandean armas y eso es más peligroso.

STEPHAN: ¿Armas?

SASHA: Para la Resistencia. Te lo dije. Corre la voz de que están preparándose.

STEPHAN: Estúpidos. ¿Creen que pueden enfrentar a los alemanes? ¿Van a luchar contra los tanques, los aviones? ¿Sabés cómo van a terminar? Cantando salmos mientras caminan hacia una cámara de gas, tal como dijo ese tipo que vino escapando de... de...

SASHA: Treblinka.

STEPHAN: Peor que el infierno según dicen.

SE ESCUCHAN GRITOS QUE VIENEN DE LA CALLE. “¡HALT! ¡HALT!”. LUEGO EL GRITO DE UN DESESPERADO “¡NOOOOO!”. Y VARIOS DISPAROS. LUEGO SILENCIO. SASHA Y STEPHAN ESCUCHAN SOBRECOGIDOS.

SASHA: ¿A quién le habrá tocado hoy?

STEPHAN: (SE ENCOGE DE HOMBROS) Un afortunado que ya no sufre.

RECOGE EL BALDE DE LATA LLENO DE AGUA Y ENTRA AL BAÑO. SASHA SE ACERCA A LA ENTRADA DEL MISMO Y SIGUE HABLANDOLE, MUY ANSIOSO.

SASHA: Esos viejos del Consejo Judío dicen que lo de Treblinka es una mentira, que no hay razón para que nos maten si pueden usarnos para trabajar. Que nos necesitan. Que no podrían ganar la guerra sin nuestra ayuda. (PAUSA) Los alemanes prometieron un campo de trabajo... con casas y comida para todos. Jardines y un pequeño bosque. Hasta una cancha de futbol. Pero no les creo. Ya casi nadie les cree. Cada vez se llevan más gente a la Umschlagplatz... y de ahí a un tren, como ganado… Nadie sabe a dónde van. A Treblinka, dicen algunos. ¿Me escuchás, Stephan?

SE ESCUCHA EL BALDAZO DE AGUA EN EL INODORO. STEPHAN SALE TERMINANDO DE ABROCHARSE LA BRAGUETA.

SASHA: ¿Me escuchás?

STEPHAN: No dejé de escucharte en todo el maldito día. (SE SIENTA Y AGARRA LA GUITARRA)

SASHA: ¿Qué? ¿Vas a quedarte ahí sentado? ¿Sin hacer nada?

STEPHAN: Estoy tratando de afinar mi guitarra. Es lo mejor que puedo hacer, y lo único.

SASHA: No te enojes, Stephan. Pero es que… a veces te veo murmurar… como si estuvieras en otra parte. (SE ANGUSTIA) Me das miedo. Ya vi a muchos como vos. Casi no hablan con nadie, y se encierran a morir donde no se los moleste. Si te morís… vas a faltar a la palabra que le diste a mi padre. No quiero quedarme solo. Ya perdí demasiado.

STEPHAN LE PALMEA AFECTUOSAMENTE EL HOMBRO.

STEPHAN: No vas a quedarte solo. Aún tengo una buena razón para vivir.

SASHA: Lo sé. Yo.

STEPHAN: Sí, sí, por supuesto... Y Lena.

SASHA: (DECEPCIONADO) Ah, Lena.

STEPHAN: ¿No es una broma del destino haber encontrado el amor en pleno gueto de Varsovia? ¿En este basural donde la única liberación posible es la muerte?

SASHA: No hables así. La odio.

STEPHAN: ¿A la muerte?

SASHA: A Lena. Desde que apareció perdiste la alegría.

STEPHAN: ¿Alegría? ¿Cómo querés que esté alegre? Casi no la veo desde que su madre enfermó. Le pedí que se cuidara, podría ser contagioso.

SASHA: ¿Te acordás de los partidos de futbol en el zaguán? Jugábamos con una pelota de papel hasta caer rendidos, y después devorábamos el guiso caliente que preparaba la señora Kovack. Todo era distinto.

STEPHAN: Claro que era distinto. En primer lugar, la señora Kovack aun no había sido arreada hasta la estación, rumbo a quien sabe dónde. En segundo lugar... yo trabajaba en el gueto menor, en ese Café de la calle Leszno (SUENA COMO FONDO MUSICA DE JAZZ, UNA GUITARRA ACOMPAÑANDO EL RELATO. UN FOCO DE LUZ ROJIZA ILUMINA A STEPHAN). Podía sentirme vivo cada noche tocando jazz con la banda de Feldman, recibiendo aplausos, y sobre todo, billetes. Una vez logré que Lena fuera a escucharme... y ese día toqué mejor que nunca. Estaba tan orgullosa de mí. (SUSPIRA) No, Sasha. Perdí la alegría cuando los nazis decidieron cerrar el Café Sztuka (SE CORTA LA MUSICA Y SE APAGA EL FOCO), con la misma facilidad que le permitieron funcionar. Y tuve suerte de traerme al menos mi guitarra. (MIRA LA GUITARRA, LA ACARICIA) Me cuesta creer que alguien la haya abandonado en la nieve. (LO MIRA) ¿Fue así?

SASHA: La verdad es que… no la encontré en la nieve. Yo… La entré de contrabando al gueto.

STEPHAN: Debí imaginármelo.

SASHA: Pagué mucho por ella. Quise dártela para tu cumpleaños.

STEPHAN: Lo sé... Lo sé... Y no dejo de agradecértelo. Pero…

SASHA: Entonces tocá para mí. Una canción bielorrusa, como las que escuchaba en Minsk.

STEPHAN: No conozco canciones de Minsk. (IRONICO) ¿Por qué no sobornas a un guardia bielorruso para que te la cante?

SASHA: (LO MIRA) Cantá vos, en yiddish.

STEPHAN: ¡Y dale con el yiddish! ¡Tenés una enfermedad con el yiddish! ¡Te parecés tan endemoniadamente a Paul!

SASHA: ¿Paul?

STEPHAN: Mi estúpido hermano. Él también estaba obsesionado con hacerme cantar en yiddish.

SASHA: Te envidio. Yo no tuve hermano. Sólo una hermanita menor que se llevaba la atención de papá.

STEPHAN: “Te avergonzás de ser judío”, solía decir. Y lo disfrutaba, porque yo lo veía aguantar la risa cuando se empeñaba en hacerme cantar… esa canción.

SASHA: ¿Qué canción?

STEPHAN: No importa.

SASHA: Vamos, ¿qué canción?

STEPHAN: ¿Por qué sos tan pesado?

SASHA: ¿Qué canción? ¿Qué canción? ¿Qué canción?

STEPHAN: (GRITA) ¡Ay, Dios!

SASHA BAJA LA CABEZA. STEPHAN SUSPIRA RESIGNADO.

STEPHAN: Está bien. “Bei mir bist du schön".

SASHA: (DECEPCIONADO) Eso es alemán. Creí que era una canción judía.

STEPHAN: Era una canción muy popular en su versión alemana, hasta que los nazis descubrieron que la letra original es en yiddish. Y la prohibieron.

SASHA: ¿En yiddish? Entonces se llama… Bai Mir Bistu Shein.

STEPHAN: Schön.

SASHA: Shein. En yiddish es... shein.

STEPHAN SE ENCOGE DE HOMBROS Y EMPIEZA A PUNTEAR EN LA GUITARRA LA MELODÍA DE LA CANCIÓN.

STEPHAN: También hubo una versión en inglés. Se bailaba al ritmo de swing.

SASHA: ¿Swing? ¿Qué es eso?

STEPHAN: Swing... ya sabés... Benny Goodman... ¿No oíste hablar del gran Benny Goodman?

SASHA: N... no... ¿Es un rabino?

STEPHAN: ¿Vivías en Minsk o en una caja de zapatos? Hablo del rey del swing. Todo el mundo conoce a... Bueno, no importa.

SASHA: (ENTUSIASMADO) Quiero escucharla.

STEPHAN: Comprate un disco.

SASHA: A vos. Cantala, Stephan. En yiddish.

STEPHAN: Dije que no.

SASHA: Por favor... Cantala. Mi madre me cantaba en yiddish.

STEPHAN: ¡Pero yo no soy tu madre! ¡Y jamás voy a cantar en ese maldito dialecto!

SASHA: (TRISTE) Oí a un SS decir lo mismo. Maldito dialecto.

STEPHAN SE QUEDA MIRANDOLO, TURBADO. SE LEVANTA

STEPHAN: ¡Lo lograste! ¡Lograste que perdiera la paciencia!

SASHA: ¿A dónde vas?

STEPAHN: (IRONICO) Al cine, hoy dan una de Leni Riefenstahl. (EXPLOTA) ¡No hagas preguntas estúpidas! ¡Voy a la alcantarilla!

SASHA: ¿Otra vez? ¿A esperar a ese tipo? No va a venir.

STEPHAN: Sí va a venir.

SASHA: Seguro que no. Ya tomó el poco dinero que tenías. Te estafó.

STEPHAN: ¡No me estafó! Salluzi nos va a conseguir un buen lugar al otro lado del muro.

SASHA: Stephan…

STEPHAN: Vamos a vivir felices, como buenos cristianos. No tenemos rasgos semitas, me lo dijo Salluzi. Yo luzco bien alemán, también Lena, aunque es checa. Y vos tampoco parecés judío, siempre que no hables. Tenés acento yiddish.

SASHA: Pero, Stephan…

STEPHAN: Lena será mi esposa, y vos… mi hermanito mudo.

SASHA: (LE CUESTA, PERO SE ANIMA) Conozco a alguien de la Resistencia Polaca, me dijo que hay muchos estafadores como Salluzi, si es que se llama así. Se aprovechan de los judíos.

STEPHAN: ¡No quiero escuchar más tonterías!

SASHA: Pero… Stephan… Ya va a hacer un mes que lo estás esperando. Y él te dijo que…

STEPHAN: ¡Que vendría por nosotros en cuanto pudiera! ¡Vendrá! ¡Tiene que venir! 

EMPIEZA A ESCUCHARSE RUIDO DE BOTAS ACERCANDOSE EN LA CALLE. SOLDADOS QUE MARCHAN. STEPHAN Y SASHA PARALIZADOS.

SASHA: ¡Te lo dije! ¡Te lo dije! ¡Nos denunció!

STEPHAN: Shhh… ¡Bajá la voz!

SASHA: (VOZ BAJA) ¡Salluzi! ¡Seguro que nos denunció!

QUEDAN MIRANDOSE, TENSOS. LAS BOTAS SE ALEJAN.

STEPHAN: ¿Ves? ¿Ves que estás loco? Desconfiás hasta de tu sombra.

SASHA: Está bien, no nos denunció. (PAUSA) Todavía. Pero vas a ver. Nunca me gustó ese tipo. Se relamía al agarrar las monedas. Te engañó.

STEPHAN: ¿Pensás que soy un estúpido? ¿Te creés que un mocoso como vos me puede enseñar algo sobre la miseria humana?

SASHA: No es eso.

STEPHAN: ¡Yo sé lo que es la mentira, Sasha! ¡Yo vi la sonrisa cálida del oficial de la Gestapo cuando decía que no me preocupara, que mi familia y yo debíamos acompañarlo a la seccional para ser identificados, que esa misma noche volveríamos a casa! También sonreían cuando esa misma noche nos encerraron junto con… no sé… trescientas o cuatrocientas personas… Y al otro día, sonreían más amables que nunca mientras nos cargaban en un tren, sin agua ni retrete, sin abrigo, sin nada para comer.

SASHA: Tuviste suerte. Con mi familia pasó lo mismo, pero no sonreían. Gritaban: ¡Rauss, juden, rauss!!! A mi padre lo molieron a palos… antes de robarse todo lo que teníamos.

STEPHAN: Lo sé, ya me lo contaste.

SASHA: No te conté lo de la estación. Ahí esperamos muchas horas a que nos dijeran qué hacer. A veces… los alemanes le disparaban a alguien de la fila. El estampido me asustaba. Entonces me agarraba del brazo de mi padre. Él nunca dejó de acariciarme la cabeza.

STEPHAN: Tu padre fue un gran hombre, Sasha. Él me recogió de las calles del gueto y me trajo a esta casa… para curarme las heridas…

SASHA: Nunca lo había visto llorar, hasta ese día. Cuando nos empujaban para subir al tren… mi madre se acercó a un oficial de las SS… y le preguntó a dónde nos llevaban. El oficial bajó el papel que estaba leyendo… la miró, muy tranquilo. Pensé que iba a contestarle… pero no… sacó su arma… la puso en la boca de mamá… adentro de la boca… (MUY ANGUSTIADO) Y entonces… Entonces…

DE PRONTO EMPIEZA A JADEAR CADA VEZ MAS FUERTE.

STEPHAN: ¿Qué… qué te pasa?

LA BOCA DE SASHA SE ABRE DESMESURADAMENTE. PARECE AHOGARSE.

STEPHAN: ¡Por Dios!!! ¡Sasha!!!

SASHA SE TOMA EL PECHO, ESTÁ POR CAER. STEPHAN LO AGARRA.

STEPHAN: ¡Sasha!!!

SE VAN APAGANDO LAS LUCES.

 

SEGUNDA PARTE

DE A POCO SE ABREN LAS LUCES. NADIE. DE PRONTO ENTRA DE CALLE STEPHAN, EXCITADO (LLEVA PUESTOS GUANTES ALGO ROTOS).

STEPHAN: ¡Sasha! (SE SACA LOS GUANTES Y ECHA ALIENTO A LAS MANOS. TACONEA UN POCO PARA QUITARSE EL FRIO) ¡Sasha! ¿Dónde estás? (MIRA EN EL BAÑO) Pero… ¿dónde te metiste? (SE QUEDA DURO) ¡Ay, Dios! ¡Que no se lo hayan llevado! (GRITA) ¡Sasha! ¿Dónde mierda estás, Sasha? (VA GRITANDO HACIA LA PUERTA DE CALLE) ¡Sashaaaa!

STEPHAN: ¡Sasha! ¡Vas a matarme del susto! ¿Se puede saber a dónde fuiste???

SASHA: (MUY NERVIOSO) A… vender mis cigarrillos.

STEPHAN: ¿A vender tus…? Pero… ¿se te derritió el cerebro? ¡Te dije que no salieras, no después de ese ahogo que sufriste!

SASHA: Eso fue hace dos días, Stephan.

STEPHAN: ¡Dos días no es nada! ¡Estás débil! ¡Tenés que descansar! Es lo que habría dicho el doctor Steinberg, si lo hubiese encontrado.

SASHA: Estoy bien. (LO PIENSA) No, no. Estoy mal.

STEPHAN: Decidite. ¿Qué pasa? ¿Sentís que… te va a dar de nuevo? ¿Otro ataque?

SASHA: No es eso, Stephan. Pasa que… (SILENCIO)

STEPHAN: (ANSIOSO) ¿Qué cosa?

SASHA: Esperá, voy al baño.

STEPHAN: Pero…

SASHA ENTRA AL BAÑO. STEPHAN SE ACERCA A LA PUERTA DEL BAÑO (ESTÁ LA CORTINA CERRADA). SE CRUZA DE BRAZOS.

STEPHAN: ¿Vas a contarme o qué? (PAUSA) Vamos, decí algo. (PAUSA) ¡Sasha! ¡Hablá de una vez! (PAUSA) ¿Todavía estás vivo?

RUIDO DE BALDAZO EN EL INODORO.

STEPHAN: (MURMURA) Está vivo.

LUEGO DE UNOS SEGUNDOS, SASHA SALE PREOCUPADO.

STEPHAN: ¿Y ahora me vas decir qué mierda te pasa?

SASHA: Fui hasta el muro de la calle Kozla, a verme con un contacto.

STEPHAN: (MOLESTO) ¡Mejor ni me lo digas! ¡No quiero saber!

SASHA: Espié al otro lado del muro… y lo vi, Stephan. Lo vi.

STEPHAN: ¿Viste qué?

SASHA: Lo que están por hacer. Hay muchos guardias… y soldados...

STEPHAN: ¿Y qué? Siempre están ahí. Son los que evitan que vayamos de vacaciones a una playa de La Riviera.

SASHA: No entendés. No entendés nada. Es un ejército de guardias, y están en formación, como para un desfile. Un oficial alemán pasaba revista. Parece que están esperando la orden.

STEPHAN: (DESCREIDO) ¿Orden para qué?

SASHA: (LO MIRA) Para entrar. Van hacer lo del año pasado, eso que llaman “la gran acción”. Vienen por todos nosotros.

STEPHAN: Ya se agruparon antes y al final no pasó nada.

SASHA: Esta vez sí. Es lo que se comenta en todo el gueto.

STEPHAN: Habladurías. La gente necesita divulgar rumores. A falta de pan, con algo deben ocupar la boca.

SASHA: Todos dicen que los alemanes de pronto se volvieron amables, que hasta frenaron los fusilamientos en las calles. Ofrecen comida a quienes vayan voluntariamente a la Unchasplatz. Van a acabar con el gueto, Stephan.

STEPHAN: Vamos, tranquilo. Pase lo que pase vos y yo estamos a salvo.

SASHA: ¿A salvo?

STEPHAN SACA DOS TARJETAS DE SU BOLSILLO.

STEPHAN: ¿Sabés lo que es esto? (RIE) Al final te hice caso, Sasha. Salí a buscar un empleo. Por pura casualidad, me encontré en la calle con Feldman, ya te conté de él, era el director de la banda de jazz donde yo tocaba.

SASHA: ¿Y eso qué importa? ¡Tenemos que hacer algo! ¡Unirnos a la Resistencia!

STEPHAN: ¿Querés cerrar esa bocaza y escuchar? Ahora Feldman es uno de los capataces judíos en una fábrica de armamento, fuera del gueto. Le pedí trabajo para vos y para mí. ¡Y aceptó!

SASHA: ¿Aceptó qué? ¿De qué estás hablando?

STEPHAN: ¡De la vida, Sasha! ¡Estas tarjetas de trabajo son el pasaporte a la vida! Los alemanes no molestan a los que trabajan en fábricas alemanas. Por eso estoy tan tranquilo por Lena. La fábrica de cepillos que la emplea es de las más seguras. (LE MUESTRA LAS TARJETAS) Miralas, y sentite afortunado.

SASHA TOMA LAS TARJETAS Y LAS MIRA.

SASHA: ¿El pasaporte a la vida?

STEPHAN: Exacto. Mañana nos levantamos bien temprano para unirnos a los demás operarios. Los SS nos van a escoltar hasta el lado cristiano, y después todo el trayecto hasta la fábrica de armas.

SASHA: No entiendo… ¿Qué fábrica?

STEPHAN: Imaginate salir por unas cuantas horas de esta ratonera. Quizás podamos comprar comida allá afuera, ¿eh? (ESPERANZADO) Y hasta puede que Salluzi trate de buscarme.

SASHA: Stephan… ¿dijiste fábrica de armas?

STEPHAN: Sí, sí. De Walter Többens, creo que me dijo.

SASHA: ¿Armas… para los alemanes?

STEPHAN: No ha de ser para los zulúes. La fábrica es alemana, Sasha. Trabajaríamos para ellos.

SASHA: A ver si te entiendo. ¿Vamos a fabricar las armas con las que van a matarnos?

STEPHAN QUEDA CON LA BOCA ABIERTA.

STEPHAN: (REACCIONA) No, no van a matarnos. Si lo hicieran, no tendrían quien fabricara las armas. Y ellos las necesitan con urgencia en el frente ruso.

SASHA: Es que yo quiero que los rusos le ganen a Hitler.

STEPHAN: Yo también

SASHA: Entonces… ¿por qué vamos a fabricar armas para matar rusos?

STEPHAN: ¡Dejate de joder! Bastante me costó conseguir la tarjeta para vos. Feldman quería darme sólo una. Tuve que convencerlo de que serías útil. Así que mañana venís conmigo a la fábrica.

SASHA: No.

STEPHAN: ¿No qué?

SASHA: Que no voy. (Y LE DEVUELVE LAS TARJETAS)

STEPHAN: ¿A dónde no vas?

SASHA: A esa fábrica. Yo no trabajo ahí.

STEPHAN: No seas estúpido. ¿Sabés lo que pagaría cualquiera en el gueto por una tarjeta como ésta? ¿Y vos, desagradecido, me venís con que no vas?

SASHA: Yo no trabajo para ellos. ¿Nunca viste cómo se divierten los SS?

STEPHAN: ¿Y eso a qué viene?

SASHA: Salen de cacería. Van en sus coches por el gueto y disparan a todos los que aparecen en su camino, sin motivo, por deporte. A veces toman una casa entera para matar a los que la ocupan. Los vi disparar a una madre con sus chiquitos, en la panza, y en la boca… en la…

SASHA SUFRE UN BREVE AHOGO, NO TAN FUERTE COMO ANTES.

STEPHAN: ¡Sasha! ¡Ay, no! ¡Tranquilo! Si te da otro ataque no sabría qué hacer.

SASHA: En Minsk… no teníamos medicinas… Eran muy caras.

STEPHAN: ¿Y cómo hacían con tus ataques? 

SASHA: Cuando papá veía que estaba por darme un ahogo, me tomaba entre sus brazos y contaba un cuento. Así me curaba.

STEPHAN: ¿Con un cuento?

SASHA: Vos podrías hacer lo mismo.

STEPHAN: ¿Yo? No. Yo no sé nada de cuentos.

SASHA: Alguno tenés que conocer. Seguro que tu papá te contaba muchos.

STEPHAN: Mi padre era médico en Berlín, llegaba siempre tarde a casa. Y mi madre era enfermera. No, en casa no había tiempo para cuentos.

SASHA: Entonces inventá uno, para mí.

STEPHAN: ¿Por qué habría de inventar un maldito cuento? Ya estás grande para eso.

SASHA: Pero sigo triste. No puedo dejar de pensar en mi mamá. Tengo miedo. (OTRO BREVE AHOGO)

STEPHAN: (ALARMADO) No, no. Esperá. Calmate, por favor. (PIENSA RAPIDO) ¡Mirá! (Y EMPIEZA A HACER FINTAS DE BOXEADOR, CON SALTITOS Y GOLPES AL AIRE) ¡Mirame!

SASHA: (LO MIRA) ¿Qué hacés?

STEPHAN: ¿Sabías que en Alemania fui campeón de box?

SASHA: ¿En serio? ¿De box? ¿Fuiste campeón del mundo?

STEPHAN: Sólo de mi colegio.

SASHA: ¿Y les pegabas a tus rivales?

STEPHAN: De eso se trata el box. Les pegás o te pegan. Yo era el campeón. ¿Sabés? En cuanto subía al ring las chicas se volvían locas, y mis compañeros de curso me aclamaban. Yo era conocido como Kid Django.

SASHA: ¿Kid Django?

STEPHAN: Así me hice llamar, por el gran Django Reinhard.

SASHA: ¿Quién?

STEPHAN: No importa. Fui campeón dos años seguidos, hasta que me gradué. Todos decían que tenía un gran futuro en el box, comparaban mi cross de derecha con el de Max Schmeling.

SASHA: ¡Eso es fantástico, Stephan! ¡Qué bueno debiste ser! (LO MIRA) ¿Quién es Max Schmeling?

STEPHAN: ¿Existía algo parecido a una radio donde vivías? Max Schmeling fue el gran campeón alemán. Fueron memorables sus peleas con Jack Dempsey (LO MIRA) Ya sé, vas a preguntarme si Dempsey era un rabino. Es lo que pensabas, ¿verdad?

SASHA: No. Pensaba que… si esa noche estabas conmigo, los guardias no hubieran apaleado a mi papá.

STEPHAN: Te aseguro que yo nunca lo hubiese permitido.

SASHA: Recuerdo que me subió rápido al tren… para que el oficial no me matara. Y fue en ese tren, cuando desperté, que lo vi llorar.

STEPHAN: No… Olvidate de eso. Ya no pienses… Vamos… vamos a trompear a Kleinman. (SASHA SIGUE TRISTE) ¿Te parece bien Kleinman? ¿No tenés ganas de que le demos su merecido?

STEPHAN MIRA A UN RIVAL IMAGINARIO Y SONRIE.

STEPHAN: ¡En guardia, Kleinman!  (BAILOTEA Y PEGA) ¡Tomá esto, y esto, y esto!

SASHA LO MIRA, COMO VOLVIENDO DE SUS AMARGOS RECUERDOS, CONFUSO. STEPHAN SIGUE PEGANDO AL AIRE.

STEPHAN: ¡Tenés los ojos en compota, Kleinman! ¡Ahora te bajo los dientes! ¡Tomá, imbécil, chupamedias, traidor!

SASHA: (SE ANIMA) ¡Sorete!

STEPHAN: ¡Bien dicho! ¡Sorete! ¡Estocada final (DOBLE JAB AVANZANDO) y Kleinman al piso! Totalmente dormido, sufriendo pesadillas. (A SASHA) Quizás sueñe que su amo alemán pierde la guerra.

SASHA RIE MIENTRAS LE LEVANTA LA MANO A STEPHAN.

SASHA: ¡Una nueva victoria de Kid Fango!

STEPHAN: ¡Django, pedazo de inculto! ¡Django Reinhard! ¡El genio de la guitarra! (RIE) ¿A quién más le doy una paliza? Vamos, aprovechá que tengo los músculos calientes. ¿A quién?

SASHA: A… A Hitler.

STEPHAN: (LE GUSTA) ¿Hitler? Oh, oh, oh… Esa será una pelea muy especial. Sentate y contemplá al campeón. (EN GUARDIA, FRENTE A UN CONTENDIENTE IMAGINARIO) Voy a darte una lección de boxeo, Adolf. ¿Querés saber lo que es un cross de izquierda? (LO TIRA) ¡Esto es! ¿Y qué tal un buen gancho al estómago? (LO TIRA) ¡Y otro! (LO TIRA CON LA OTRA MANO) Ohhhh… veo que te arruiné la digestión. (SASHA RIE) ¿Qué te parece una combinación de jab y directos (TIRA CUATRO GOLPES) ¿Te dolió, estúpido? ¿Se te arrugó el gusano que tenés por bigotito?

SASHA: ¡Arrancale el bigote! ¡Pelo por pelo!

STEPHAN: Eso sería foul, Sasha. No querrás que me descalifique el señor juez.

SASHA: Entonces… ¡aplastale la nariz!

STEPHAN: Eso sí está permitido. ¡Tomá esto, Adolfito! (TIRA DOS DIRECTOS A LA CARA) ¡Y esto! (OTROS DOS GOLPES).

SASHA: ¡Quedó tarado! ¡Acabá con él! ¡Destrozalo! ¡Despanzurralo a ese nazi!

STEPHAN: (JUGANDO, A SASHA) ¿Qué dijiste? ¿Así que Hitler es nazi? (MIRA AL HITLER IMAGINARIO) ¡Odio a los nazis! (Y LE LANZA UNA COMBINACIÓN DE SEIS A OCHO GOLPES RAPIDOS)

SASHA: (VITOREA) ¡Bieeeen! ¡Bravo, campeón! ¡Liquidalo!

SASHA SE CORTA AL VER QUE ENTRA UN SOLDADO ALEMAN, ALGO OBESO, CON SU METRALLETA. STEPHAN NO LO VE Y SIGUE TIRANDO GOLPES.

STEPHAN: ¡Comete ésta, gordito! ¡Y ésta!

EL ALEMAN LO MIRA SIN ENTENDER NADA. SASHA TIRA DE LA MANGA A STEPHAN PARA ADVERTIRLE, PERO ESTE SIGUE EN LA SUYA.

STEPHAN: Esperá, Sasha. Los autógrafos al final. Primero tengo que nockear a Hitler.

EL ALEMAN ABRE LA BOCA, INDIGNADO. SASHA SE TAPA LOS OJOS CON LAS MANOS, COMO NO QUERIENDO VER LO PEOR.

STEPHAN: Y aquí va… el directo mortal de Kid Django. ¡Adiós, Adolfito! (LANZA ESPECTACULAR GOLPE AL AIRE) ¡Y va el tirano a la lona! ¡El juez empieza la cuenta! ¡Uno, dos, tres, cuatro…!

ALEMAN: (FURIOSO) ¡Diez!

STEPHAN: (A SASHA) No te apures, Sasha. Disfrutá de… (SE PARALIZA). (CON TEMOR) Sasha… Sashita… ¿Me parece o te cambió la voz?

SASHA: (AFÓNICO) Un poco.

EL ALEMAN AGARRA POR LA PARTE POSTERIOR DEL CUELLO A STEPHAN (NO SE VEN LAS CARAS).

ALEMAN: ¡Maldito judío! ¡Te atreviste a burlarte del führer!

STEPHAN: (MUY NERVIOSO) Yo… Yo sólo… Yo…

ALEMAN: ¡Cerrá la boca! (LO SUELTA Y LE APOYA EL CAÑO DE LA METRALLETA EN LA CABEZA. STEPHAN CIERRA LOS OJOS, COMO REZANDO) ¡Y ahora preparate! ¡Voy a salpicar la pared con cada gota de tu cerebro!

SASHA REACCIONA Y RECOGE UNA MADERA DEL PISO.

STEPHAN: (AL ALEMAN, SIN MIRARLO) Espere…yo solo estaba jugando… bromeaba… Jamás se me ocurriría ofender al führer.

ALEMAN: (DESTRABA EL ARMA) ¡Estás muerto, judío mentiroso!

SASHA LEVANTA LA MADERA Y SE ACERCA AL ALEMAN COMO PARA GOLPEARLO.

SASHA: ¡Noooooo!

EL ALEMAN GIRA LA CABEZA DE GOLPE Y LE DA UNA PATADA A SASHA, LANZÁNDOLO AL PISO. LE APUNTA CON EL ARMA.

ALEMAN: (A SASHA) Ya no te preocupes por el hambre, animalito piojoso. ¡Porque voy a llenarte la panza de plomo!

STEPHAN: (GRITA) ¡Soltalo!!!

EL ALEMAN MIRA FURIOSO A STEPHAN.

ALEMAN: (IRONICO) ¿Estás pidiendo turno para morir primero? (LO AGARRA DEL BRAZO Y LO ARROJA JUNTO A SASHA. SONRIE) Pero no voy a complacerte. Primero este pequeño cerdo. Después vos.

STEPHAN: (ANGUSTIADO) Por favor… Él es un niño… Máteme, pero a él déjelo ir… Por favor… Dispáreme a mí…

SASHA: ¡No, Stephan! ¡No!

EL ALEMAN MIRA EXTRAÑADO A STEPHAN. DUDA.

ALEMAN: ¿Stephan? ¿Te llamás Stephan?

STEPHAN ASIENTE CON LA CABEZA, NERVIOSAMENTE. EL ALEMÁN AGARRA A STEPHAN POR EL CUELLO Y LO ACERCA A SU CARA.

ALEMAN: ¡Con que Stephan! ¡Te llamás Stephan!

STEPHAN: (CON MIEDO) S… sí.

SASHA: (A STEPHAN) Vamos a morir porque no le gusta tu nombre.

ALEMAN: No… No puedo creerlo… ¡Stephan! ¡Stephan Jacobi! ¿Es que no me reconocés?

STEPHAN: (SORPRENDIDO) ¿Herman?

SASHA MIRA BOQUIABIERTO.

ALEMAN: (CON AFECTO) ¡Stephan! (LO ABRAZA) ¡Mi querido amigo! ¡Tanto tiempo que no te veía!

AL ABRAZARLO QUEDA EL CAÑO DE LA METRALLETA APUNTANDO A STEPHAN, QUIEN SEÑALA EL ARMA.

STEPHAN: ¿Te molestaría…?

ALEMAN: (MIRA SU ARMA) Ah, sí. Disculpá. (SE SEPARA Y CORRE EL ARMA, QUE QUEDA SOBRE SU ESPALDA) ¿Qué andás haciendo por acá?

STEPHAN: ¿Yo? Me… dedico a emprendimientos inmobiliarios. Me dijeron que acá en el gueto se consiguen casas baratas.

ALEMAN: (RIE) Oh, Stephan. El chistoso de siempre. La guerra no te ha cambiado.

SASHA, QUE HA ESTADO VIENDO, SORPRENDIDO, SE DIRIGE A STEPHAN.

SASHA: ¿Ustedes se conocen?

ALEMAN: ¿Conocernos? Formábamos parte del mismo grupo de amigos… en la vieja Berlín.

SASHA: (A STEPHAN) ¿Cómo podés ser amigo de un sucio nazi? (EL ALEMAN LO FULMINA CON LA MIRADA) Nada personal, eh.

EL ALEMAN LO PASA POR ALTO Y SIGUE HABLANDOLE A STEPHAN.

ALEMAN: ¿Te acordás de Peter, el sacacorchos?

STEPHAN: (A SASHA) Abría las botellas de vino con los dientes. (AL ALEMAN) ¿Qué sabés de él? ¿Sigue dando clases de baile en ese club de la Sophiestrasse?

ALEMAN: (GESTO DE PESAR) No. Oficialmente murió peleando con heroísmo en el frente ruso. (CONFIDENCIAL) En realidad… se le congeló el intestino mientras cagaba en la nieve.

GESTO DE ASCO DE SASHA, QUE LOS OTROS NO VEN.

STEPHAN: (SENTIDO) Qué terrible. De veras lo siento, Herman. (PAUSA) ¿Y Hans? ¿Qué has sabido de él?

ALEMAN: ¡Hans! ¡Hans Gerhard! ¡La cantidad de cerveza que se tomaba cuando salíamos de parranda!

STEPHAN: (RIE) ¡Por donde pasaba se agotaba la existencia de cerveza! (A SASHA) A su lado, todos nosotros parecíamos sobrios y mojigatos.

ALEMAN: (RIE, A SASHA)) El muy borrachín siempre andaba de magnífico humor. Era el que animaba todas nuestras fiestas.

SASHA SONRIE FALSO Y VA HASTA UN RINCON DONDE SE SIENTA A MIRARLOS, MENEANDO LA CABEZA.

STEPHAN: ¡Y el que más chicas conquistaba! Me pregunto si seguirá con esa manía de coleccionar novias.

ALEMAN: (DE PRONTO SERIO) Ya no. Lo mataron en Francia. Un atentado de la Resistencia, creo.

STEPHAN: Dios mío. ¿Hans? ¿Muerto?

ALEMAN: Estamos en guerra, Stephan.

SASHA: (SENTADO EN UN RINCON, MURMURA) ¿Había una guerra? De lo que me vengo a enterar.

STEPHAN: Me da miedo preguntar por Wilco. Yo… éramos muy compinches. (LO MIRA) No me digas que él también…

ALEMAN: No, no murió. Peleó en el desierto, con el Afrika Korps. Ahora está de vuelta en Berlín.

STEPHAN: No sabés el alivio que me das. Siempre sentí un gran cariño por él. Recuerdo las veces que jugamos al fútbol contra esos cuadrúpedos de la Juventud Hitlerista.

ALEMAN: (MOLESTO) ¡Cuidado con lo que decís!

STEPHAN: Vamos, Herman. Vos también los llamabas cuadrúpedos, y hasta maricas.

ALEMAN: (TURBADO) Shhh… (MIRA A TODOS LADOS) Eso… era antes.

STEPHAN: ¡Les ganamos seis a cero! ¡Lo furiosos que estaban! Wilco los llenó de goles. ¡Qué número nueve! ¡Qué equipo extraordinario armamos bajo su capitanía! Ojalá algún día volvamos a jugar juntos.

ALEMAN: (SERIO) Fue herido en el frente. Cuando lo visité en el hospital, me enteré de que… le habían amputado las piernas.

STEPHAN LO MIRA CON DOLOR.

STEPHAN: ¿A Wilco? ¿Wilco sin piernas?

ALEMAN: Hablé con él pocos minutos, y me fui rápido con un pretexto. Ni siquiera me atreví a preguntarle cómo se sentía. No sé qué fue de Fritz. Quizás ha muerto también, no lo sé.

STEPHAN: (TRISTE) ¿Por qué, Herman? ¿Por qué? Éramos un grupo tan unido, tan…  lleno de vida. ¿Qué han hecho con nosotros? ¿Cómo dejamos que ocurriera?

ALEMAN: No tuvimos la culpa. Había que defender a la patria.

STEPHAN: ¿Defenderla de qué?

ALEMAN: De… los judíos.

STEPHAN: ¿Y qué te han hecho los judíos? Yo… yo era parte del grupo, Herman. Vos decías que eras mi amigo.

ALEMAN: Y lo sos… (INCOMODO) Lo eras. Es que… No es cosa mía, es la ley. Es por todo lo que ustedes le hicieron a Alemania. El cuchillo por la espalda, la traición.

STEPHAN: (ATONITO) ¿De qué hablás?

ALEMAN: Por culpa de ustedes perdimos la otra guerra, no pelearon como nosotros.

SASHA: (REACCIONA) ¿Ah, no? ¿Y mi tío Motl?

ALEMAN: (LO MIRA) ¿Quién diablos es tu tío Motl?

SASHA: Mamá me mostró una foto de mi tío, que era alemán. Y murió en la guerra. En la foto tenía el uniforme de Alemania, con ese cuernito en el casco.

ALEMAN: (MOLESTO) Sería un disfraz de Carnaval.

STEPHAN: (INDIGNADO, A HERMAN) ¿Y mi padre? Vos sabés que luchó bajo la bandera alemana en Verdún… y que lo hirieron gravemente. Le otorgaron dos veces la cruz de Hierro. Vos mismo las viste en la vitrina de la sala.

ALEMAN: (EVASIVO) No lo recuerdo.

STEPHAN: Lo recordás muy bien, siempre las admiraste. De chico venías a casa y le pedías a mi padre que te dejara tocarlas. Siempre llegabas a la hora de la merienda, porque amabas el strudel con chocolate caliente que te servía mi mamá. ¿Te acordás? Bebías una taza y después la mirabas con ojos de carnero degollado. Ella se reía y volvía a llenártela.

SASHA: Por eso está gordo.

ALEMAN: ¡Vos callate!

STEPHAN: Volabas de fiebre. Tu padre estaba sin trabajo y no podía pagar un médico, pero eso al mío no le importó, y no dejó de atenderte hasta que sanaste del todo. (SE ACERCA) ¿Cuál es ese mal que te hizo, Herman? Explicame por qué me estás hablando de “ustedes y nosotros”, cuando antes solo éramos “nosotros”.

ALEMAN: (ANGUSTIADO) ¿Te creés que no extraño esa época? Nunca fui tan feliz como en aquellos años.

STEPHAN: Pero te alejaste. Te enrolaste en la Juventud Hitlerista.

ALEMAN: ¡Yo no quería! ¡Mi padre me obligó! (PAUSA) Mamá se puso muy mal. A ella no le gustaba Hitler. Decía que era enemigo de la iglesia, que el pastor no hacía más que criticarlo en el púlpito. Vos sabés que ella era una ferviente cristiana, y por eso a veces discutía con mi padre. Él era… más realista, según decía. A él solo le importaba tener un buen trabajo con el que alimentarnos. Sufrió mucho cuando murió mamá.

STEPHAN: ¿Tu madre…? No lo sabía. Lo siento mucho, Herman.

ALEMAN: (CON DOLOR) Fue hace un par de años.  Pude llegar hasta su lecho de muerte. Estaba muy débil. Me acarició la frente y sonrió, pero… la vi mirar con tristeza las calaveras de mi uniforme. Pobre mamá. Ella odiaba todo lo que estaba pasando, odiaba al führer.

STEPHAN: Pero vos lo amás. Por algo estás aquí, con esa metralleta en la mano.

ALEMAN: (AUN SUMIDO EN EL DOLOR) ¿Que amo al führer, decís? ¿Que amo a ese hijo de puta que nos arrastró a esta guerra de mierda? (REACCIONA. MIRA A TODOS LADOS) ¡Mirá lo que me hacés decir! (SE APARTA, VA HACIA LA PUERTA, SE DETIENE Y MIRA A STEPHAN) ¡Andate de aquí! ¡Desaparecé! ¡Escondete en la cloaca más profunda que puedas encontrar!

STEPHAN: Pero…

ALEMAN: ¡Ya no hables! ¡Huí! ¡Hacé oídos sordos a cuanta promesa te hagan los oficiales! ¡Aunque te ofrezcan un pan y el mejor queso! ¡No les creas! ¡Huí, y llevate a este mocoso con vos!

SASHA: ¡Mocoso tu culo!

STEPHAN: ¡Sasha!

ALEMAN: Adiós, Stephan. Suerte.

STEPHAN TOMA UNA TAZA, RECOGE RAPIDAMENTE AGUA DEL BALDE, QUE ESTÁ SOBRE LA MESA.

STEPHAN: Herman… (ELEVA LA TAZA) ¡Por los viejos tiempos!

ALEMAN: (ASIENTE, SONRIE TRISTE) Por los viejos tiempos.

TRUENA UNA VOZ ALGO LEJANA QUE VIENE DE AFUERA.

VOZ: ¡Herman! ¡Dónde te metiste, gordinflón! ¿Encontraste alguna rata judía?

HERMAN: (TENSO) ¡No! ¡Ninguna rata judía! (A STEPHAN, POR LO BAJO) Nada personal, eh. (Y SE VA)

STEPHAN DEJA CAER LA TAZA DENTRO DEL BALDE, DESALENTADO.

STEPHAN: (MURMURA) Nada personal.

SASHA: (SE ACERCA) Lindos amiguitos tenías en la escuela. ¿Qué más? ¿Jugabas a la mancha con Hitler?

STEPHAN: No es tan simple como creés, Sasha.

SASHA: Para mí es muy simple. Un alemán es un nazi. Les gusta matarnos.

STEPHAN: No todos son así. Te hablé de Max Schmeling, ¿verdad?

SASHA: ¿El campeón de box?

STEPHAN: Una vez, hace mucho, hablé con un entrenador. Me dijo que siguiera practicando, y que lo viera en un año, que quizás me tomaba como su pupilo. Era un buen hombre. Él conocía a Schmeling y me contó algo sobre él, en confidencia. Me dijo que el campeón tenía un sastre judío, y que lo apreciaba tanto que lo ayudó a escaparse a Norteamérica, con toda su familia.

SASHA: ¿En serio?

STEPHAN: No fue el único. Dicen que hubo otros que han desafiado a la Gestapo para ayudar a judíos. Hay más alemanes decentes de lo que imaginás, Sasha. El resto, solo tiene miedo, miedo de que les hagan lo mismo que a nosotros. Pero… algún día van a despertar. Se hartarán de tanto odio, tanta injusticia. Se levantarán contra el opresor, y ese día tendremos un mundo nuevo. Ya no existirán arios, ni judíos, sino simplemente hombres conviviendo en paz. Esa es mi esperanza, Sasha. Mi sueño. ¿Acaso es malo soñar?

VUELVE A TRONAR LA VOZ, A LO LEJOS.

VOZ: (GRITA) ¡Ajtum! ¡Halt!

Y SONIDO DE AMETRALLADORA.

SASHA: Sonó el despertador.

ENTRA RAPIDO ZALMAN PORTANDO UN FUSIL, MIRANDO HACIA AFUERA, ESCONDIENDOSE.

ZALMAN: ¡Casi me sorprende ese maldito nazi!

STEPHAN: ¡Zalman!

ZALMAN: ¡Stephan! ¡A moverse! ¡Llegó la hora!

STEPHAN: ¿Estás loco? ¿Qué hacés con ese fusil?

ZALMAN: Se abrió la temporada de caza para patos. ¿Qué creés que hago, tonto? Los alemanes vienen por una nueva redada. Van a liquidar el gueto y a mandarnos a todos a Treblinka. Anielewicz ha ordenado la resistencia.

SASHA: ¡Por fin vamos a pelear!

STEPHAN: (A SASHA) ¡Vos callate! (A ZALMAN) ¿Están borrachos o qué? ¿Pelear contra los alemanes? ¿No se dan cuenta de que van a matarlos?

ZALMAN: ¿En serio? Ya mismo corro a explicarle al comandante Anielewicz que Stephan Jacobi dice que van a matarnos. No se nos había ocurrido.

STEPHAN: No es momento para chistes.

ZALMAN: Ni para charlas sin sentido. Vení con nosotros, necesitamos toda la gente joven que podamos reunir.

SASHA: ¡Yo voy! ¡Quiero pelear!

ZALMAN: (SONRIE) ¿Qué edad tenés, hijo?

SASHA: ¡Dieciocho!

STEPHAN: ¡Quince!

SASHA: ¡Diesciséis… casi!

ZALMAN: ¿Están negociando?

STEPHAN: (A ZALMAN) ¡Es una locura! ¡Yo no tengo armas! ¿Con qué iría a pelear?

ZALMAN: Con las que les arranquemos a los nazis, teñidas con su propia sangre. No podemos ser exquisitos, Jacobi. Vamos de una vez, hay mucho que hacer.

STEPHAN: Olvidate, no soy suicida.

ZALMAN: ¿Qué? ¿No vas a unirte a la lucha?

STEPHAN: ¿De qué lucha me estás hablando? No duraríamos ni diez minutos frente a los alemanes. 

ZALMAN: Muy bien, muy bien. Ya veo que admirás a los alemanes. ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Sentarte aquí con tu guitarrita, para canturrear el (CANTA) Deutschland Deutschland über alles… hasta que vengan a degollarte?

STEPHAN: Te equivocás. No pienso quedarme en este mugroso lugar, tengo otros planes.

ZALMAN: Lo imagino. Huir.

STEPHAN: ¿Me culpás?

ZALMAN: No, claro que no. Es tu elección. Pero si lográs escapar, si podés atravesar el cerco de las SS y la policía polaca… prometeme al menos que vas a contar todo lo que viviste en este infierno.

STEPHAN: ¿Contarle? ¿A quién?

ZALMAN: Al mundo entero.

STEPHAN: (SONRIE CINICO) El mundo no necesita más historias de horror. ¿Te creés que a alguien le importa lo que sufrimos en este matadero? Masacre de judíos en Polonia. Más pogrom, más genocidio. Una mancha más no le hace al tigre.

ZALMAN: (ENOJADO) Lo que es por mí, Stephan, podés ir yéndote a la misma mierda. No necesitamos cínicos, sino héroes.

STEPHAN: No pienso escuchar más tonterías. ¡Al diablo con ese cretino de Salluzi! En cuanto llegue Lena, nos vamos con Sasha por las cloacas. Ojalá entres en razón y nos acompañes.

ZALMAN: Ni en sueños te seguiría.

SASHA: Yo tampoco.

STEPHAN: (LO MIRA) ¿Qué dijiste, Sasha?

SASHA: Me quedo, a pelear.

STEPHAN: ¿Es que te volviste demente? ¡Ni pienses que vas a quedarte aquí! Le juré a tu padre que…

SASHA: ¡No me importa lo que juraste! ¡Me quedo!

ZALMAN: Calma, hijo. Stephan tiene razón. Sos muy joven, y si tenés la oportunidad de salir deberías…

STEPHAN: (A SASHA) ¿Ves? Hasta Zalman lo dice. No podés quedarte a morir en una lucha sin esperanza.

SASHA: Yo me quedo. No soy un cobarde que huye.

STEPHAN: (HERIDO) ¿Qué estás diciendo? ¿Qué soy un cobarde? ¿Eso es lo que querés decir, Sasha?

SASHA: No lo digo. (PAUSA) Lo pienso.

STEPHAN LO MIRA SIN SABER QUE DECIRLE. MIRA A ZALMAN, QUE SE ENCOGE DE HOMBROS. LLEGA OTRO GUERRILLERO MAS JOVEN CON UNA PISTOLA EN LA MANO.

GUERRILLERO: ¡Zalman! ¡Los nazis rodean la fábrica de cepillos! ¡Ya están llevándose gente a la Umschlagplatz... para cargarlas en el tren!

STEPHAN: (IMPACTADO, AL GUERRILLERO) ¿Qué dijiste? ¿La fábrica de cepillos? ¡Pero... ahí trabaja Lena! ¡No pueden llevársela! ¡Debe haber un error!

ZALMAN: (IRONICO) ¿Tu Lena es judía?

STEPHAN: Claro.

ZALMAN: Entonces no hay error.

STEPHAN: ¡No entendés, Zalman! ¡No pueden llevarse a Lena! ¡Tiene una tarjeta de trabajo!!!

ZALMAN: (RIE) ¡Una tarjeta de trabajo! ¡Iluso! ¡Empezó el pogrom! ¡Las tarjetas no valen nada!

STEPHAN: (HORRORIZADO) ¡Si le llegan a tocar un pelo...! (GRITA) ¡Un solo pelo!!!

STEPHAN SALE CORRIENDO HACIA AFUERA.

ZALMAN: ¡Esperá! ¡No podés ir allá como un maldito loco! ¡Tenemos una estrategia! ¡Esperáaaa!

ZALMAN Y GUERRILLERO LO SIGUEN. SASHA SONRIE EMOCIONADO.

SASHA: Así es como te necesito… Fuerte, heroico… Lucharemos juntos, Stephan... como si realmente fueras mi hermano... Yo te defenderé, y vos me defenderás... Seremos uno...

MIRA LA GUITARRA. LA AGARRA.

SASHA: Voy a escuchar tus canciones cada vez que vayamos a la lucha... cada vez que necesite valor... (EXALTANDOSE) Voy a tocar tu guitarra si me enseñás... y a cantarte… y a cantar a nuestros soldados, a darles aliento... ¡Seré el redoble de tambor que marcha a la guerra! (GRITA) ¡Voy con vos, Stephan! ¡Voy con vos!

Y SALE CORRIENDO CON LA GUITARRA. SE OSCURECE EL ESCENARIO Y ESCUCHAMOS ALGUNOS DISPAROS LEJANOS. LA VOZ EN OFF DEL RELATOR CON UNA PROCLAMA:

RELATOR: ¡Pueblo, despierta y lucha por tu vida!  ¡Que cada madre se convierta en una leona que defiende a sus hijos! ¡Que ningún padre se quede viendo morir a sus niños sin hacer nada! ¡Que cada casa se convierta en una fortaleza! ¡Pueblo, despierta y lucha! Tu salvación está en la lucha. ¡Nos levantamos en el nombre de la dignidad y de la vida, de los indefensos, a quienes queremos salvar!

 

TERCERA PARTE

SE ILUMINA EL ESCENARIO. EN UN RINCON, SOBRE UNO DE LOS COLCHONES, ESTÁ STEPHAN ABRAZANDO A UNA CHICA, AMBOS DORMIDOS. SASHA ACOSTADO EN EL OTRO COLCHON, TAPADO CON UNA MANTA. DE PRONTO SASHA DESPIERTA ANGUSTIADO Y SE SIENTA TOMÁNDOSE LA AXILA IZQUIERDA, DOLORIDO.

SASHA: Stephan... ¿Dónde estás? ¡Stephan!

STEPHAN DESPIERTA. SE INCORPORA Y CORRE HACIA ÉL.

STEPHAN: Tranquilo. Estoy aquí.

SASHA: Pensé que me habías dejado solo.

STEPHAN: ¿Te volviste loco, Sasha? ¿Creíste que te abandonaría? Vamos... recostate.

SASHA: No, ya no quiero estar acostado.

STEPHAN: Al menos dejame acomodarte el almohadón. ¿Te duele?

Y LE COLOCA UN ALMOHADON PARA QUE QUEDE SENTADO. SASHA HACE UN GESTO DE DOLOR.

SASHA: Sí… cuando me muevo siento un pinchazo muy fuerte. Ya no lo aguanto.

STEPHAN: El doctor te sacó la esquirla. La guardé para vos. Te la muestro si querés.

SASHA: Decime si me voy a curar.

STEPHAN: Ya oíste al doctor. Tenés que descansar... es todo. Darte la buena vida. Y no sigas hablando que vas a despertar a Lena. La pobrecita está agotada.

SASHA: Debe tener frío. Dale mi manta, Stephan.

STEPHAN: No la necesita. Vos sí.

SASHA: Dásela.

STEPHAN: (SONRIE) ¿Desde cuándo tanta consideración para con mi Lena? Según recuerdo sólo hablabas pestes de ella. La odiabas.

SASHA: No la odiaba. Es sólo que… no la quería. Es distinto.

STEPHAN: Uuuuuhhh, sí. Muy distinto. Estabas celoso de ella. Admitilo.

SASHA: ¡Dale la manta!

SASHA SE AGARRA LA HERIDA, CON DOLOR.

STEPHAN: Tranquilo. De acuerdo. Se la doy si es tu deseo.

STEPHAN TOMA LA MANTA Y LA PONE SOBRE LENA. LE DA UN BESO Y VUELVE CON SASHA.

SASHA: Quizás… estaba un poco celoso.  Pero ahora no. Ahora ella me cae mejor que vos.

STEPHAN: Bueno, bueno... Veo que empezás a hablar en nombre de tus hormonas. Estás creciendo, Sasha. (CAMBIA, LO MIRA CONMOVIDO) Creciste mucho en estas últimas semanas. Desde aquel día.

SASHA: Sí, el día en que te volviste loco.

STEPHAN: Perdí la cabeza cuando vi a Lena con las manos en la nuca, rodeada de ametralladoras. Pensé que iban a matarla.

SASHA: Raro que no te mataran a vos.

STEPHAN: Creo que se sorprendieron al verme. No podían creer que alguien les gritara en alemán, y que ese alguien fuera un judío rabioso.

SASHA: Por suerte llegamos nosotros... bien armados.

STEPHAN: ¿Bien armados? Vos sólo llevabas una guitarra. ¡Mi guitarra!

SASHA: Yo te la regalé. La traje… (TOSE)

STEPHAN: (MIRA AL CIELO) De contrabando, ya sé. (RIE) Lo tonto que te veías en medio del tiroteo, esgrimiendo la guitarra como si fuese un fusil.

SASHA: (MOLESTO) Al final todos se burlaron de mí. Eso no me gustó.

SASHA TOSE MÁS FUERTE Y SE AGARRA LA HERIDA.

STEPHAN: Tranquilo, nadie se burlaba. Necesitábamos reír un poco, eso fue todo. Anielewicz te pidió que tocaras algo, y me pasaste la guitarra sin decir palabra.

SASHA: Es que estaba nervioso. Además, vos sos el que toca. (LO MIRA) ¿Qué fue lo que cantaron?

STEPHAN: El Hatikvah. Es el himno del grupo de Anielewicz.

SASHA: Yo no sabía la letra.

STEPHAN: Y yo más o menos. Algunas palabras que me había enseñado Lena.

SASHA: ¿Ves? Cuando Lena te lo pide cantás en yiddish.

LENA DESPIERTA Y SE DESPEREZA SIN QUE ELLOS LO NOTEN.

STEPHAN: No seas tonto. La canción es en hebreo. Es distinto.

SASHA: No entiendo por qué.

STEPHAN: El yiddish es el idioma de los que bajan la cabeza y marchan hacia el matadero... sin luchar.

SASHA: El yiddish es mi idioma... y he luchado.

STEPHAN: (LO MIRA, ASIENTE) Tenés razón. Como siempre, tenés razón.

LENA SE INCORPORA.

LENA: (LLENA DE VIDA) ¡No sólo ha luchado, además, es un héroe!

SASHA: (SONRIE) Lena...

STEPHAN: ¿Te desperté charlando con este zoquete? Lo siento, amor.

LENA: Me desperté porque a veces la gente despierta. (ELLA Y STEPHAN SE DAN UN BESO EN LOS LABIOS. ELLA SEPARA) ¡Y en este caso, para rendir homenaje al gran Sasha!

STEPHAN: (A SASHA) Ahora sé por qué la adorás.

LENA: Distinguido público... (HACE UNA REVERENCIA A UN LADO Y A OTRO, A UN PUBLICO IMAGINARIO) Voy a relatar el acto heroico que ha puesto el nombre de Sasha entre los más ilustres del Levantamiento del Gueto.

STEPHAN: ¿Otra vez?

SASHA: Sí, sí... Quiero oírlo.

STEPHAN: Veo que se han confabulado para volverme loco.

LENA EMPIEZA A RELATAR CON ADEMANES.

LENA: Éramos un grupo muy inexperto de quince comandos entre hombres, mujeres y niños... apenas armados con cuatro bombas molotov.

STEPHAN: Cinco fue en el último relato.

LENA: Cuatro, cinco... ¿qué importa? (INTERPRETA SU RELATO, AVANZANDO AGAZAPADA) La orden era no dejar que pasaran los nazis por la calle Zamenhoff. Todos estábamos en silencio, expectantes. Fue entonces cuando los adoquines empezaron a vibrar como si despertara un terremoto... un rugido cada vez más atronador... (MIRA A SASHA) ¿Qué era?

SASHA: ¡Un tanque de guerra! Seguido por soldados nazis.

LENA: Exacto. Cumplimos con la estrategia del comandante Anielewicz de esperar agazapados hasta que se acercara el tanque. Así lo hicimos... y a la voz de ataque nos lanzamos en furiosa carga contra el monstruo de acero.

STEPHAN: Muy poético. ¿Pensaste en reescribir Don Quijote?

SASHA: Esto pasó de verdad, Stephan. Mientras vos y tu grupo defendían la plaza Muranowsky.

STEPHAN: (SERIO) Lo sé. De haber imaginado que ustedes dos se verían envueltos en la lucha...

LENA: (A STEPHAN) Silencio. Me arruinás el clima.  (A SASHA) ¿Por dónde íbamos?

SASHA: ¡Atacamos al tanque!

LENA: Así es. De pronto, comenzó el tableteo de una ametralladora y hubo explosiones de granada, pero seguimos avanzando. Yo arrojé mi botella, con tan mala suerte que rebotó en la torreta y fue a dar al piso. Entonces miro a mi izquierda y, ¿qué veo? El comando Sasha, herido por la esquirla de una granada, que se acerca a mí para alcanzarme una molotov lista para ser lanzada. Aprovecho esta segunda oportunidad y la tiro con más fuerza... (ADEMAN DE TIRAR Y AGAZAPARSE) ¡Kabooooommm...!!! ¡Y el tanque se transforma en una antorcha! ¡Se mueve unos pocos metros más para quedar como chatarra crujiente! ¿Y los soldados alemanes qué hicieron?

LENA Y SASHA: (AL UNISONO) ¡Huyeron!!!

SASHA EMPIEZA A TOSER MIENTRAS SE TOMA LA HERIDA. CON DOLOR. ELLA SE LE ACERCA. STEPHAN MIRA PREOCUPADO.

LENA: (A SASHA) Tranquilo.

SASHA DEJA DE TOSER Y MURMURA ALGO ININTELIGIBLE, COMO DELIRANDO. ELLA LO MIRA Y LE TOCA LA FRENTE.

LENA: (PREOCUPADA, A STEPHAN) Vuela de fiebre.

STEPHAN: Lo sé.

LENA: ¿Qué podemos hacer, Stephan?

STEPHAN: No mucho. Al doctor lo mataron ayer en una emboscada. Iba a atender a un herido.

SUENA UN BOMBAZO MUY CERCA. ELLA SE TAPA LOS OIDOS, ANGUSTIADA.

LENA: ¡Otra vez los malditos cañones! (MIRA A STEPHAN) Tenemos que sacar a Sasha de aquí. Llevarlo a un lugar seguro.

STEPHAN: (IRONICO) ¿Un lugar seguro? ¿En el gueto?

ENTRA ZALMAN CON EL GUERRILLERO, AMBOS ARMADOS. STEPHAN REACCIONA TOMANDO SU REVOLVER.

ZALMAN: Tranquilo, Stephan. Somos nosotros.

STEPHAN: (AUN ASUSTADO) ¡Zalman! ¡Maldita sea! ¿Por qué entrás así???

ZALMAN: Cuando coloques una puerta golpearé en ella. Ahora no perdamos más tiempo, tienen que evacuar. Nos reagrupamos en la calle Mila.

STEPHAN: ¡Ahora es imposible! ¿No escuchaste las bombas? (GUARDA EL REVOLVER EN SU CINTURA)

ZALMAN: Son órdenes. Los alemanes van a barrer esta zona. Por eso empezó el bombardeo. (SE ACERCA) ¿Cómo está Sasha?

LENA: Tiene mucha fiebre. No va a poder caminar.

ZALMAN: (AL GUERRILLERO) Vamos a cargarlo.

ZALMAN Y EL GUERRILLERO AGARRAN A SASHA PERO CUANDO INTENTAN LEVANTARLO EL CHICO GRITA DE DOLOR, MEDIO INCONSCIENTE.

LENA: (GRITA) ¡Lo van a matar! ¡Déjenlo en paz!

STEPHAN SE ACERCA A ZALMAN, CONFIDENCIAL.

STEPHAN: Hay una esquirla que no pudieron sacarle, la herida es muy profunda. Si se mueve...

ZALMAN SUSPIRA DESALENTADO.

ZALMAN: Tenemos que dejarlo aquí. Lo siento.

STEPHAN TARDA UNOS INSTANTES EN REACCIONAR.

STEPHAN: ¿Cómo que lo sentís? ¿Qué estás diciendo? ¿Abandonar a Sasha? ¿Aquí?

LENA: (SE ACERCA. LOS MIRA, AZORADA) ¿Están locos? ¡No pueden dejarlo! ¡Lo harían pedazos! (A ZALMAN) ¡Si no lo matan las bombas… los nazis van a fusilarlo!

ZALMAN: ¡No entendés, Lena! ¡Él ya está muerto! ¡Igual que todos nosotros!

LENA: ¡Nooooooo! (CORRE A PROTEGER A SASHA CON SU CUERPO) ¡Nadie va a abandonarlo! ¡Nadie!!!

SASHA GRITA ALGO DELIRANDO Y ELLA LE SECA LA FRENTE.

LENA: Tranquilo, Sasha... Tranquilo... Yo te voy a cuidar.

SASHA SE CALMA Y SIGUE DORMIDO, ELLA LO ATIENDE.

STEPHAN: (A ZALMAN) Corramos el riesgo, Zalman. Lo vamos a llevar con gran cuidado. Es mejor eso que condenarlo a una muerte segura.

ZALMAN SE LLEVA A STEPHAN APARTE Y LE HABLA BAJO.

ZALMAN: Son varias las calles hasta la entrada de la cloaca que nos lleva a Mila, muchos escombros que sortear, y está plagado de alemanes. Si Sasha despierta y grita nos matan a todos.

STEPHAN: ¡No me vengas con esa mierda! ¡Dije que nos arriesgamos!

ZALMAN: (GRITA) ¡Son las órdenes del comandante Anielevicz! ¡Nos reagrupamos para contraatacar! ¿Acaso no te das cuenta? ¡Es nuestra última carga antes de morir! ¡Tenemos que decirle al mundo que no nos rendimos... que debe luchar hasta derrotar al invasor!

STEPHAN LO MIRA EN SILENCIO, ABRUMADO. ZALMAN VUELVE A BAJAR LA VOZ.

ZALMAN: Mientras resistimos, algunos escaparán por las cloacas al lado cristiano. Hay patriotas polacos que van a ayudar. (POR LENA) Si querés que ella tenga una oportunidad... tenés que hacer algo.

STEPHAN: (CONFUSO) Pero... ¿qué? ¿Qué es lo que tengo que hacer?

ZALMAN: Tenés un arma... (ZALMAN SACA EL REVOLVER DE LA CINTURA DE STEPHAN Y SE LA PONE EN LA MANO). Usala.

STEPHAN: (INCREDULO) ¿Querés que... mate a Sasha?

ZALMAN: Es terrible, lo sé.  Pero su agonía puede ser aun peor. No hay otra salida.

STEPHAN: Tiene que haber otra forma.

ZALMAN: Si ves alguna que yo no… decímela. Vamos... decime una al menos.

STEPHAN QUEDA MUDO. NUEVO CAÑONAZO Y CAE ALGO DE POLVO. MIRAN HACIA EL TECHO, TENSOS.

ZALMAN: Se están acercando. Decidite.

STEPHAN: (ANGUSTIADO) Pero es que... yo... no puedo... No puedo.

ZALMAN AMAGA SACARLE EL ARMA.

ZALMAN: Entonces lo hago yo.

STEPHAN: (LE APARTA LA MANO) ¡No!

STEPHAN LO MIRA. LUEGO DE UN INSTANTE, ASIENTE.

STEPHAN: Andate... y llevate a Lena. Los veo en Mila.

ZALMAN LE PALMEA EL HOMBRO.

ZALMAN: Hacelo rápido. Ni siquiera trates de hablarle. (SE DIRIGE AL GUERRILLERO) Sacala de aquí.

EL GUERRILLERO VA HASTA LENA, QUE ESTA ARRODILLADA JUNTO A SASHA, LA TOMA DE LOS BRAZOS Y LA LEVANTA.

LENA: ¿Qué hacés? ¡No! ¡Yo no me voy! ¡Stephan! ¡No! ¡Soltame!

ELLA SE SUELTA Y VA HASTA STEPHAN, VE SU REVÓLVER EN LA MANO.

LENA: (HORRORIZADA) Stephan… ¿qué vas a hacer?

STEPHAN MUY TENSO. ZALMAN Y EL GUERRILLERO VUELVEN A AGARRARLA Y SE LA VAN LLEVANDO HACIA AFUERA.

LENA: (GRITA, DESESPERADA) ¿Qué vas a hacer, Stephan??? ¡Por Dios!!! ¿Qué vas a hacer??? ¿Qué vas a hacer???

ZALMAN DEJA QUE EL GUERRILLERO SE LA LLEVE. A LO LEJOS AUN SE ESCUCHA EL GRITO DE LENA. ZALMAN MIRA A STEPHAN, COMPRENSIVO. Y SALE TAMBIEN. STEPHAN MIRA SU ARMA. SE ACERCA A SASHA, QUE ESTA DORMIDO. LO MIRA. SE LLEVA LA MANO A LA BOCA COMO PARA CONTENER UNA ARCADA. NO RESISTE Y VA HASTA UN RINCON A VOMITAR. QUEDA SENTADO, PENSATIVO. UN CAÑONAZO RESUENA Y CAE ALGO DE MAMPOSTERIA. SE LEVANTA Y VUELVE JUNTO A SASHA. OTRO CAÑONAZO. APUNTA A SASHA CON EL ARMA, A LA CABEZA. LE TIEMBLA LA MANO. RESPIRA HONDO Y PARECE DECIDIDO A DISPARAR. DE PRONTO, SASHA EMPIEZA A HABLAR COMO ENTRE SUEÑOS.

SASHA: ¿Papá? ¿Sos vos, papá?

STEPHAN ESTUPEFACTO.

SASHA: ¿Venís a darme mi beso? Dámelo ya, papá... Tengo mucho sueño... Debo descansar... Mañana es domingo y quiero que me lleves al parque... Quiero jugar a la pelota con vos... y que me compres dulces... Dame mi beso, papá...

STEPHAN ESTA DESTROZADO. CAE DE RODILLAS Y LE DA A SASHA UN BESO EN LA FRENTE.

SASHA: Ahora puedo dormir... y tener buenos sueños... Falta que me cuentes un cuento, papá… Tus cuentos son muy lindos…

MIENTRAS SASHA HABLA, STEPHAN SE PONE DE PIE FUERA DE SI, DA UNOS PASOS, VUELVE Y ARROJA FURIOSO EL ARMA CONTRA LA PARED.

SASHA: ¿Qué es ese ruido? ¿Se cayó una silla?

STEPHAN: (LO MIRA, VOZ QUEBRADA) Mirá que sos tonto. Están bombardeando... y te preocupás por una silla.

SASHA PARECE DESPERTAR, PERO AUN ESTA ALGO OBNUVILADO POR LA FIEBRE.

SASHA: ¿Quién sos? ¿Papá?

STEPHAN SE SIENTA EN EL PISO JUNTO A EL.

STEPHAN: Como si lo fuera. Le prometí que te cuidaría.

SASHA: (SONRIE, DEBIL) ¡Stephan! Es verdad. Desde que murió... no lo extraño tanto gracias a vos.

STEPHAN: Ahora dormí. No tengas miedo. Yo voy a estar aquí... con vos.

SASHA: ¿De veras no te vas a ir?

STEPHAN: Dije que no te abandonaría nunca. Vamos, dormí.

ALGUNOS CAÑONAZOS Y CAE MAS MAMPOSTERIA. STEPHAN CUBRE A SASHA, HASTA QUE PASA TODO.

SASHA: Es mucho el ruido, así no puedo dormir. Cantame.

STEPHAN: ¿Qué?

SASHA: Cuando no podía dormir… mi madre me cantaba una canción. Vamos, sólo una. No te pido más.

STEPHAN: Es que... no tengo mi guitarra. ¿Te acordás? Le cayó una viga encima. Sólo quedó madera astillada.

SASHA: Es una guitarra hermosa. Yo te la regalé...

STEPHAN: (EMOCIONADO) Y la trajiste de contrabando.

SASHA: Por favor... una canción... aunque sea en voz baja.

STEPHAN: Está bien... sólo una. Decime cuál querés escuchar.

SASHA: (PAUSA) Ya sabés.

STEPHAN: (LO MIRA) Sí... ya sé.

ANTES DE QUE PUEDA INTENTARLO, SE DESATA UNA ANDANADA DE CAÑONAZOS, CAE MUCHA MAMPOSTERIA Y STEPHAN SE APRESURA A CUBRIR CON SU CUERPO A SASHA. NUEVAMENTE EL SILENCIO. STEPHAN MIRA A SASHA, QUE YA NO SE MUEVE. LO SACUDE SUAVEMENTE, ANGUSTIADO.

STEPHAN: Sasha... Sasha...

STEPHAN COMPRENDE, SE QUEDA MIRANDOLO. LO TOMA ENTRE SUS BRAZOS TIERNAMENTE, Y LO ABRAZA. TRATA DE NO LLORAR. EMPIEZA A CANTAR, CON VOZ QUEBRADA.

STEPHAN: Bay mir bistu sheyn,

                    Bay mir hos tu heyn,

                    Bay mir bistu eyner oyf der velt. 

(http://asechka.com/bei-mir-bistu-shein-yiddish/)

LA LUZ SE APAGA DE GOLPE Y ESCUCHAMOS UNA VIEJA GRABACION DE “BEI MIR BIST DU SHEIN” EN RITMO DE SWING.

Bei mir bist du shein, please let me explain

Bei mir bist du shein means that you're grand

Bei mir bist du shein, again I'll explain
it means you're the fairest in the land…
(https://www.youtube.com/watch?v=Xe2UXccid40)

 DURANTE LA CANCION SE ENCIENDEN LAS LUCES Y VAN APARECIENDO LOS ACTORES PARA SALUDAR AL PUBLICO AL RITMO DE LA MUSICA.

 

                                                             FIN